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¡Nos mudamos!

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Carmen

Te perdía el carácter y una vez nos aseguraste que si cuando yo muera ocúrresevos llevame flores, salgo del nicho y muérdovos la mano, así, rotunda, como decías tú las cosas, siempre con punto y aparte. A tí no te gustaban las flores porque nunca tuviste a nadie que te las regalara y, como el pobre que se autoconvence de que el dinero para nada es necesario  sencillamente porque no puede tenerlo, tú decidiste que las flores eran un gasto inútil estando viva y, especialmente, estando muerta. Las flores las recibían las unas, pero no las mujeres como tú, güelita Carmen, las flores no eran para las otras. Qué les den a las putas flores.

Hubo un tiempo en que no quisiste ser la otra. Todos tenemos pecados de juventud y ése fue el tuyo: creer que el mundo merecía la pena y que la gente era de fiar. ¡Qué ingenua! Fuiste la primera hija de siete hermanos, la primera de madre soltera, y tal pareció que la culpa fue tuya, porque desde el primer día de tu existencia, aquel 31 de agosto de 1911, te marcaron por ella. Pobre y de familia de soltera y, para liar más la madeja, a tí que tanto te gustaba liarla, vas y te enamoras a los quince años del rico del pueblo. Como si hubiera derechos de enamoramiento iguales para todos. El caso es que el rico te hizo caso y se enamoró de tí a la vez, porque además de ese genio impeturbable que tenías, dicen -yo no lo sé: no tenías dinero para retratos- que eras un retaco guapísimo, todo el día corre que te corre y con unos ojos negros de los que arrebataban a los paisanos. Pero un día, al poco de que le dijeras que algo andaba mal, que no te venía lo que te tenía que venir y que igual aquella noche inolvidable os habíais excedido un poco en los cariños, desapareció. Quién pudiera haberte visto entonces, como una fiera, llorando a cada esquina si es que alguna vez lloraste, cabreada, humillada, ofendida con el mundo. Ese día, mientras tu primer hijo crecía en tus entrañas, te prometiste que jamás ibas a volver a fiarte de los hombres y que sólo serían para tí un entretenimiento fugaz, que si ya te habían dejado marcada para ser irremediablemente la otra lo serías pero con orgullo, sin vergüenza, con la cabeza bien alta.

La segunda nena tardó poco en llegar, fruto de una relación casual tras bajar al baile. En lo sucesivo, tus hermanas, las que sí pudieron elegir si ser las unas, las otras o si quedarse solteras, adoptaron una regla básica sobre tu comportamiento: la semana que Carme nun baja al baile, ye que otro nenín vién de camino. Así hasta siete, incluido el pequeño que se te murió en los brazos con apenas unos mesinos de edad. La otra, sí, pero una buena otra que sacó adelante a todos sus hijos, dándoles de lo poco que tenías, repartiendo cada castaña en el otoño con unos y otros, partiendo los pocos huevos que daban las pitas -hasta ellas, dicen, temían tus arranques de ira y escapaban al verte- para que todos pudieran comer. Al contrario que muchas unas, quizás por carecer siempre de ellos, nunca gastaste en lujos, y cuando una de tus hijas quiso aprender las cuatro reglas frunciste el ceño, no dijiste nada y le respondiste con un improperio, pero a los pocos meses, después de haber trabajado como una mula para sacar el extra de dinero que te hacía falta, apareciste con una Enciclopedia Alvarez bajo el brazo. Esa nena, que hoy es mi abuela, jamás olvidó ese gesto.

Cuentan también que el padre de Manolo, el primogénito, apareció un día tras mucho tiempo desaparecido y, al verte con tanto hijo que no era suyo, te despreció y volvió a marcharse. Al parecer no fue decisión suya irse la primera vez, sino de sus padres; él contaba que había querido hacerse cargo del niño, pero ellos respondieron enviándole a un internado lejos del pueblo. Y ¿qué quería él que hicieras durante todos esos años, Carme? ¿Guardarle las ausencias? ¿Esperar a que volviera? Las que esperaban a los hombres que se marchaban se acababan quedando solas, vistiendo santos, encerradas en casa, y ellos jamás volvían. Tú no eras de ésas, Carme, y no estaban las cosas como para despreciar los placeres de la vida en aquellos infames años 30 de guerra y desolación.

Tú nunca fuiste de ésas. Nunca te avergonzaste de tu pasado porque fuiste una adelantada a su tiempo. De las que no sabían leer ni escribir pero que sabían de la vida bastante más que muchos literatos, de las que se llevan la vida por delante, de las que no necesitan flores para ser felices, de las que no necesitan una vida tradicional para amar. Porque tú amaste, a pesar de tu genio endiablado. Amaste a tus descendientes, a todos; sobre todo a ellos -y lo comprendo. Las mujeres fueron siempre las que te hicieron la vida imposible, las unas que pagaban su frustración contigo mientras tú te sonreías por dentro-, y amaste la vida como nadie más puede amarla, con todas tus fuerzas, con saña, con pasión.

El tiempo te borró los recuerdos malos, pero te dejó los buenos, y cuando el brillo de tus grandes ojos negros ya se hubo apagado pensabas en tus hijos a todas horas: hai que llevar a los nenos a la escuela, a la escuela. ¿Marcharon ya los nenos pa la escuela? Y te decíamos que sí, güelita, que ya habían marchado los nenos para la escuela, que durmieras tranquila, y te dormías sonriendo, contenta de hacer lo que tenías que hacer te dijera lo que te dijera el mundo. Yo nunca, nunca abandoné un fío, nunca dejé ni a uno solo en la calle, repetías insistentemente, y te dábamos la razón, es verdad, güela, es verdad que nunca lo hiciste, porque nunca lo habías hecho como sí lo hicieron otras, muchas de las que te miraban por encima del hombro entre ellas. Ni los abandonaste ni les dejaste sin comida jamás aunque no tuvieras ni para comer tú misma, aunque pasaras tanta hambre que se te incrustase en el alma y al cabo de los años, cuando por fin mejoró la situación y tuviste para gastar, tus únicos lujos en la vida fueron -que no es poco- hacer y comer con devoción bollinas, farrapas, natillas, comer, comer y comer y no pasar nunca hambre porque, como bien decías, fame que espera fartura nun ye fame, sino gula, y así estaba todo bien.

Te cansaste de vivir sólo un par de días antes de cumplir los 90 años. De eso ya hace más de diez, y nunca te llevé flores porque sé que tú no las quieres. Pero te recuerdo, güelita Carmen, a cada día que pasa, y admiro tu valentía y tu mala hostia, y la risa que achinaba tus ojos negros y que nos ofrecías algunas veces tan escasas como hermosas. Una risa sincera, tranquila, de quien sabe que, por encima de todas las moralinas y los dimes y diretes y de todas las envidias y de todas lo que dijeran, nunca ha hecho otra cosa más que vivir y disfrutar de lo vivido. La risa de quien, como tú, duerme hoy tranquila.

PD. Carmen, aunque nieta, fue también una fía de la Mora.

A Fraga hay que reconocerle, nos guste o no, una capacidad intelectual extraordinaria -de niño prodigio a político prematuro- y una destreza política sin precedentes ni predecesores. Estamos hablando, probablemente, de uno de los mejores políticos que ha dado el siglo XX en nuestro país, de un maestro del discurso y la dialéctica, de un monstruo de la oratoria. Hay que reconocer lo bueno para hallar lo malo, porque no todo lo blanco es blanco, pero para formar el negro también se requiere de colores claros. Una vez reconocido todo esto, ahora, especialmente ahora, -porque la muerte hace buenas a las personas, entre otras cosas para mayor descanso de los vivos a quienes la muerte les produce compasión, pero también les produce vergüenza compadecer a un villano- debemos recordar también la otra parte.

Debemos recordar que, y muy probablemente por causa de esas virtudes positivas que aúnaba Manuel Fraga, estos últimos años el gallego consiguió hacer que la sociedad, de frágil memoria, olvidara la sangre que derramó su firma y lo elevara a los altares de un hombre comprometido con su patria, padre sacrosanto de la Constitución (¡como si los padres no se equivocaran!) y héroe de una transición cuya idoneidad, repetida hasta la médula, sólo ha empezado a cuestionarse ahora, más de treinta años después de su inicio.

Muchos recuerdan al Fraga de los últimos años como un hombre incombustible que ponía y quitaba líderes en el partido que él mismo fundó, que sentaba cátedra, un anciano cascarrabias pero campechano que aseguraba, simpáticamente indignado, que él jamás había usado condón ni lo usaría. Ojo con la campechanía: junto con la decrepitud, es una de las máscaras que usan quienes tienen mucho que esconder para salvaguardar su imagen. Ojo con el olvido y la desmemoria especialmente hoy, que lloverán las remembranzas y las nostalgias. ¡Cuánto daño le ha hecho la nostalgia a la Historia, cuánto daño!

¡Cuánto daño nos haría olvidar a los muertos! A Fraga, que hoy pasa a formar parte de esa categoría, pero también a los muertos de Fraga. Es día de recordar hoy, por tanto, a Enrique Ruano, ahí lo ven, ese joven de aspecto aniñado cuyo principal delito fue repartir propaganda del Felipe y por el cual, unos días después, apareció casualmente muerto, aplastado contra el suelo, destrozado, tirado desde una ventana de un séptimo piso, un muerto morido de apenas 21 años (78 años menos de los que duró Fraga, fíjense, toda una vida). De recordar que su muerte absolutamente injustificable fue hecha pasar por un suicido gracias a la pluma y gracia de don Manuel, porque a la España de los 25 años de paz no le convenían las muertes de jóvenes universitarios que no habían tocado un pelo a nadie, aunque en el fondo las hubiera. De recordar las amenazas que recibió su padre si persistía en su actitud de reivindicar que se esclarecieran las causas de la muerte de su hijo, un muchacho en la flor de la vida al que jamás se le había pasado por la cabeza quitarse la vida dijera lo que dijera el ABC bajo las órdenes del señor Fraga.

Ya que estamos, recordemos también a Julián Grimau. A Grimau le acusaron, sin aportar prueba alguna, de crímenes durante la Guerra Civil, esos crímenes que con el paso del tiempo se convertirían en un quítame allá estas pajas y un “mujer, que en la guerra mataban unos y otros” y en un no reabrir heridas y todas esas cosas. Sin embargo, por esas cosillas que hoy parecen carecer de importancia fue condenado a muerte Grimau -insistamos de nuevo: sin pruebas- en 1962, jugosa presa como era para demostrar que en España quien mandaba era el régimen y acallar las huelgas que habían empezado a expandirse por todo el país. Una condena injusta. Una condena sanguinaria. No lo digo yo, lo dijo el mismísimo papa Juan XXIII, que pidió clemencia al régimen mientras Fraga -que, previsiblemente, estos días será enterrado en loor de multitudes en el rito católico- se dedicaba no sólo a negarle la mayor al ministro de Dios en la tierra sino a mover los hilos de su afiladísima pluma para convencer a los españoles de que Grimau era un criminal y merecía la muerte que finalmente tuvo: fusilado a los 52 años (Fraga le sacó 37) por militares, después de que la Guardia Civil, ¡escuchen! ¡la Guardia Civil de 1963, en pleno franquismo! se negase a hacerlo. Curioso caso que aunó por primera y única vez en la historia en una misma opinión a Iglesia, Guardia Civil y opositores al franquismo… curioso caso que Fraga acalló con éxito y del que hoy apenas se recuerda.

Empieza a costarnos recordar ya porque son muchos nombres, pero también merecen memoria y reparación Bienvenido Pereda, 30 años (Fraga le sobrevivió 59), José Castillo, de 32 (57), Pedro Martínez, de 27 (62 años menos que Fraga), Romualdo Barroso, de 19 (70 años menos) y el apenas niño Francisco Aznar, de 17 (hagan la cuenta). Murieron a tiros en 1976, en Vitoria, por haber cometido el pecado mortal de protestar contra sus condiciones de trabajo en una huelga multitudinaria que se celebraba en una Iglesia, con el beneplácito del cura. Pero de nuevo a don Manuel, hoy confortado con los Auxilios Espirituales, le importó una mierda la opinión de la Iglesia y firmó la orden que permitía a la policía cargar contra los manifestantes y llevarse por delante, escúchenme, a cinco trabajadores, cinco personas sin sangre en las manos, cinco obreros que sólo querían vivir mejor en esa España del bienestar que tanto les vendían y que ellos no veían por ninguna parte, a dos niños, a dos niños apenas que no llegaban a los 20 años. Era 1976 y la modélica Transición de la cual era adalid Manuel Fraga empezaba a caminar hacia un futuro en el que esas personas no pudieron participar. Y que viva la democracia. Qué buena es nuestra democracia.

Es hora también de recordar, por último, que el campechano anciano que hoy muere en cama y en paz también estuvo detrás de los sucesos de Montejurra, por aquello de que no nos digan que los progres sólo recordamos lo que nos pasa a los progres. Ocurrió también en la modélica Transición. Aniano Jiménez y Ricardo García fueron muertos a tiros por participar en la tradicional romería carlista de Montejurra y sus asesinos salieron de la cárcel apenas unos meses después por una ley de Amnistía que los equiparaba, legalmente, con presos políticos sin sangre en sus manos. Las fuerzas de seguridad no hicieron nada ni sus muertes fueron condenadas. El silencio fue atronador. Un silencio alentado por el hoy deceso y que quería decir que la Transición era suya, que no habría ni podría haber más fuerzas de derecha ni opciones más allá de la suya.

Sí, es desde luego hoy un día de recordar y reflexionar mucho, sin caer en la glorificación por la glorificación del olvido, ni en el cualquier tiempo pasado fue mejor, ni en la nostalgia. Día es hoy de sentarnos en el sofá a un lado de una buena taza de café caliente con un libro de Historia en las manos y de plantearnos qué democracia queremos, con qué raíces, con qué orígenes y con qué directrices. La democracia se basa, a fin de cuentas, en la reflexión, y por tanto supongo que Manuel Fraga, como el gran demócrata que fue tal y como nos recuerdan hoy políticos, personalidades y medios de comunicación, lo habría querido así.

Descanse en paz.

Memoria de la Rosario

Vino a llamarse Rosario y a nacer en Lluces, de nombre y paisaje tan bello como cruda era la vida allí en aquellos años -principios del siglo XX: sería correcto, pero irónico, definir esa época, cuando hablamos de gente sin pan, como Belle Époque-. Su padre había tenido siete hermanos, su madre cuatro y a Rosario le tocó el premio gordo: tuvo al menos ocho. Nueve almas que peleaban por un cachu sardina cuando lo había, nueve niños, dos padres, quizás algún abuelo, e incluso una tía abuela, la Gerónima, pordiosera de oficio y pobre de las de solemnidad, que vagaba de casa en casa apenas si para comer, pero al menos por tener un techo bajo el que dormir. ¡Qué ironía, Rosario, que la Gerónima llegase casi a los 90 años, siendo como era pordiosera, y que a tí te tocase abandonar este mundo mayor, pero joven, apenas si con 70 años! Qué ironía, Rosario, porque tu vida estuvo llena de ellas. Quizás por eso tu carácter fuera así, árido pero socarrón, con ese humor de sarcasmo seco que es el mejor humor, precisamente porque esconde detrás el impacto de muchas ironías de la vida, de muchos palos, mucha fame, mucha miseria y muchas lágrimas que nadie podía verte, Rosario, porque si te las veían, entonces te pisaban más.

Tuvo la Rosario ocho hermanos, muy longevos casi todos, menos el que se llevó la Guerra y del que no se habló nunca más y de los que, como ella, llevaban en su sangre, sin saberlo, el peso seco e irremediable del cáncer. Todos, sin excepción, tuvieron muy poca infancia. Había que trabajar y el terruño de los padres no daba para todos. La Rosario hubo de marchar, apenas una niña, a servir a una casa de ricos, de ésas que preferían a las criadas niñas por aquello de tener los dedines muy finos para poder limpiar bien la vajilla, pero a la vez adultas y responsables para que no rompieran una sola pieza. ¡Qué diferencia con la familia de Lluces, donde la principal preocupación era llevarse algo a la boca, encontrar alguna castaña en otoño para saciar el hambre, que hubiera un buen verano y que no se perdiera lo poco que salía de la tierra! Allá fue la Rosario y, eso también hay que decirlo, comió como nunca había comido y aprendió a cocinar como nunca hubiera podido aprender. Era un trabajo bastante más agradable que el primero que le había tocado desempeñar, pisando anchoas en uno de los muchos pozos de salazones de Llastres. Odió tanto ese trabajo, tanto, que la Rosario no volvió a probar en su vida ni una sola salazón, y giraba la boca en un rictus de asco cada vez que veía a alguien disfrutar de las anchoas de lata, recordando, quizás, cuando para no perder ni un solo minuto del trabajo que hacían los piececitos de los niños que pisaban la salazón el encargado les prohibía salir del pozo para hacer sus necesidades más primarias y tenían que mear sobre lo que luego iba a ser comida.El sabor del sal tápalo tóo, les aseguraba el encargado, y la Rosario jamás se volvió a fiar del sabor de la sal.

En cuanto pudo, muy joven, la Rosario huyó de esa vida de esclavitud para casarse con Ángel. Ángel era un cobarde, pero era su cobarde y tenía, además, otras muchas virtudes: era bueno, quizás el hombre más bueno de todos los que hubiera podido encontrar, era trabajador y, sobre todo, adoraba a la Rosario sobre todas las cosas. Por eso, cuando fue destinado a Andalucía para hacer la mili a mitad de los años 20, no soportó la distancia y pidió permiso para ir a Asturias a casarse con ella, y la otra para el transcurso de su propia vida: la Guerra Civil y la muerte de la Rosario. Entendámonos. Ángel no iba ni con unos ni con otros, pero no quería problemas. Cuando vinieron los unos a buscarle se fue con ellos, intentaron que combatiera durante un par de meses y no lo consiguieron porque Ángel temblaba cada vez que le ponían en las manos un fusil, y no hacía más que acordase de la Rosario y los nenos, todo el día estaba con eso: ay de la mi Rosario y los nenos, ay los nenos, ay los nenos y lo dejaron ir. Como la alegría dura poco en la casa del pobre, los otros vinieron a llevárselo por haber estado con los unos. Incomprensible, sí, como incomprensible fue, en términos generales, la Guerra Civil, como incomprensibles son -dejémoslo ahí- todas las guerras.

A Ángel se lo llevaron a Bizkaia en tren y la Rosario lo despidió con una reprimenda -en su caso, las reprimendas eran su forma de expresar lo que otras expresan con lagrimones de cocodrilo: eran, probablemente, bastante más sinceras de lo que es esta segunda opción-. Pero cuando ella empezó a oír que a Bizkaia se mandaba a los hombres que no volvían nunca a casa, que jamás se les encontraba ni vivos ni muertos porque algo se ocupaban de hacerles allí, la Rosario lloró como nunca había llorado hasta entonces. Lloró una noche y a la mañana siguiente, como buena llastrina, las lágrimas ya habían dado paso a una decisión. Marcharía a Bizkaia a encontrar a su marido vivo o muerto y vivo o muerto volvería a la casina donde se habían establecido tiempo atrás en Colunga, una casina pequeña pero con todo lo necesario que aún hoy sigue en pie, al lado de la iglesia. Marcharía con los nenos porque la Rosario no se fiaba ni de Dios ni de su madre, que la vida ya había dado muchos palos y ya estaba bien, y se traería al Ángel aunque se le fuera la vida en ello, porque una llastrina no llora toda una noche sin consecuencia.

Así que la Rosario vendió todo lo que podía vender y se compró tres billetes de tren a Bilbao, cargó a los nenos con sendas bolsinas con una muda, queso y pan para el camino, y allá que se fueron, los nenos viviendo la aventura de su vida y viendo paisajes que nunca habían visto antes y la Rosario con el gesto serio pero decidido, sin miedo, porque ella nunca tuvo miedo: dicen que el miedo sólo lo tienen las personas que tienen algo que perder.

¿Qué decir? Podría contar una historia de héroes y malvados, una historia melodramática de la Rosario amenazando al general de turno y los nenos abrazándose rogando por la vida del padre, pero es que entonces faltaría a la verdad. La verdad es que, a mitad de camino, cuando el tren rumbo a Bilbao echaba a andar después de una parada, se cruzó desde la otra vía otro tren que hacía el recorrido inverso, y la Rosario no pudo creer lo que veían sus ojos: en el otro vagón iba Ángel, que volvía a casa. Quién sabe cómo se había librado de no volver, como la mayoría de los paisanos que marcharon con él. Es dudoso que por segunda vez se hubieran apiadado de él por su cantarín de ay la Rosario ay, ay los nenos, los nenos, pero tampoco imposible. El caso es que ésa fue la segunda y penúltima vez que se separaron, y si la tercera fue la última fue porque a la muerte no hay quien la convenza de retorno alguno.

Murió mayor pero joven, la Rosario, porque no tendría ni setenta años, murió en la cama llena de dolor pero sin llorar, que una llastrina de verdad no llora sin razón ni consecuencia, pero Ángel si lloró; lloró por sobrevivirla tantos años -casi veinte- y porque la vida sin la Rosario era menos vida; porque la Rosario sabía hacer que la vida se llenara de sentido. ¿Qué otra le hubiera quedado, si no? Las personas que sufren una vida dura sólo tienen dos salidas: aprender a llenar de sentido los años que les quedan en este mundo para apaciguar la crueldad que ya les viene establecida en ellos, o morirse. A la Rosario le había costado tanto vivir que no contemplaba ni loca la segunda opción. ¡Qué ironía, Rosario, pero qué ironía!

PD. La Rosario, que fue mi bisabuela, se casó con Ángel, el nieto del hojalatero.

Cabrales, pueblo sin ley

El rapazón llevaba medio año ya que no levantaba cabeza. Era comprensible: toda la vida, toda, casi dos décadas, esperando a salir del pueblo, y ahora nada. Manda narices que te estalle la revolución justo cuando te toca a tí salir, dejar las vacas y conocer mundo. Se le saltaban las lágrimas cuando aquel periodista de la capital se le acercó para preguntarle qué opinaba de eso de que Cabrales fuera un pueblo sin ley:

Se cansa uno de cuidar ganado. ¡Con la de planes que tenía ya hechos! Mi tío había escrito cartas de recomendación para ver si me llevaban a una población grande. Yo quería a Madrid, pero dicen que es muy difícil. Pero… si no fue este año, será el que viene. Si yo fuera gobernador, ya había abierto el Ayuntamiento. ¡Con la gana que tengo de gritar: “¡Ixuxú, los quintos!

Hay que entenderlo. El rapazón no entendía ni de justicia ni de caciques ni de democracia: sólo quería salir de allí como fuera. Pero el problema no era tan fácil. Los quintos no habían venido aquel año y, tal y como estaban las cosas, iban a tardar en venir. Sencillamente, Cabrales no tenía ayuntamiento, ni nadie dispuesto a volver a crearlo, ni gente dispuesta a volver a apoyarlo. Ocurrió en el año 1932.

España estrenaba República y Cabrales ayuntamiento: el alcalde, Pedro Trespalacios, era un campesino venido a más –tiene todo el tipo de un buen aldeano burgués. Limpia camisa dominguera, almadreñas recias, boina toldo y un puro prendido en el extremo del guión amplio de la boca– , republicano, que había sido elegido con mayoría absoluta en el 31, junto a su equipo de gobierno, formado por once personas más. Los votos le daban mayoría, pero no así el contento del pueblo. En apenas unos meses surgieron los problemas: enfrentados desde tiempos inmemoriales, los vecinos de Arenas de Cabrales aseguraban que Trespalacios beneficiaba a Carreña de Cabrales, la aldea rival. La gota que colmó el vaso ocurrió en octubre de 1932, cuando el ayuntamiento decidió suspender al médico local y nombrar a otro en sesión ordinaria. Los vecinos se reunieron en Carreña, donde se situaba el Ayuntamiento, con la intención de boicotear la sesión. A partir de entonces, las versiones son contradictorias: los vecinos aseguraron haber expulsado a los concejales. Los concejales dijeron que no, que habían quedado dentro, que tenían control del Ayuntamiento. El periodista madrileño afirmó que hubo un segundo día de boicot organizado por las mujeres del pueblo y que en ése, definitivamente, el equipo de gobierno se marchó para no volver. Un diario, una versión diferente. Resúmase, si se quiere, en que las diferencias entre las aldeas y el Ayuntamiento acabó propiciando que, en octubre de 1931, la casa consistorial quedase vacía, los cabraliegos sin representantes políticos, y el pueblo, en fin, sin ley.

 Las noticias llegaron a oídos del gobernador civil, Alonso Mallol,que presentó una situación casi apocalíptica. En La Prensa del jueves, 27 de octubre de 1932, leemos:

Por la tarde volvió a ocuparse el señor Alonso Mallol de esta cuestión, dándonos cuenta de que en vista de noticias que había reciido, había dispuesto se reclutaran fuerzas en Carreña de Cabrales, en evitación de que se produjeran incidentes mayores, ya que los ánimos parecían exscitarse cada vez más entre los vecinos de Arenas, enemigos por completo de los de Carreña, y entre los cuales persiste hace tiempo la idea de constituirse en entidad local menor.

Una imagen que contrasta, sin duda, con la de enorme apacibilidad que presentó el reportaje gráfico realizado por Pedregal Laria para Estampa en abril de 1933. El pueblo llevaba meses ya sin Ayuntamiento y los revolucionarios afirmaban que nunca habían estado mejor gobernados y más plácidos:

– Estáse bien sin Ayuntamientu. Nada nos dan, pero nada pagamos. (…) Mire, mire la cédula: tien tres años y ¡mi alma que non pago otra más!

– Cuando los echamos de allí no sabíamos que era sólo pa lo del médicu. Esto val más… ¡¡esto ye una mina!!

– Una mina, una mina, Nos dicen una cosa y la hacemos sin saber por qué, sin pensarla. Somos tontos.

La resolución del conflicto nunca acabó de llegar, precisamente, por los esfuerzos de Mallol de recuperar la vida política normal. En junio de 1933, el Gobernador Civil aceptó la dimisión en bloque de todo el equipo de gobierno en pos de la normalización de la convivencia, pero aquello no arregló gran cosa ni siquiera tras las amenazas de Mallol a los cabraliegos:

El gobernador les advirtió que es de todo punto indispensable la reanudación de la vida municipal, enviando, si para ello se hace preciso, varias parejas de la Guardia civil, y les añadió que la actitud levantisca de los vecinos no puede ser motivo de ninguna manera para la interrupción de la administración de un pueblo.

(salió en La Prensa, 8 de junio de 1933) Y no se arregló. Los quintos volvieron y se llevaron, quién sabe a dónde, al rapaz de las vacas, pero los levantiscos siguieron oponiéndose al gobierno. Aún a final de año, informó la prensa local de múltiples incidentes que, ya restablecido el gobierno, siguieron dándose entre Ayuntamiento e insurrectos.

Estaba claro que, al menos para aquellos que querían quedarse en Cabrales, les iba mejor sin leyes ni gobierno. Ocurrió en 1932.

Para más información:

Hemeroteca de Gijón.

“Un pueblo que vive sin Ayuntamiento desde Octubre”, en la revista Estampa del 8 de abril de 1933. En la Hemeroteca Digital de la BNE

El equipo de gobierno de Pedro Trespalacios estaba formado, además, por: Pedro Ardines, Ángel Sánchez, Jesús Corces, Paulino Huerta, Francisco González, Francisco Fernández, Paulino García, Esteban Llera, Fernando Bueno, Cipriano Fernández y Miguel Díaz, todos republicanos. También era republicano era Manuel Niembro de la Concha, secretario municial del Ayuntamiento y, sin duda, la persona contra la que se descargó la mayor parte de la indignación popular: un mitin en el que él participaba fue reventado en noviembre de 1933, con el resultado de ocho detenidos.

Si desaparece nuestro recuerdo

Todo empezó cuando yo era un mico de apenas doce años gracias a tí, abuela. La historia fue que en el colegio nos mandaron una de esas actividades que la pedagogía se saca de la manga para tener entretenidos a los chavales en un puente largo -puede que fuera Semana Santa, no sé, lo más probable-: hacer un par de entrevistas a los más ancianos de la familia sobre sus recuerdos, sobre cómo era su vida cuando eran jóvenes, a qué jugaban, cómo se llamaban sus padres y sus abuelos, todo eso. Lo de preguntarles por la Guerra lo metí yo a calzador porque me interesaba; años después descubrí que en Argentina se hacen actividades con los nenos de esa edad sobre los recuerdos de sus mayores en la Dictadura y ahí, en la clase, charlan sobre lo que han descubierto: nietos de represaliados y nietos de represores, todos juntos. Así aprenden los unos a comprender la circunstancia de los otros, así cierran sus heridas. Y son heridas frescas, abuela, de hace treinta años, y ya ves, conmigo se sorprendió la profesora de que me atreviera a preguntarlo, y ya habían pasado casi sesenta. En fin, a lo que iba.

Yo no hice un par de entrevistas, hice seis. Y las cubrí de fotos, e hice pequeños árboles genealógicos en cada una. Aquella actividad sí que me gustaba. El tema vino cuando te hice la tuya, abuela. Me lo contaste todo (mucho tiempo después descubrí que no era todo, pero lo comprendo) pero, cuando te pregunté por el nombre de tus abuelos, no supiste responder. Me llamaste después, al día siguiente, para decírmelos, porque los habías buscado en unos papeles viejos, pero tú no recordabas sus nombres, ni sus caras, ni nada. Aquello me impresionó. Yo, que tuve la suerte de conocer a todos mis abuelos, a casi todos mis bisabuelos (entre ellos tú, abuela) y a muchos de sus hermanos, no alcanzaba a comprender que tú no conocieras siquiera el nombre de los tuyos. Entonces comprendí que hacía falta recuperar todo lo que se estaba perdiendo.

Te cuento, abuela. Mira, de tus abuelos paternos no pude averiguar mucho. José y María, gallegos, allí quedaron, en un pueblo que probablemente hoy ni exista. El único cuyo nombre parece coincidir con el que consta en los papeles viejos no tiene ni veinte casas y está perdido en lo más profundo de Galicia. De los de tu madre sé más, y ahora entiendo que no los conocieras. Murieron mucho antes de que tú nacieras, jóvenes. Pedro e Isabel.  Tuvieron ocho hijos en unos tiempos bastante duros. Ocho hijos a los que se sumaban otros siete anteriores que aportaba él de un primer matrimonio. Imagínate, abuela, criar a quince hijos antes de 1900, hacerles crecer sanos. Normal que se lleven todas tus fuerzas. Y, en medio de todo, una desgracia familiar: que Isabel, recién casada, de repente pierde, en el lapso de una semana, a sus padres y a una hermana: Ángel, María y Manolita. La puta fiebre tifoidea. El agua viene corrupta y, de la noche a la mañana, sin que sepas por qué (vete tú a explicarle a tus bisabuelos, abuela, lo que era una bacteria) te desangras en el baño (o lo que sea que uses como tal) entre dolores horribles y pum, te mueres, se acabó, adiós. Y detrás de tí va tu mujer, tus hermanos, tus hijos. Quizás lo peor no fuera eso, sino sobrevivir y vivir con el miedo de que un día, de repente, se te presente un pinchazo en el abdomen y adiós, muy buenas. Bueno, a tí qué te voy a contar, a tí, que afortunadamente ya no viviste la época de la tifoidea, pero sí la de la tuberculosis, la de la Guerra y la de la posguerra, la del marido en la cárcel, el hermano asesinado, la sobrina muriéndose en la cama con menos de veinte años.

Ya ves, abuela, la Historia es tan bella en su estudio como cruel en lo que lleva detrás. La Historia, al menos la que yo te puedo ofrecer ahora, es cruel aún sin contar lo humano; por ejemplo, sin contar que el silencio que se cierne sobre José y María se debe a que tu padre, abuela, era un cabrón borracho que prefería gastarse en vino el poco dinero que había para alimentaros a tí y a tus diez hermanos, que por eso hablabas poco con él y le retiraste definitivamente la palabra después de que prefiriera dar la vida de su hijo a los fascistas antes que dar cuentas él. La Historia que yo estudio, porque no es la de los grandes y sosos nobles que dejaron escrito y dibujado una eternidad de cosas, es apenas de nombres y de fechas. No cuenta, al menos directamente, el hambre que pasaba tu madre Feliciana y su cuidado extremo al guardar cada huevo que ponían sus pocas pitas para cada hijo, a veces uno por niño, otras, medio y medio. Pero me ayuda a hacerme una idea, abuela, de todo aquello que nunca te contaron, y, con ello, de todo lo que nos hizo ser así, como somos, y agradecer cada día la valentía de quienes me precedisteis.

Ya sé que no puedes oirme contándotelo, abuela, frente a un café caliente y con la caja de fotos abierta delante nuestro, pero te lo cuento porque realmente sigues aquí, dentro de mí, dentro de todos nosotros, toda tu tropa. Y, mientras de mí dependa, aquí seguirás bien viva por tu recuerdo.

Porque ya sabes, abuela, que sólo nos morimos de verdad cuando desaparece nuestro recuerdo.

PD. Volvieron a poner Lo que el viento se llevó este puente, ya sabes. Que nada, no hay manera. Ashley insiste en enamorarse de la tonta de Melania… como cada año que pasa.

Tú no estás indignado

Están yendo demasiado lejos, escribes desde tu cálido salón, sentado en tu cómodo sofá, tele encendida, ordenador en marcha: están yendo demasiado lejos. Tú nunca supiste qué era ir demasiado lejos, ni tan siquiera -me temo- demasiado cerca, quizás ahí esté el problema. Afirmas sin sonrojarte que tú no estás indignado y que, por tanto, no entiendes cómo tu generación dice estarlo. Es curioso, porque probablemente, si toda tu generación decidiera, por poner un ejemplo, que está de moda llevar unas botas de la marca H o B, o de cortarse el pelo de la manera E o Z, no osarías no seguirles ciegamente. El qué dirán pesa demasiado, claro. Y, sin embargo, ahora te proclamas rebelde, te calzas una sonrisa de superioridad y, con un falso halo de tranquilidad, lo dices: yo no estoy indignado. Y lo repites. Yo no estoy indignado. Probablemente no te hayas ni leído las escasas 20 páginas de las que surge el movimiento. Estarás ocupado en cosas más íntegras. Más concretas, supongo. En cosas de verdad. En esas cosas con nombres capaces de hacer que se te llene la boca de ínfulas cuando los pronuncias, esas palabras grandilocuentes que todos pronuncian y muy pocos saben qué significan: ciudadanía, progreso, integración, multiculturalidad. Palabras, en fin, llenas de significados tan diversos que podríamos estar debatiéndolas horas… pero luego los inconcretos son otros, por más que intenten explicarte qué es lo que se pide incluso reduciéndolo al esquematismo más puro.

Tú no estás indignado y ni entiendes ni pretendes conseguir entender otra argumentación que no sea la establecida en un despacho, a puerta cerrada, con la americana y la sonrisa de rigor puestas, con apretón de manos final y, si es posible, foto en el telediario. Esa es la forma de hacer las cosas que el sistema te enseñó. Cualquier otra es de marginales, de elementos peligrosos que, en el fondo, piensas que tienen un poquito menos de derecho a opinar que tú (pero sólo un poquito, y sólo lo piensas para tus adentros, no vayan a decir). Ésa es la única democracia que existe para tí -y qué lastimoso que ahora los demócratas hablen de democracia única: tan irreverente como si un republicano defendiera la República monárquica-. Están exagerando. Están yendo demasiado lejos.


Tú nunca tuviste que ir demasiado lejos. Tú nunca acabaste una carrera haciéndolo todo lo mejor que podías (notas excelentes, curriculum intachable, prácticas aquí y allí, varios idiomas, formación complementaria) y te viste abocado a la más profunda oscuridad, a un mundo en el que ni sabías ni sabes moverte. Un mundo en el que quienes mandan no son quienes te enseñaron que debían mandar. Un mundo de mierda en el que debes demostrar tu valía -esa que ya debería ir implícita en el currículum- mil veces (mil quinientas si tu género o tus maneras no son las apropiadas), años de experiencia que nadie te dio la opción de tener, y en el que, sólo después de quinientos mil golpes, y si tienes suerte, acabarás ganando un sueldo que apenas si te da para vivir. Tú nunca tuviste que mirar desde abajo a los otros. A esa minoría privilegiada que, mientras gastas el dinero y las fuerzas en intentar conseguir cualquier cosa, salen de la carrera (o ni llegan a acabarla) y, a los dos meses, ya tienen un puesto de trabajo de la hostia -de esos que en infoJobs te asegura que el requisito mínimo son cinco años de experiencia, un salario digno y unas ínfulas similares. Ojalá me refiriera a una minoría privilegiada por su formación y capacidades, pero no: hablo de l@s mediocres, de aquell@s que vivieron siempre de la sopa boba mientras tú te deslomabas, protegidos por el imperturbable halo de la familiaridad, del partido de turno o de los contactos necesarios. Tú nunca viste las cosas desde ese punto de vista porque formabas parte de esa minoría, de esa gente que, como un canario criado desde polluelo en cautividad, se moriría de hambre si le abriéramos la puerta de la jaula de oro en la que vive y hubiera de salir al mundo de verdad.

Tú nunca estuviste indignado porque te importa una mierda tu generación. Enhorabuena, campeón/a, porque jamás tuviste que vivir la desesperación suficiente como para llegar demasiado lejos. Sí: enhorabuena.