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Archive for the ‘El crimen de ayer’ Category

Era agosto de 1913, víspera de Nuestra Señora, y los reyes acababan de llegar a Gijón, él con su atusadísimo bigotón, ella con sus collares de perlas de varias vueltas que ocultaban tantos secretos de alcoba. Pero eso no lo sabía el Xilu y, si lo sabía, no le importaba lo más mínimo, porque él estaba a otros asuntos más importantes.

Xilu, cuyos padres habían venido en llamar Hermenegildo y en apellidar Álvarez Barredo, era un viejo beatón al que ya le quedaba poco, porque 74 años para la fecha eran muchos años, y que vivía sólo en su casona de Muros del Nalón. Los hijos se habían ido a América, a buscar fortuna a la bella Habana; la hija, María, vivía con el marido que le había venido en gracia, Joaquín, de poco trabajar y mucho holgar; y, a fin de cuentas, el Xilu era feliz sólo, con las vacas y con Dios, amén. Nadie sabe qué pasó aquel 14 de agosto, nadie, probablemente porque todos estuvieran demasiado ocupados enterándose de que el rey había visitado de incógnito San Esteban al poco de llegar a Asturias. De relativo incógnito, claro, porque la caravana de coches y el ornato llamaban la atención. Por eso nadie se había fijado aquel día en qué hacía o dejaba de hacer el Xilu.

Sólo se pudo suponer que aquel 14 de agosto, y siendo como era víspera de Nuestra Señora, el viejo santurrón había ido a rezar el rosario a casa de la vecina, como cada atardecer. Sólo se pudo suponer que se disponía a cenar un chocolate que se quedó sin hacer, la leche desbordada de la jarra en la cocina, después de que alguien le viera meterse en la cuadra. Y sólo se supo, al día siguiente, que al parecer el Xilu había dejado una nota manuscrita a María, que le visitaba cada mañana, dándole instrucciones precisas de qué hacer con su dinero y con sus adoradas vacas, y que ésta, y fue eso lo que desató todas las sospechas, automáticamente asumió a voces que su padre se había ido a suicidar por cualquier cuadra.

Fue por eso que cuando en una playa lejana, al cabo de una semana, apareció un macabro saco con un torso descabezado y despernado, a escasos metros de las piernas que le correspondían, y cuando el médico de la localidad identificó los retorcidísimos y complicados dedos artríticos del Xilu en aquellos que ahora reposaban sin vida a la intemperie, todos los ojos se fijaron en Joaquín Pevido, el marido de María. Una injusticia, una barbaridad. Todo el mundo había visto a Joaquín bailar hasta la noche en la verbena de la noche del 14 de agosto, todo el mundo había oído el histerismo de María ante la desaparición del padre. La familia luchó contra viento y marea para certificar la inocencia de Joaquín y buscar al verdadero culpable de la horrenda muerte del padre. Se envió dinero desde Cuba, se mandó investigar. El pueblo comenzó a mirarse desconfiadamente, los unos a los otros y los otros a los unos, en la marcha de un crimen aparentemente imposible de resolver.

Cuando ya nada parecía ser lo que era, apareció un gitanete al que llamaban Perro por las inmediaciones, cuya declaración iba a dar una vuelta de tuerca a todo el suceso, una vuelta de tuerca tan ignominiosa para el buen nombre del Xilu y, en general, de  todos los herederos Alvarez, que todas las investigaciones se paralizaron después, no fuera a ser que se descubrieran aún más cosas que manchasen la reputación de los indianos. Resultó que el Perro afirmó que, años atrás, andaba vagabundeando por la zona con una pareja de tormentosas relaciones. Él, un gitano enorme cuya corpulencia física le había valido el apodo de El Oso, ella, una voluptuosa gitana de lengua rápida y mirada brillante a la que apodaban La Mandilona. El esperpéntico trío recorría por aquellos años las calles de Pravia y de San Esteban buscando cualquier cosa que llevarse a la boca, bien por el hurto o bien por el engaño: mientras ellos afanaban la cartera, ella seducía a ancianos y mujeres con su pertinaz verborrea, por una moneda, por una moneda leo la buenaventura, chillaba arrabalada sujetándose el mandilón que siempre llevaba puesto, bien amarrado a la cintura, y había incautos que se dejaban hacer. Uno de ellos, dijo El Perro, no era otro que el pobre viejo del Xilu.

Porque, al parecer, al Xilu no le bastaban Dios y las vacas para combatir la soledad. Y un día, paseando por Muros, había escuchado el grito de La Mandilona y acudido a su llamada, curioso, y, a partir de entonces, siempre la requería. El viejo, arrebolado por las curvas y el gracejo de la gitanona, se dejaba leer la mano gustoso, o venderse un ramín de romero, o darse la buenaventura, que Dios te la dé, y ofrecía a cambio, agradecido por el rato de compañía, generosísimas propinas de una moneda de oro. Era una oportunidad que La Mandilona no iba a desaprovechar, claro, y la amistad con el viejo fue haciéndose cada vez más estrecha. Hasta el punto que, entrado ya el verano de 1914, al Oso lo mataban los celos.

Nadie sabe lo que hacía el Xilu aquel 14 de agosto de 1913, porque todo el mundo estaba pendiente de intentar oler el florido perfume de la reina con sus blanquísimas perlas al cuello o de ver el engominado bigote del rey. Hay quien cuenta, sin embargo, quién sabe si dejándose llevar por la leyenda, que a última hora de la noche vieron entrar una gitana de fantásticas curvas y larguísima melena negra a la cuadra con el viejo. El Oso, por su parte, confesó que le habían carcomido las entrañas al verlo todo detrás de un mato, después de todo el día espiando a su lenguaraz novia por todo Muros.

El resto, bueno. El resto es historia. El resto es misterio.

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Ramón, el de Paulo, tenía toda la vida por delante, toda la vida. Había dejado Santa Cruz de Llanera, la aldea asturiana donde había venido a nacer, para cruzar el charco hacia Cuba, siendo apenas un guaje, al poco de nacer el siglo XX. La isla daba dinero o no daba nada, eso estaba claro. Ramón había ido allí con la esperanza de hacer fortuna, pero a él le tocó la segunda opción. Cuando aún no había siquiera prosperado, una tarde aciaga en Sagua la Grande, escupió por primera vez una flema con sangre. Ramón, el de Paulo, estaba tísico, y eso, hacia 1913, suponía una más que probable y pronta muerte. Es obvio que un muchacho de ventipocos años quiera vivir. Los médicos le recomendaron permanecer en la isla, cuyo clima cálido sin duda le beneficiaría, dijeron. Pero no funcionó. Y, desesperado, con el billete de vuelta a casa en el bolsillo (imposible permanecer en un empleo cuando en cada estornudo repartes un boleto hacia la muerte), visitó a un santero negro que se hacía llamar Francisco, que le aseguró la curación total si lograba tener el arrojo de beber la sangre caliente de un niño, en el preciso momento en el que ésta saliera del cuerpo del mismo. Fue con esas con las que Ramón, el de Paulo, se fue de vuelta a Asturias.

Manolín Torres Rodríguez tenía toda la vida por delante. Toda la vida. Apenas si le había dado tiempo a conocer, en ocho años que llevaba en este mundo, la villa de Avilés, donde había nacido hijo un mantequero de La Suiza Avilesina, José, y de una sufrida ama de casa, Benigna. Sano como un roble. Con las mejillas encarnadas. Lleno de vida: lleno de todo lo que le faltaba a Ramón, el de Paulo.

Fue el miércoles 18 de abril de 1917. Manolín, el suprascrito, Ángel y Agustín, los tres compañeros, los tres amigos inseparables, jugaban a media tarde en la plaza de la iglesia de la Magdalena cuando conocieron a Ramón, el de Paulo.

Nenos. ¿Queréis ganar un real?

Silencio. Mamá decía que no se podía hablar con los desconocidos.

Taba buscando la mantequera. Dóivos un real si me lleváis.

Silencio. Y, entonces, la Adela, una joven que vivía cerca y a la que los muchachos conocían, que saluda a Ramón a lo lejos. De alguna fiesta de práo lo conocería, y lo miraría de reojo a lo lejos, puesto que todo el mundo sabía que Ramón, el de Paulo, estaba tísico y era peligroso acercarse a él.

¿Qué? ¿Nun váis querer un real, coño?

Si el desconocido saludaba a la Adela, entonces es que no podía ser malo. Fin del silencio. Manolín que se lanza.

Mio pá trabaya na mantequera.

¿Entós? ¿Vás llevame?

Y Manolín, de pocas palabras, que asiente con la cabeza y echa andar en dirección a la Ceba, con Ramón, el de Paulo, detrás. No era cuestión de desperdiciar un real y, de cualquier modo, no sería por veces que había ido andando hasta la Suiza. Pacita Ovies, una vieja conocida de la familia, se lo cruzó aún mientras salía de la Magdalena.

Manolín. ¿Qué andes faciendo?

Voi llevar al señor a la mantequera, Pacita.

Y Ramón, el de Paulo, y Manolín se perdieron de la vista de todo el mundo.

***


Aquella tarde, Manolín no estaba en casa a las 8, cuando el mantequero José volvió de la jornada. De nada sirvió que Benigna lo llamara a voces por todo el barrio, ni que José preguntara a todos los compañeros e hijos de compañeros. Del pequeño no había rastro y, a medianoche, los desesperados padres no tuvieron otro remedio que acudir a denunciar su desaparición. Iba a ser la noche más larga que hubiera vivido o que fuera a vivir jamás el desventurado matrimonio.

El cadáver de Manolín lo encontró su propio padre, horas después del amanecer, en la Trabuya, ya sin rubor en las mejillas y rodeado de un charco de sangre. Lo enterraron el 20 de abril, un viernes, después de que los médicos afirmasen, sin lugar a dudas, que alguien había extraido varios litros de sangre del desgraciado muchacho.

A Ramón, el de Paulo, no tardaron en inculparlo. Demasiada gente lo había visto: Pacita, Adela, y también María, una curiosa vecina de la Grandiella que se extrañó de la ausencia del niño cuando, sobre las siete y media de la tarde de aquel aciago día, había visto bajar a Ramón hacia la villa sin compañía, apenas una hora después de que lo hubiera visto, camino a la mantequera, con Manolín.

El pueblo se conmocionó, y no tardó en descubrirse que, poco tiempo atrás, otro niño había huido de las malas artes de Ramón por miedoso, por no atreverse a acercarse al pañuelo que éste le ofrecía a oler. José, el Carolo, había puesto pies en polvorosa ante el ofrecimiento, salvando con ello su vida, ya que el trozo de tela estaba impregnado de cloroformo. La misma sustancia de la que Ramón se había provisto aquel 18 de abril por la mañana, y que, presumiblemente, Manolín sí accedió a inhalar. Le había rajado el cuello, confesó días después, y bebido su sangre caliente tal y como le había aconsejado el santero cubano, y, tras dejar el cuerpo inerte allí, en medio del monte, se había limpiado cuidadosamente y pasado la noche en una posada en Llano Ponte. Tranquilo. Lleno, o al menos eso creía él, de vida, por fin.

Ocurrió en abril de 1917. El mismo mes en el que todos los padres de los niños cuyo rastro se había perdido en los últimos tres años por la zona -fueron varios- dejaron, para siempre, de buscarlos.

Más información en La Nueva España, GAIPO, Hemeroteca de Gijón.

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¿Qué tienen en común un revólver Velo-Dog y una preciosa toca de piel infantil? Pues que eran parte de los regalos a los que podían optar los afortunados lectores del Almanaque Bailly-Bailliere de 1904, junto con otros curiosos objetos como una estereotarjeta con vistas de la América del Norte (sic),  un frasco de depilatorio Venus, 18 huevos para incubar de gallinas catalanas del Prat, una bandurria, quince devocionarios, un cortapatatas, un corsé cutí de París o un reconocehuevos (explicar el funcionamiento de este último aparato requeriría otro artículo aparte)

Los revólveres Velo-Dog habían nacido en Francia en la última década del siglo XIX, con un objetivo bastante definido, a la par que ingenuo: espantar (¿espantar o cargarse directamente?) a los perritos que molestaban a los ciclistas persiguiendo a sus bicicletas y llegando a morder las ruedas (de ahí Velo-dog: velocipede/dog). Eran pequeños, con cartucho de 6 mm. y recargables con proyectiles de pólvora o plomo. Un revólver Velo-Dog era fácil de adquirir y, sobre todo, asequible económicamente. En la España de 1913, por ejemplo, el precio de uno oscilaba en torno a las 10 pesetas. Cualquiera podía tener uno con más facilidad que una bicicleta, y no hace falta decir que más pronto que tarde comenzaron a utilizarse para disparar a personas, no a perros. Y no precisamente por su pequeño tamaño dejaban de matar, si estaban cargados con plomo y eran disparados con la precisión y cercanía correctas.

Presentación Fonseca Madery, una bella madrileña de pelo ensortijado y enormes ojos oscuros era una de las muchas mujeres que por aquella época disponía de un revólver Velo-Dog para por si las moscas (aunque no tuviera bicicleta). Y ella lo necesitaba más que nadie. Malcasada años atrás, en Granada, con un muchacho de trabajo estable pero pocas pasiones (para con ella, y muchas para con el alcohol y el juego), se fijó en sus andares un teniente de la Policía llamado Julio Maeso, de importante nariz y temperamento difícil de llevar. Maeso tenía mujer y tres hijos. La esposa, Carolina Argil, apenas si llegaba a los 25 años cuando Maeso se obsesionó perdidamente por Presentación, y, subyugada al marido, poco pudo hacer al respecto.

Era difícil rechazar a alguien con tanto poder como Maeso, y tan insistente. Se presentaba a todas horas en casa de Presentación cuando Fernando, el marido pendenciero, no estaba; sufría no tan casuales encontronazos con ella por la calle y la comía con la mirada. Cuando el matrimonio de Fernando y Presentación se fue a pique, el padre de la joven la mandó de vuelta a Madrid. Maeso no tardó en presentarse allí a requerirla de nuevo, llegando a enfrentarse  hasta llegar a las manos con el padre de Presentación. Encolerizado y temiendo por la vida de su hija y su nieta, el señor Fonseca mandó a ambas señoritas a Alicante, bajo la protección de un viejo maestro con el que conservaba antigua amistad.

Sabe Dios cómo, Julio Maeso se enteró de la nueva ubicación de la mujer que le tenía loco y no le fue difícil presentarse allí un día, en su misma casa, asegurando ser su hermano para poder tener acceso a ella. Una y mil veces volvió a negarse Presentación a entablar relaciones con él, y una y mil veces Maeso la molió a golpes y la amedantró con amenazas hacia ella y hacia la pequeña. Mala idea fue, en una de éstas, llamar a la Policía, que tardó en salir de la casa sin llevar a cabo ninguna acción contra Maeso tanto como éste tardó en informarles que pertenecía, como ellos, a los Cuerpos de (irónicamente) Seguridad.

Tras un breve retiro en un convento de monjas, una enfermedad en la hija de Presentación hizo que ésta tuviera que volver a la casa de Alicante donde la buscaba el policía día y noche. Fue un 26 de agosto de 1919, que caía en martes. Al llegar la noche.

Presentación gritó como una loca cuando la puerta del piso se abrió y dejó entrever, por enésima vez, la silueta del persistente Julio Maeso. Tales fueron los nervios que cayó desmayada en el suelo, recuperándose tan sólo cuando un cuidadoso Maeso le proporcionó un antiespasmódico con todo el amor que era capaz de darle a su platónicamente amada Presentación. Un amor tan fuerte como el odio que también sabía darle: una vez en pie, y negándose una vez más a ceder a los deseos del policía, comenzaron los golpes y los insultos. Y fue entonces cuando Presentación se llevó la mano al delantal y sus dedos rozaron el pequeño revólver, regalo de su padre, que había cargado aquella misma tarde, temerosa de más encuentros fortuitos.

Tenía la mente en blanco cuando estiró el brazo y, firmemente, disparó dos veces el revólver sobre la cabeza de Julio Maeso.

Casi al mismo tiempo en el que Presentación ingresaba por su propia voluntad en la cárcel de Alicante, los médicos declaraban la muerte del policía.

A los pocos días, Presentación era declarada inocente en el juicio por la muerte de Julio Maeso. Los periódicos glosaron su historia, denunciaron sus desgracias y la retrataron, grandísimos ojos negros muy abiertos, con la expresión perdida pero relajada de quien, aún cometiendo una locura, se ha librado de lo que la impedía vivir en paz.

Rescatemos una de esas glosas y una de esas fotos, en concreto las publicadas en el Mundo Gráfico del 3 de septiembre de 1919:

Lamentable es el hecho; pero justo es reconocer que al fatal desenlace ha contribuido la incuria de las autoridades y el erróneo concepto que de la disciplina tienen los subordinados de éstas. Los jefes de la Dirección de Seguridad, desamparando a la mujer que solicitó su intervención para verse libre de la persecución odiosa, tienen una indudable responsabilidad moral en la perpetración de este delito, y los agentes que se negaron a denunciar al teniente Maeso cuando doña Presentación requirió su auxilio al verse maltratada, incurrieron en la misma responsabilidad, dando ocasión al triste suceso que ha costado la vida á su superior, la libertad á la agresora y el duelo y la pesadumbre infinita á una familia honrada.

Han pasado noventa y un años y muchas y muchos Presentaciones Fonsecas y Julios Maesos por nuestra historia. Y siguen pasando.

Claro está también que, desde hace ya mucho tiempo, no se regalan revólveres con las revistas.

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Joven 24 años. Ofrécese para delineante ó escribiente. Modestas pretensiones. Escribid: Tudescos 15-17, tercero izquierda. José Echaurren.

¿No les ha ocurrido nunca que, leyendo viejos periódicos, se paran en esos pequeños fragmentos de misterio cotidiano que son los anuncios por palabras y tratan de recuperar historias de vida tan sólo en base de ese conciso par de líneas, de identificar lugares, de situar fantasmas en el tiempo y espacio concretos que marca, desde luego originalmente con otras intenciones, el anuncio? Es, sin duda, una de las curiosidades más emocionantes a las que una se enfrenta cuando revisa las hemerotecas, pero también (o quizás precisamente por ello), una de las más infructuosas. Por ejemplo, este tal José Echaurren que buscó trabajo de forma insistente durante los meses del verano y el otoño en las páginas del ABC. Ni más remota idea ni de su origen, ni de su historia, ni de su final. Sólo los datos que nos refiere el periódico y, tan sólo en esta ocasión particular, algo más: que su lugar de residencia era una pequeña casuca de alquiler céntrica pero en zona de mal vivir, pleno barrio chino madrileño y, por si esto fuera poco, venida a menos. Porque no todo el mundo en el Madrid de la época estaría dispuesto a residir en el mismo cuarto en el que, apenas tres años atrás, había sido asesinada una mujer en un crimen jamás resuelto.

Ocurrió el jueves 13 de abril de 1907. Aquel mediodía, poco antes de la hora de comer, el chillido histérico de una mujer interrumpió el silencio del barrio. Un zapatero que trabajaba en la acera de enfrente y Matilde Merello, una vecina de buen oído que se dirigía a casa, fueron los primeros en darse cuenta de que el grito, sin duda, debía proceder del tercero izquierda de Tudescos 15, donde residía desde hacía ya algunos años una bella y ostentosa mujer llamada Vicenta Verdier. A pesar de la premura con la que vecinos y autoridades tardaron en echar la puerta abajo, poco hubo que hacer. El piso, sellado a cal y canto (aunque Vicenta, decían, dejaba a veces el cerrojo abierto, confiada como era, aquel día no había sido así), encerraba una tranquilidad pasmosa tan sólo interrumpida por el macabro hallazgo: un reguero de sangre a lo largo de todo el pasillo, desde la cocina a la habitación. Y, en la habitación, la fiel Nena, la perrita de aguas de Vicenta, que arrancó a ladrar como nunca antes cuando la policía intentó acercarse a la cama. En ella reposaba, en medio de un charco de sangre, el cuerpo degollado de la mujer, vestido apenas con una falda bajera, un corsé mínimo y un delantal. En la mano, dijeron los periódicos, quién sabe si por poetizar el asunto o por ser verdad, una figurita de plata de la virgen del Pilar. Y nada más. El silencio. Tan sólo una ventana abierta, la de la alcoba, que daba a la calle Silva, y una teja rota más allá, parecía dar una pista acerca de por dónde había huido el asesino.

No hubo más. O no quisieron que lo hubiera. Durante semanas la prensa se dedicó a glosar la licenciosa vida de la bella Verdier. Nacida en el pueblo de Épila (Zaragoza) sobre 1870, residía en Madrid desde hacía por lo menos quince años, siempre de alquiler, siempre soltera. Siendo sirvienta, había conocido a un joven heredero del que jamás se supo el nombre, y que, por una u otra razón, siempre se negó a casarse con ella. Como el silencio se paga, cuando el misterioso muchacho contrajo, allá por 1900, matrimonio con una muchacha decente, se hizo cargo de la caprichosa manutención de Vicenta, que en ese mismo momento perdió el contacto con los hermanos de Zaragoza. Paulina, Claudia y Mariano Verdier negarían siempre cualquier tipo de relación con quienes ellos consideraban la hermana perdida y licenciosa. Tan sólo Faustina, que había llegado con ella a Madrid y que había tenido más suerte en lo del emparejarse, la recibía cada día y le ofrecía café.

A Vicenta le gustaba andar de cafés y de hombres. Los días siguientes a su asesinato, la confusa policía recibió un sinfín de anónimos que remitían a las idas y venidas de la Verdier a cierta casa de citas del distrito del Hospicio. Ávidos de morbo y de información, los periodistas publicaron que, entre la lista de hallazgos en el piso del crimen se habían encontrado ropas de varón, y un reloj, e incluso un libro pornográfico ilustrado. Y joyas. Y caprichos impropios de una dama sin oficio conocido, y un retrato firmado a un marido inexistente.  Sin embargo, mientras los periodistas bullían de actividad en el caso de la Verdier, la policía parecía pedir calma de una forma excesiva para tratarse de un crimen que había sumido en el pánico a toda la población madrileña y que ocupaba páginas enteras en la prensa nacional. Deberíamos contratar a Conan Doyle, sugirió un avezado periodista. Y ni aún así.

Jamás hubo ni pistas ni sospechosos que durasen más de una semana. El drama adquirió tintes de vodevil. Se sospechó de los personajes más variopintos y chiripitifláuticos que pudieron hallarse. En primer lugar, de la señora Romillo, esposa de un señor que hacía más de una década había mantenido supuestas relaciones con la Verdier y que tuvo la mala idea de pasarse, en las horas posteriores al crimen, por la calle Tudescos en dirección a Jacometrezo.  Después a su marido, en una tragicomedia que acabó con dos policías expulsados por intentar falsificar pruebas y hacer chantajes para acusarle.  En 1911 un tal Salustiano Fernández, que en realidad se llamaba José González, se declaró culpable del crimen, durando la mentira apenas si un par de días. En 1913 se detendría al desgraciado Luis Miguel Rosales, un pobre diablo cordobés que jamás había pisado suelo madrileño. En 1927, Antonio Pérez de la Cuesta, que residía en Estados Unidos, donde se hacía llamar Eddy Ponsshon y estaba vinculado al Ku Kux Klan, se declaró culpable. Un loco más para la colección.

Han pasado hoy más de cien años y nadie, aún, ha pagado por el asesinato de la fulana Verdier. Pero…

¿por qué jamás se publicó el nombre del protector de Vicenta, el que le pagó el piso, la comida y los caprichos durante más de una década? ¿por qué jamás fue sospechoso?

¿es coincidencia que, desde hacía unos meses, el “salario” de Vicenta se hubiera reducido de 300 pesetas a apenas 75, que no le llegaban siquiera para pagar el alquiler del piso y la pensión (60 pesetas cada uno)? ¿Es coincidencia que, debido a esta drástica reducción de la mensualidad, la Verdier hubiera tenido que despedir a su fiel criada, Francisca Ruiz?

¿por qué la Nena no avisó de la presencia de un intruso en la casa, si apenas horas después hubo que reducirla para poder acceder a la habitación de Vicenta? ¿Acaso es que conocía más que de sobra al asesino de la Verdier?

¿qué clase de personaje tenía la capacidad económica suficiente para costearse al menos una amante a 300 pesetas de la época al mes… y el silencio de toda la prensa y la policía madrileña?

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Sucedió lo que tenía que suceder: que Luisa se hizo viciosa.

Es cita textual de La Correspondencia de España del 16 de septiembre de 1913 y se refiere a la infame Luisa Sánchez Noguerol, es decir, a la contundente señorita que posa, ondas al agua mediante, al lado de estas líneas.

Para la mentalidad de la época no era extraño que Luisa acabase como acabó teniendo en cuenta la más trágica que cómica historia familiar que acarreaba a sus espaldas. Todo había empezado con el padre, que será parte importante en la historia que nos incumbirá más adelante. Manuel Sánchez López, que así se llamaba, había llegado a capitán del ejército en la Galicia de finales del siglo XIX, si bien este hecho no embelleció en absoluto sus malos hábitos: Sánchez solía frecuentar burdeles de baja estofa y casas de juego clandestino, y sería  más tarde apartado de grandes responsabilidades en su carrera militar a causa de estos y otros desmanes.  De su matrimonio con Luisa Noguerol, una rotunda gallegona con amor a la botella, sacó siete hijos, muchos disgustos y, finalmente, la huida transoceánica de la mujer, cansada de recibir palizas y sacar adelante a una vorágine de críos maleducados.

Desde luego, alguien tan fanfarrón como Sánchez no pudo admitir nunca que su mujer lo había abandonado. Incluso después de trasladarse a Madrid, la gran ciudad donde no había de dar cuentas a nadie, solía vérsele, vaso de vino perronero en mano, en la taberna de turno asegurando que la razón de la ausencia de la madre de sus hijos era que él la había asesinado con sus propias manos. A nadie le habría extrañado: Manuel era un hombre de carácter hosco y endemoniado, que solía enzarzarse en disputas cada noche con desconocidos y cuyos hijos siempre iban marcados de moratones. También Luisa. Pero ella era también la más parecida a la madre ausente, la mayor y la más formada. Las visitas del padre a su cama se venían sucediendo cada noche desde que la joven era mujer a efectos biológicos, aunque no legales. Fue por eso que, por más que lo intentó, Luisa no pudo escapar ni de aquella casa, ni del padre.

Así llegó 1913. Luisa acababa de cumplir los veinte años y un tinte rubio en el pelo cuando conoció al infortunado Rodrigo García Jalón, un viudo cincuentón bien situado en Divino Pastor, 2 abiertamente apasionado por las mujeres entradas en carnes, profesionales o no, que se pasó meses insistiendo en intimar con ella. Al enterarse, Manuel se frotó las manos y animó a su hija a mantener relaciones carnales con Jalón, para así sacarle las perras, las chicas y las gordas. Y, por si acaso los ánimos fueran poca cosa, también se ofreció el viejo capitán a poner cama y casa. Así, pensaba, mientras el viejo hacendado gozaba de los placeres sexuales con la muchacha, sería fácil robarle la cartera e, incluso, a la salida del cuarto, fingirse padre deshonrado y obligarle a pasarle un dinero mensual a cambio de no destapar el escándalo. Todo parecía perfecto.

Pero quién sabe cómo fue. Quizás, cuando Rodrigo y Luisa se dirigían a la cama prometida, a Manuel le asaltaron los nervios de repente; o quizás le llevara la codicia de última hora, esa que llega de repente y hace cometer actos sin sentido que después, como es el caso, se pagan caros. El caso fue que el capitán decidió no llevar a cabo la comedieta acordada y se lanzó directamente a Jalón, matándole de dos bruscos martillazos en medio del pasillo.

El crimen perfecto siempre acaba fallando en el momento en el que se comete: no es fácil deshacerse de un cadáver. Y vive Dios que aquella tarde, la del desgraciado 24 de abril de 1913, el capitán Sánchez y su peliteñida hija lo intentaron. Pero no hubo manera humana. Lo intentaron descuartizando al desgraciado viudo, tirando parte de sus restos al retrete (con el resultado de una incómoda obstrucción), quemándolos en la cocina (produciéndose un olor tan desagradable que no se iba ni siquiera cuando derramaron encima de la carne una botella entera de aceite, ni después, cuando probaron con petróleo) y, finalmente, emparedándolos.

Las alarmas saltaron cuando, semanas después, los albañiles que llegaron a arreglar el desaguisado del retrete encontraron en las tuberías restos de carne que, aunque un nerviosísimo Manuel insistía eran los de un par de conejos echados a perder, hicieron que la policía fuera avisada de inmediato. A finales de mayo, cuando los agentes se presentaron en la casa, se encontraron, primero, con un cuarto vacío, con desconchones aparentemente voluntarios repartidos por toda la pared y una inmensa lámpara que parecía tapar las manchas de lo que había sido el descuartizamiento de algo bastante más grande que un par de conejos. Y, segundo, con los restos ya esqueletizados del desgraciado Jalón ocultos tras un tabique de reciente creación en la casa.

El crimen del capitán Sánchez hizo derramar litros de tinta en las imprentas de toda España y cientos de dimes y diretes en los mentideros de la capital. Efectuado el juicio a padre e hija tras el verano de 1913, la ejecución de Sánchez no se hizo esperar aunque, de cualquier modo, su condición de militar de rango le valió, al menos, que ésta fuera rápida y, desde luego, más digna que la habitual por garrote, que tenía vileza hasta en el nombre: fue fusilado el 3 de noviembre. Luisa, considerada en todo momento una pobre víctima de la situación, fue llevada a entrevistar a varias redacciones de la capital e ingresó, al tiempo que su padre era ejecutado, de forma perpetua en una prisión de mujeres. Los periódicos relataron sus primeros días allí, incidiendo en su buena conducta: como cuando, por ejemplo, al día de ingresar fue finamente vestida con blusa blanca, lazos azules y falda del mismo color a comulgar. Se olvidaron de ella, como suele suceder, a los pocos días. Hoy en día, por supuesto, ya estará muerta; pero probablemente nunca sabremos ni cuándo ni cómo, ni cuál fue su versión de los hechos una vez faltó el padre.

Pero, como un crimen sin incógnitas no es crimen…

¿puede un cadáver esqueletizarse en apenas un mes?

¿transportaba realmente aquella carreta los restos de Rodrigo García Jalón?

en cualquier caso… ¿fue Luisa tan inocente como la moralidad de la época, que atribuía escasa iniciativa a la personalidad femenina por el mero hecho de serlo, quiso hacer ver?

El crimen ocurrió hace ya noventa y siete años. Tiempo hay para pensar las respuestas.

Imágenes y fuentes: Mundo Gráfico, El País y La Correspondencia de España. Todos ellos disponibles en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España.

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