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Archive for the ‘Historias pequeñas’ Category

Vino a llamarse Rosario y a nacer en Lluces, de nombre y paisaje tan bello como cruda era la vida allí en aquellos años -principios del siglo XX: sería correcto, pero irónico, definir esa época, cuando hablamos de gente sin pan, como Belle Époque-. Su padre había tenido siete hermanos, su madre cuatro y a Rosario le tocó el premio gordo: tuvo al menos ocho. Nueve almas que peleaban por un cachu sardina cuando lo había, nueve niños, dos padres, quizás algún abuelo, e incluso una tía abuela, la Gerónima, pordiosera de oficio y pobre de las de solemnidad, que vagaba de casa en casa apenas si para comer, pero al menos por tener un techo bajo el que dormir. ¡Qué ironía, Rosario, que la Gerónima llegase casi a los 90 años, siendo como era pordiosera, y que a tí te tocase abandonar este mundo mayor, pero joven, apenas si con 70 años! Qué ironía, Rosario, porque tu vida estuvo llena de ellas. Quizás por eso tu carácter fuera así, árido pero socarrón, con ese humor de sarcasmo seco que es el mejor humor, precisamente porque esconde detrás el impacto de muchas ironías de la vida, de muchos palos, mucha fame, mucha miseria y muchas lágrimas que nadie podía verte, Rosario, porque si te las veían, entonces te pisaban más.

Tuvo la Rosario ocho hermanos, muy longevos casi todos, menos el que se llevó la Guerra y del que no se habló nunca más y de los que, como ella, llevaban en su sangre, sin saberlo, el peso seco e irremediable del cáncer. Todos, sin excepción, tuvieron muy poca infancia. Había que trabajar y el terruño de los padres no daba para todos. La Rosario hubo de marchar, apenas una niña, a servir a una casa de ricos, de ésas que preferían a las criadas niñas por aquello de tener los dedines muy finos para poder limpiar bien la vajilla, pero a la vez adultas y responsables para que no rompieran una sola pieza. ¡Qué diferencia con la familia de Lluces, donde la principal preocupación era llevarse algo a la boca, encontrar alguna castaña en otoño para saciar el hambre, que hubiera un buen verano y que no se perdiera lo poco que salía de la tierra! Allá fue la Rosario y, eso también hay que decirlo, comió como nunca había comido y aprendió a cocinar como nunca hubiera podido aprender. Era un trabajo bastante más agradable que el primero que le había tocado desempeñar, pisando anchoas en uno de los muchos pozos de salazones de Llastres. Odió tanto ese trabajo, tanto, que la Rosario no volvió a probar en su vida ni una sola salazón, y giraba la boca en un rictus de asco cada vez que veía a alguien disfrutar de las anchoas de lata, recordando, quizás, cuando para no perder ni un solo minuto del trabajo que hacían los piececitos de los niños que pisaban la salazón el encargado les prohibía salir del pozo para hacer sus necesidades más primarias y tenían que mear sobre lo que luego iba a ser comida.El sabor del sal tápalo tóo, les aseguraba el encargado, y la Rosario jamás se volvió a fiar del sabor de la sal.

En cuanto pudo, muy joven, la Rosario huyó de esa vida de esclavitud para casarse con Ángel. Ángel era un cobarde, pero era su cobarde y tenía, además, otras muchas virtudes: era bueno, quizás el hombre más bueno de todos los que hubiera podido encontrar, era trabajador y, sobre todo, adoraba a la Rosario sobre todas las cosas. Por eso, cuando fue destinado a Andalucía para hacer la mili a mitad de los años 20, no soportó la distancia y pidió permiso para ir a Asturias a casarse con ella, y la otra para el transcurso de su propia vida: la Guerra Civil y la muerte de la Rosario. Entendámonos. Ángel no iba ni con unos ni con otros, pero no quería problemas. Cuando vinieron los unos a buscarle se fue con ellos, intentaron que combatiera durante un par de meses y no lo consiguieron porque Ángel temblaba cada vez que le ponían en las manos un fusil, y no hacía más que acordase de la Rosario y los nenos, todo el día estaba con eso: ay de la mi Rosario y los nenos, ay los nenos, ay los nenos y lo dejaron ir. Como la alegría dura poco en la casa del pobre, los otros vinieron a llevárselo por haber estado con los unos. Incomprensible, sí, como incomprensible fue, en términos generales, la Guerra Civil, como incomprensibles son -dejémoslo ahí- todas las guerras.

A Ángel se lo llevaron a Bizkaia en tren y la Rosario lo despidió con una reprimenda -en su caso, las reprimendas eran su forma de expresar lo que otras expresan con lagrimones de cocodrilo: eran, probablemente, bastante más sinceras de lo que es esta segunda opción-. Pero cuando ella empezó a oír que a Bizkaia se mandaba a los hombres que no volvían nunca a casa, que jamás se les encontraba ni vivos ni muertos porque algo se ocupaban de hacerles allí, la Rosario lloró como nunca había llorado hasta entonces. Lloró una noche y a la mañana siguiente, como buena llastrina, las lágrimas ya habían dado paso a una decisión. Marcharía a Bizkaia a encontrar a su marido vivo o muerto y vivo o muerto volvería a la casina donde se habían establecido tiempo atrás en Colunga, una casina pequeña pero con todo lo necesario que aún hoy sigue en pie, al lado de la iglesia. Marcharía con los nenos porque la Rosario no se fiaba ni de Dios ni de su madre, que la vida ya había dado muchos palos y ya estaba bien, y se traería al Ángel aunque se le fuera la vida en ello, porque una llastrina no llora toda una noche sin consecuencia.

Así que la Rosario vendió todo lo que podía vender y se compró tres billetes de tren a Bilbao, cargó a los nenos con sendas bolsinas con una muda, queso y pan para el camino, y allá que se fueron, los nenos viviendo la aventura de su vida y viendo paisajes que nunca habían visto antes y la Rosario con el gesto serio pero decidido, sin miedo, porque ella nunca tuvo miedo: dicen que el miedo sólo lo tienen las personas que tienen algo que perder.

¿Qué decir? Podría contar una historia de héroes y malvados, una historia melodramática de la Rosario amenazando al general de turno y los nenos abrazándose rogando por la vida del padre, pero es que entonces faltaría a la verdad. La verdad es que, a mitad de camino, cuando el tren rumbo a Bilbao echaba a andar después de una parada, se cruzó desde la otra vía otro tren que hacía el recorrido inverso, y la Rosario no pudo creer lo que veían sus ojos: en el otro vagón iba Ángel, que volvía a casa. Quién sabe cómo se había librado de no volver, como la mayoría de los paisanos que marcharon con él. Es dudoso que por segunda vez se hubieran apiadado de él por su cantarín de ay la Rosario ay, ay los nenos, los nenos, pero tampoco imposible. El caso es que ésa fue la segunda y penúltima vez que se separaron, y si la tercera fue la última fue porque a la muerte no hay quien la convenza de retorno alguno.

Murió mayor pero joven, la Rosario, porque no tendría ni setenta años, murió en la cama llena de dolor pero sin llorar, que una llastrina de verdad no llora sin razón ni consecuencia, pero Ángel si lloró; lloró por sobrevivirla tantos años -casi veinte- y porque la vida sin la Rosario era menos vida; porque la Rosario sabía hacer que la vida se llenara de sentido. ¿Qué otra le hubiera quedado, si no? Las personas que sufren una vida dura sólo tienen dos salidas: aprender a llenar de sentido los años que les quedan en este mundo para apaciguar la crueldad que ya les viene establecida en ellos, o morirse. A la Rosario le había costado tanto vivir que no contemplaba ni loca la segunda opción. ¡Qué ironía, Rosario, pero qué ironía!

PD. La Rosario, que fue mi bisabuela, se casó con Ángel, el nieto del hojalatero.

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El rapazón llevaba medio año ya que no levantaba cabeza. Era comprensible: toda la vida, toda, casi dos décadas, esperando a salir del pueblo, y ahora nada. Manda narices que te estalle la revolución justo cuando te toca a tí salir, dejar las vacas y conocer mundo. Se le saltaban las lágrimas cuando aquel periodista de la capital se le acercó para preguntarle qué opinaba de eso de que Cabrales fuera un pueblo sin ley:

Se cansa uno de cuidar ganado. ¡Con la de planes que tenía ya hechos! Mi tío había escrito cartas de recomendación para ver si me llevaban a una población grande. Yo quería a Madrid, pero dicen que es muy difícil. Pero… si no fue este año, será el que viene. Si yo fuera gobernador, ya había abierto el Ayuntamiento. ¡Con la gana que tengo de gritar: “¡Ixuxú, los quintos!

Hay que entenderlo. El rapazón no entendía ni de justicia ni de caciques ni de democracia: sólo quería salir de allí como fuera. Pero el problema no era tan fácil. Los quintos no habían venido aquel año y, tal y como estaban las cosas, iban a tardar en venir. Sencillamente, Cabrales no tenía ayuntamiento, ni nadie dispuesto a volver a crearlo, ni gente dispuesta a volver a apoyarlo. Ocurrió en el año 1932.

España estrenaba República y Cabrales ayuntamiento: el alcalde, Pedro Trespalacios, era un campesino venido a más –tiene todo el tipo de un buen aldeano burgués. Limpia camisa dominguera, almadreñas recias, boina toldo y un puro prendido en el extremo del guión amplio de la boca– , republicano, que había sido elegido con mayoría absoluta en el 31, junto a su equipo de gobierno, formado por once personas más. Los votos le daban mayoría, pero no así el contento del pueblo. En apenas unos meses surgieron los problemas: enfrentados desde tiempos inmemoriales, los vecinos de Arenas de Cabrales aseguraban que Trespalacios beneficiaba a Carreña de Cabrales, la aldea rival. La gota que colmó el vaso ocurrió en octubre de 1932, cuando el ayuntamiento decidió suspender al médico local y nombrar a otro en sesión ordinaria. Los vecinos se reunieron en Carreña, donde se situaba el Ayuntamiento, con la intención de boicotear la sesión. A partir de entonces, las versiones son contradictorias: los vecinos aseguraron haber expulsado a los concejales. Los concejales dijeron que no, que habían quedado dentro, que tenían control del Ayuntamiento. El periodista madrileño afirmó que hubo un segundo día de boicot organizado por las mujeres del pueblo y que en ése, definitivamente, el equipo de gobierno se marchó para no volver. Un diario, una versión diferente. Resúmase, si se quiere, en que las diferencias entre las aldeas y el Ayuntamiento acabó propiciando que, en octubre de 1931, la casa consistorial quedase vacía, los cabraliegos sin representantes políticos, y el pueblo, en fin, sin ley.

 Las noticias llegaron a oídos del gobernador civil, Alonso Mallol,que presentó una situación casi apocalíptica. En La Prensa del jueves, 27 de octubre de 1932, leemos:

Por la tarde volvió a ocuparse el señor Alonso Mallol de esta cuestión, dándonos cuenta de que en vista de noticias que había reciido, había dispuesto se reclutaran fuerzas en Carreña de Cabrales, en evitación de que se produjeran incidentes mayores, ya que los ánimos parecían exscitarse cada vez más entre los vecinos de Arenas, enemigos por completo de los de Carreña, y entre los cuales persiste hace tiempo la idea de constituirse en entidad local menor.

Una imagen que contrasta, sin duda, con la de enorme apacibilidad que presentó el reportaje gráfico realizado por Pedregal Laria para Estampa en abril de 1933. El pueblo llevaba meses ya sin Ayuntamiento y los revolucionarios afirmaban que nunca habían estado mejor gobernados y más plácidos:

– Estáse bien sin Ayuntamientu. Nada nos dan, pero nada pagamos. (…) Mire, mire la cédula: tien tres años y ¡mi alma que non pago otra más!

– Cuando los echamos de allí no sabíamos que era sólo pa lo del médicu. Esto val más… ¡¡esto ye una mina!!

– Una mina, una mina, Nos dicen una cosa y la hacemos sin saber por qué, sin pensarla. Somos tontos.

La resolución del conflicto nunca acabó de llegar, precisamente, por los esfuerzos de Mallol de recuperar la vida política normal. En junio de 1933, el Gobernador Civil aceptó la dimisión en bloque de todo el equipo de gobierno en pos de la normalización de la convivencia, pero aquello no arregló gran cosa ni siquiera tras las amenazas de Mallol a los cabraliegos:

El gobernador les advirtió que es de todo punto indispensable la reanudación de la vida municipal, enviando, si para ello se hace preciso, varias parejas de la Guardia civil, y les añadió que la actitud levantisca de los vecinos no puede ser motivo de ninguna manera para la interrupción de la administración de un pueblo.

(salió en La Prensa, 8 de junio de 1933) Y no se arregló. Los quintos volvieron y se llevaron, quién sabe a dónde, al rapaz de las vacas, pero los levantiscos siguieron oponiéndose al gobierno. Aún a final de año, informó la prensa local de múltiples incidentes que, ya restablecido el gobierno, siguieron dándose entre Ayuntamiento e insurrectos.

Estaba claro que, al menos para aquellos que querían quedarse en Cabrales, les iba mejor sin leyes ni gobierno. Ocurrió en 1932.

Para más información:

Hemeroteca de Gijón.

“Un pueblo que vive sin Ayuntamiento desde Octubre”, en la revista Estampa del 8 de abril de 1933. En la Hemeroteca Digital de la BNE

El equipo de gobierno de Pedro Trespalacios estaba formado, además, por: Pedro Ardines, Ángel Sánchez, Jesús Corces, Paulino Huerta, Francisco González, Francisco Fernández, Paulino García, Esteban Llera, Fernando Bueno, Cipriano Fernández y Miguel Díaz, todos republicanos. También era republicano era Manuel Niembro de la Concha, secretario municial del Ayuntamiento y, sin duda, la persona contra la que se descargó la mayor parte de la indignación popular: un mitin en el que él participaba fue reventado en noviembre de 1933, con el resultado de ocho detenidos.

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Era 1932 en España. La joven República apenas si cumplía un año y, tras varios años de prohibición de cualquier manifestación pública, el país y el nuevo gobierno (liderado por el Partido Socialista, con 115 escaños, desde 1931) ardían en deseos de hacer una, la más grande y gloriosa que jamás hubiera habido, la más elevada: coincidió, como este año, en domingo, y fue un Primero de Mayo histórico, único y, sobre todo, controlado desde arriba. No era la primera vez que el Día Internacional de los Trabajadores se celebraba en España, por supuesto; se había venido haciendo muchos años antes de la Dictablanda de Primo de Rivera. Pero en 1932 el Primero de Mayo vino impuesto y, por eso, no le cupo más remedio que ser el más seguido que jamás hubiera habido.


Así, el viernes, 29 de abril, la Dirección General de Seguridad mandó sendas circulares por las cuales se prohibirían, en todo el territorio español, todos los espectáculos públicos salvo las corridas de toros. En Madrid llegó a prohibirse el tránsito rodado en su más extrema totalidad, sin disculpa (se prohibe) que los propietarios de vehículos circulen, aunque en éstos transporten a sus familiares, y esta prohibición hizo que también los clubes de fútbol madrileños renunciasen a celebrar partidos, por la escasa afluencia de público que podrían tener. Los carteros no recorrerían las calles recogiendo las mercancías. La radio suspendería sus emisiones. Las lecherías tenían prohibido abrir más tarde de las once de la mañana; de las diez de la mañana en el caso de las panaderías (y el pan, por decreto ley, debería dejar de hacerse estrictamente a las siete de la mañana); tocaría madrugar para abastecerse. También en Madrid, se limitó el número de viajeros en los trenes que llegaban a los lugares donde se celebraría la fiesta (Casa de Campo y La Granja). Las rotativas se detendrían. Se pararía hasta el aliento en pos de protestar contra el régimen capitalista a golpe de corderada, paro y celebración. Sin embargo, curiosamente la principal afectada en sus actividades aquel Primero de Mayo no fue la burguesía.

 Contrarios a los procedimientos que la joven República aplicaba para reprimir los conflictos obreros, desde el Gobierno se señalaba a los comunistas como monárquicos con diferente disfraz, contrarios, irónicamente, a los intereses de la clase obrera. En muchas ciudades se prohibieron totalmente sus mítines y manifestaciones, como en el caso de Córdoba, donde la tensión acabó generando cruentos enfrentamientos entre manifestantes y policía. En otras, como en Oviedo, se autorizaron sus mitines tan sólo dentro de los domicilios sociales, generándose curiosas situaciones: obligados a cancelar su acto en el Campo San Francisco, los comunistas ovetenses efectivamente lo organizaron dentro de su sede de la Plaza San Miguel, pero abriendo de par en par las puertas para que pudiera ser seguido también desde la calle. ¡A fin de cuentas, los ponentes sí se encontraban dentro del domicilio social!

Se paró hasta el aliento, sí, y se acató lo establecido. Pero, de todos modos, España era ya un país casi libre, y el lunes no había por qué callarse. Jamás un Primero de Mayo hizo gastar tanta tinta como aquel de 1932. Protestó El Noroeste del 3 de mayo:

¿Es que acaso lo ocurrido el domingo (…) se diferencia, poco ni mucho, de cuando la Iglesia, dueña y señora del mundo, unida al Estado y con la ayuda del brazo secular, imponía a creyentes, indiferentes y ateos, la observancia de sus festividades, abusivamente? Pues en eso se han derivado aquellas magnas fiestas voluntarias del Primero de Mayo de antes de la Dictadura, en que  las masas obreras nutrían sus imponentes manifestaciones.

Luego se pretenderá negar que la Historia se repite. Los que llaman innovaciones á costumbres más viejas que la Civilización no caen en la cuenta de que convertir en fiesta oficial una solemnidad que tiene su origen en un antecedente particularísimo, es cosa que se acompaña de muchos siglos de antigüedad (…)

¡Qué viejo, qué caracterizado, qué copia servil de lo deshecho esto que ahora se nos hace admitir como novedad! No es esto tras lo cual va la República. La República es liberal y democrática esencialmente; y sería conveniente que antes de forzar el país, en nombre de la República, á costumbres que siempre repudiaron los espíritus redimidos, se meditase profundamente sobre lo que es libertad y democracia, todo lo contrario de hacer cumplir ahora porque sí á los demás algo parecido á lo que los demás nos hacían, porque sí, cumplir ayer a nosotros.

Fue un Primero de Mayo, tal y como hoy, que caía también en domingo, hace casi ochenta años. Llovió mucho desde entonces. Llegó un momento en que comunistas y socialistas olvidaron sus diferencias para luchar contra un agresor bajo palio que después lo prohibió todo. Cuarenta años de infamia sin manifestaciones públicas, ni opiniones libres en los periódicos. Volvió la aparente libertad, volvió el Primero de Mayo. Hoy es fiesta nacional, sí, pero siguen siéndolo también las fiestas religiosas. Pasan los autobuses. Ya no hay mítines en las plazas. Los periódicos no suelen entrar ya en discusiones tan banales como la de cómo celebrar una fiesta. Nunca más volvió a pararse el aliento del país. Tampoco hay gran cosa que prohibir. La burguesía sigue sin ser la principal afectada de las manifestaciones de hoy. ¿Qué generan éstas, de cualquier modo? ¿Qué clase de idea se intenta transmitir en ellas? ¿Tienen la menor idea? ¿Por qué para algunos 29 de septiembre no y 1 de mayo sí?

Dicen por ahí que la ideología está pasada de moda. Hoy es el Primero de Mayo de 2011. Felicidades.

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Todos los años sufridos en Cuba bien valían un poco de Art Nouveau, aunque en el pueblo nadie lo entendiera.

Porque habían sido más de dos décadas al otro lado del charco, desde que llegó a La Habana de guaje, a comerse los mocos y trabajar como un perro para el patrón, sudando cada día un poco más y ahorrando las monedas sueltas que quedaban de mandarle la soldada casi íntegra a Padre y Madre en Asturias. Dos décadas duras en las que Valeriano se había hecho a sí mismo y, a fuerza de trabajo y esfuerzo, por fin había hecho fortuna, convirtiéndose en patrón y enlace de los asturianos que llegaban a la isla. Veinte años perfeccionando los conocimientos sobre perfumes, esencias, aceites, colonias, fórmulas químicas, compuestos, paquetería, cartones, envases, etiquetas, sobre todo y cualquier cosa que girase en torno a la industria de la cosmética y el cuidado personal, que quién se lo iba a decir a él, un rapaz de San Martín de Borines que se había criado entre xatos pa carne y vaques lecheres.

Veinte años, cagon san Dios, y ahora que por fin estaba pa retirar, resulta que a la gente se le hacía extraño que a él se le pusiera en el santo moño decorar la casa con azulejos Art Nouveau y pintura amarilla.

Allá en Cuba lo había dejado todo bien atado y sólo quería descansar en el sitio donde había nacido y donde se había enamorado -cuántas cartas cruzaron el océano de Arriondas a Habana y de Habana a Arriondas hasta que don Bruno accedió, por fin, a enviarle a Herminia para casarse y formar familia como Dios manda-. Descansando, por supuesto, pero también demostrando que aquellos veinte años en Cuba le habían hecho ganar de sobra el descanso. Por eso la casa y por eso el Art Nouveau y por eso la pintura amarilla y las tres plantas de pisos, y por eso el sitio privilegiado. Que todos vieran el esfuerzo de veinte años, que lo vieran todos: al lado de la carretera y del práo de la fiesta, de camino a la Iglesia y al cementerio, allí mismo, majestuosa, orgullosa, se eregiría Villa Herminia, la mejor casa que Borines habría visto jamás. Más grande incluso que la compacta vivienda de los Ballesteros, los del balneario; más moderna que la monumental casa en la Infiesta de don Agustín Fernández, el cuñado de Collado. Así sería Villa Herminia. Inolvidable. Eterna.

Valeriano y Herminia volvieron a Borines en el verano de 1922 y allí estaba la casa, nueva, radiante. Allí estaban ellos, allá la casa, y por delante toda la vida. Aunque los del pueblo habían visto al principio como ostentoso y exagerado el intenso amarillo de las paredes, y lo barroco de las verjas de entrada, y las muchachas flapper y los veleritos de los azulejos Art Nouveau, Villa Hermina pronto se abrió a ellos en cada fiesta, en cada celebración. Tres veranos de felicidad. Tres fiestas de San Roque y Nuestra Señora. Una chocolatada al mes para todos los guajes del pueblo. Lujo. Paz. Eso era la orgullosa Villa Herminia hasta que en sus paredes amarillas, demasiado amarillas quizás para un pueblín de montaña en los años 20, salió la primera grieta.

Villa Herminia (Borines)Herminia, la fía de Bruno, la señora de Fernández, se puso enferma casi al mismo tiempo que la casa, que por algo compartían nombre. De ser elegante anfitriona pasó a ser enferma moribunda en apenas un par de meses, y murió inmediatamente, casi de improviso, sin un hijo que la llorara, víctima de una extraña enfermedad que la había carcomido por completo en menos de un año. Cuando volvió de enterrarla, al calor de la majestuosa chimenea de la casa, Valeriano se dio cuenta de que todo se había acabado y comenzó a dejarse morir. Lo hizo pocos meses después, en la misma casa que representaba toda su vida y, ahora, también su muerte. Villa Herminia se quedó sola, cerrada a cal y canto, pero igual de orgullosa que siempre. Por más que la tierra sobre la que se asentaba se empeñase en tirarla abajo, por más que se agrietase cada año, por más que las columnas se le doblaran peligrosamente, Villa Herminia jamás se cayó. Portentoso fenómeno de la física, inexplicable suceso: cada año, cada agosto desde que se quedó sola allá a finales de los locos 20, todas las generaciones que fueron transcurriendo sobre el práo de la fiesta juraban que la casa no pasaría del invierno. Que se la llevaría por delante cualquier mínima ráfaga de viento, o una mala tormenta, o la helada, o las lluvias, o simplemente el tiempo. De Navidá nun pasa. Y todos se equivocaron, año tras año.

A Villa Herminia no se la llevó ni el tiempo ni las condiciones meteorológicas, ni nada. Se la tuvieron que llevar, porque ochenta años de De Navidá nun pasa son muchos años de peligro. No pasó, efectivamente, de la navidad de 2010, cuando la demolieron. Contaba Villa Herminia con casi 90 años de historia y sus paredes, aunque agrietadas, seguían siendo del mismo amarillo intenso que Valeriano había elegido desde La Habana.

El Art Nouveau, los azulejos de la entrada, es lo único que sigue en pie. No se equivocaba Valeriano: todos los años sufridos en Cuba bien lo valían.

Fuente: fotos originales, recortes de prensa y demás en Borines

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Elena nació sin nombre, y ni siquiera cuando lo tuvo era suyo del todo. Era lo que tenía haber nacido esclava, hija de un padre ausente y una madre tan negra como el carbón, original de alguna tierra muy lejana. La cría no tuvo cómo ser llamada hasta los 10 años, allá por 1570, cuando la ama doña Elena murió y ella le heredó el nombre y las clases de costura, porque el amo así lo quiso. Esa fue la razón también de casarse casi niña con Cristóbal, un albañil de poca monta al que le sacaba lo menos dos cabezas y que la preñó de un bebé que ella no quería. Cuando murió mamá, la negra, a Elena ya nada la ataba a Alhama, el pueblo donde el amo la había establecido. Ni siquiera la esclavitud, porque tras casarse el amo le había concedido la libertad. Y como un pájaro al que le abren la puerta de la jaula, la mulata voló, dispuesta a llevar vida errante, de aventurera, de rufiana y de buscavidas.

Así comenzó la mulata Elena a vagar por toda Andalucía, ora criada, ora costurera, ora sastra, ora pastor. Pastor en masculino, porque a raíz de una problemática pelea en Jerez que le costó una breve estancia en la cárcel huyó disfrazada de hombre. Elena llegaría a alistarse (y a ser admitida) en el ejército como soldado, para luchar contra los moros y aprender de paso el oficio de curandera. O curandero, más bien, que así fue como la conoció en sus requiebros una madrileña a la que prometió matrimonio y que hizo caso omiso a los malévolos rumores que corrían por todo Madrid acerca de su mulato. Decían que si era barbilampiño, poco macho y carente del sexo masculino; que si era una virago, una mujer endemoniada y que renegaba de su femineidad. Entonces comenzaron las denuncias.

Pero Elena consiguió engañarles a todos. Ella afirmaba haber nacido hermafrodita, haber descubierto su genital masculino ya adulta, después de parir el bebé al que hacía años había abandonado… pero los médicos que la examinaron no la creyeron. Decía que había venido a perder su virginidad masculina en Sanlúcar con una joven de abundantes pechos que cedió a su poder de seducción cuando su marido se encontraba ausente, dejándola plenamente satisfecha; y que había repetido decenas de veces más con muchas mujeres que jamás dudaron de su virilidad. Años atrás había contraído matrimonio con la toledana María, a la que abandonó por la voluptuosa viuda madrileña que antes nos ocupó. Así, los tribunales se encontraban ante una mulata a la que no sólo acusar de inversión sexual y ocultamiento de su género sino también ante una bígama (o bígamo).

El proceso inquisitorial al que fue sometida Elena en el año 1587 movilizó a todo Madrid y la opinión médica se volcó en el caso. Finalmente, los médicos encargados de examinarla concluyeron que la mulata jamás había sido hermafrodita, pero sí que -agárrense- se había operado a sí misma los genitales para coserse los femeninos e, incluso, implantarse un instrumento que simulaba un pene masculino siempre erecto. Elena, ahora para siempre humillada con el sobrenombre de Eleno, fue condenada a cien azotes públicos y a trabajos forzosos durante diez años. Nadie sabe qué fue de ella después de aquel proceso.

Sólo se recuperó la memoria de la mulata Elena medio milenio después, cuando los investigadores revisaron su historia y algunos, incluso, llegaron a darle la razón (por ejemplo el médico Emilio Maganto, que analizando los archivos del proceso llegó a la conclusión de que Elena sí era hermafrodita)

Esclava de Nadie (2010), de Agustín Sánchez Vidal, narra la historia de Elena de Céspedes desde un punto de vista literario.

También se cuenta su historia, desde un punto de vista desde luego no tan moderno, en un artículo de este número de Nuestro Tiempo (1904).

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Los periódicos dijeron muchas mentiras, muchas y muy dolorosas. Dijeron, por ejemplo, que aquel caluroso verano de 1901, Elisa, maledicentemente renombrada O Civil por parte de una cohorte de vecinos envidiosos, había logrado sus antinaturales deseos amenazando a la bella Marcela con degollarla; dijeron, por ejemplo, que la bella Marcela había intentado darle paga mensual a Elisa con tal de quitársela de en medio. Mentían los periódicos. Y callaban muchas cosas que, además, de haber sido narradas, hubieran sido mucho más hermosas.

Callaban, por ejemplo, el vuelco al corazón que le había dado a Marcela fijarse en los gruesos labios de Elisa; o las hormigas por el estómago de Elisa al reparar en los grandes ojos negros de Marcela. Todo eso, que aunque parezca poco es, realmente, lo que importa en cualquier historia de amor, había pasado muchísimos años antes. Concretamente en 1885, en la Escuela Normal de La Coruña, donde ambas jóvenes se habían conocido e iniciado una amistad tan estrecha que los padres de ambas, por un lado todo un señor capitán de infantería, Manuel Gracia (el de Marcela) y, por otro, María Luisa Landera, la madre viuda de Elisa, se echaron las manos a la cabeza. Citando al Caras y Caretas del 27 de julio de 1901,

No podían vivir la una sin la otra; veíaselas juntas en todas partes y tan estrecha unión llegó a inspirar serios temores a los padres de ambas, que decidieron separarlas.

Pero nada parecía poder con la insistencia de las dos muchachas que, tras completar ambas estudios de maestras, consiguieron independizarse y marchar juntas a varios pueblecitos gallegos, para disgusto y pérdida absoluta de contacto con las familias. Estás endemoniada, Elisa; rezaré por tí, había sentenciado una llorosa María Luisa antes de cerrar la puerta de bruces ante la cara de su hija que, ya por aquel tiempo, quizás por propio gusto, quizás para evitar maledicencias, había comenzado a vestir de pantalón y camisa, a lucir corte de pelo de muchacho y dejar el carmín y todos los demás afeites de adolescencia en la mesilla de noche de Marcela.

Podemos imaginarnos la estupefacción del pueblo de Dumbría a la llegada de la extraña pareja, una tarde, recién empezado el siglo XX, cambalache, pero probablemente no podamos llegar a hacer lo mismo con lo que sintieron ambas mujeres por el rechazo insultante e inmediato del pueblo. Elisa ya se hacía llamar Mario y, efectivamente, haciéndose pasar por un inglés protestante (puesto que el padre biológico de Elisa, un tal John Dodds que impartía clases de inglés, había seducido a su madre en la Galicia de la segunda mitad de siglo y contribuido en la educación de la niña activamente) que quería renunciar a su fe de nacimiento para adoptar la católica había conseguido cambiar no sólo de religión, sino también de género ante los ojos de Dios. Sin embargo, la gente seguía apartándose de ellas por la calle, imponiendo motes al masculino (a veces incluso hasta agresivo) de Elisa y viendo a Marcela como una invertida de la peor calaña.

Elisa (ahora Mario) y Marcela tuvieron, sin embargo, la suerte de haber podido engatusar al párroco del pueblo, que no puso impedimento a unirlas en matrimonio. Incapaz de poder ver como reales las habladurías del pueblo (¿dos mujeres que se amaban más allá de la amistad? ¡jamás se daría ese caso en la viña del Señor!), accedió a celebrar la boda. Fue el 8 de junio de 1901, sábado, a primera hora de la mañana. Ellas, pecadoras también del delito de la ingenuidad, pensaron que todo se había acabado. Que iban a poder vivir felices para siempre, sin habladurías ni desprecios.

Y obviamente no fue así, claro. Los vecinos, mientras ellas se encontraban en pleno viaje de novios (novias) en Oporto, transmitieron la noticia a la prensa, que tardó tanto como ellas tardaron en volver del viaje en decidirse a publicar tan polémica nota en sus páginas. Y se dijeron mentiras que dolían. Y se aseguraron aparentes verdades absolutas, dogmas incongruentes que quizás dolieran aún más que las mentiras. En La Voz del 24 de junio de 1901,

Para terminar, creemos que tanto Mario-Elisa como Marcela son dos enfermas, cuya neuropatía no castigan los códigos, pero que tienen un departamento a ocupar en el Manicomio de Conjo, en donde quizás no logren ser curadas, pero si estudiadas por el sabio Sánchez Freire, y por lo menos allí recluidas evitaremos que se propague su enfermedad, que suele ser contagiosa por el ejemplo, y que por fortuna en nuestras provincias gallegas no sólo no abunda, sino que es rarísima.

Por amar a quien no debía amar, Marcela fue expedientada e impedida para la enseñanza, el oficio que le había dado de comer todos aquellos años, en España. Por amar a quien no debía amar, Elisa (Mario) fue asaltada una noche, cuando ya su historia daba que hablar a todo el país, en su propia casa, por los muchachos del pueblo que, heridos en su masculinidad al saberla viviendo en Dumbría, quisieron lincharla. A la desesperada, Elisa intentó demostrar, al menos, un hermafroditismo que probablemente no era real pero que le hubiera dado un razonamiento científico al pecado que se le atribuía y, por tanto, lo habría amainado, cuanto menos, un poco. Fue inútil.

Por amar a quien no debían, Marcela y Elisa (Mario) tuvieron que huir, si bien aquello tampoco arregló demasiado las cosas. Marcharon primero a Oporto, donde fueron arrestadas y su extradición a España exigida a las autoridades lusas. Se hizo preciso huir de nuevo, esta vez a Buenos Aires, con el dinero que les proporcionó la única exclusiva que vendieron en su vida (y probablemente una de las primeras de la historia del periodismo gráfico): un retrato en el que aparecían juntas, como el matrimonio que eran. Conocedores los argentinos del caso por medio de las revistas, la vida allá no se hizo tampoco fácil y ambas fueron obligadas a separarse. Mientras en España mucha gente se hacía de oro con su historia (se publicaron cientos de artículos, se vendieron miles de revistas, se llegó a editar incluso una novela picante), Elisa y Marcela se vieron obligadas a verse a escondidas y a malcasarse, Elisa en este caso, con un anciano del que poder heredar en el menor tiempo posible.

Nunca supimos si, una vez escampó la tormenta periodística que produjo su historia, años después, Elisa (Mario) y la bella Marcela pudieron volver a vivir juntas como pareja, anónimas y felices como aquel primer día, ya veinte años atrás, en el que se habían enamorado de quien, desde luego, no debían enamorarse. Es lo descarado, pero a la vez hermoso, del amor: que no entiende, ni entenderá jamás, de obligaciones ni éticas ni morales.

Para saber más: Recientemente publicada, Elisa y Marcela: Más allá de los hombres (Narciso de Gabriel, 2010), es la primera obra dedicada a este caso.

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Lo leo en el Avance (periódico que podéis consultar en la Hemeroteca Digital gijonesa) del 11 de enero de 1937 y reza tal que así:

Se nos envía la nota siguiente:

Decidido a continuar con firmeza, sin vacilación alguna, la campaña emprendida contra la inmoralidad y dispuesto a no permitir, en ningún momento, que nuestros militantes, especialmente los camaradas responsables, se aprovechen de sus cargos oficiales, o deaquellos otros que el Partido les confía, para satisfacer sus apetitos personales u otras necesidades reprobables, el Comité local del Partido Comunista ha expulsado de sus filas al camarada José Alvarez, secretario general del Comité Local del S.R.I.

Para que todos los trabajadores y antifascistas sepan los motivos que inducen al Comité Local del Partido Comunista a tomar tal determinación, hacemos una relación del hecho consumado, esperando que todos comprendan la justeza de nuestra actitud.

El camarada José Alvarez, en un viaje realizado a Santander por conducto del Socorro Rojo y sin previo consentimiento de éste, ha llevado consigo una mujer que ningún papel tenía que jugar en dicho viaje. Pero al hecho se agrava al ser cargadas al SRI pesetas 107, importe del viaje de dos días para el camarada citado y el camarada chófer, únicos a quienes el Socorro Rojo tenía que sufragar el viaje. En esta cantidad señalada iban incluidos, aunque sin señalarlo así, los gastos originados por esa compañera y que el Socorro Rojo no tenía por qué satisfacer.

El Partido Comunista velando por la pureza de sus principios, por la moralidad más estricta que debe existir dentro de sus filas como Partido revolucionario y velando igualmente por los intereses de clase trabajadora que es su misión defender en todo momento, ha procedido contra el camarada José Alvarez en la forma expuesta, que entiende lógica y obligada.

Sirva esta sanción, las otras aplicadas anteriormente a diversos camaradas, así como las que saldrán a la luz pública dentro de breves días, de lección provechosa para todos los camaradas del partido y dense por enterados ellos y todos los ciudadanos en general, de la imposibilidad de encontrar en el Partido Comunista la capa necesaria con que cubrir sus inmoralidades, ambiciones personales y el sabotaje al Frente Popular y a los trabajadores.

Por el Comité Local del Partido Comunista.

El Secretario general,

Alfonso Argüelles.

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