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Archive for the ‘Recortes’ Category

A Regina, la de Cá Triel.les, no la callaba ni Cristo que la fundó. Vaya, ese había sido su problema toda la vida, lo sería siempre: ni se paraba quieta, ni se callaba. Bajita, pizpireta, de pelo negro como el carbón y el movimiento de una pulguita a la que nadie puede ver pero todo el mundo siente. Por eso, por esos movimientos rápidos y tan sigilosos de los que era dueña, un día su propio padre, Celestino, el aserrador del Fornel, le arrancó los brazos de cuajo. No hay que pensar mal: Celestino arrancó la sierra mecánica, la gran adquisición de los de Cá Triel.les en aquel año (1907), sin darse cuenta de que la pequeña Regina, segunda de sus ocho hijos, jugaba apoyada en el eje de la sierra.

Todo cuidado fue poco para la manquina, pero no se pudo hacer nada. Ni la ortopedia ni la medicina, en general, ayudaron: Regina se quedaba, en plena infancia, sin brazos, sin futuro alguno, inútil. Tan sólo la caridad, en cierto modo, la ayudó. Fue la caridad del Pachorro, un indiano luarqués que, apiadado por la historia de la cría, subvencionó económicamente a los de Cá Triel.les para  que pudieran meter a Regina en el asilo donde, mal que bien, la enseñaron a escribir con los pies. Pero la niña Regina quería ser maestra, el sueño de toda cría estudiosa de la época, el culmen para una guaja de pueblo (por si no se había dicho antes, Regina vino al mundo en Valtraviesu, L.luarca, en 1898) y, desde luego, algo aparentemente imposible para una inválida. Nadie comprendía aquello. Pudiendo vivir de la caridad, Regina se empeñaba en ser algo más y, cada día, estudiaba y practicaba su caligrafía tanto con los pies como con la boca. Pronto todo el mundo conoció la constancia y el afán de superación de la manquina de Valtravieso.

Regina fue destinada, de la mano del Pachorro, al mundo de las varietés y el espectáculo, porque todo el mundo se pegaba, y pagaba, por ver las extraordinarias capacidades de la moza. Todo empezó en 1915, cuando la manca aún era menor de edad para la época, en Ribadeo. Citaba así el Castropol del 30 de octubre de ese mismo año:

Las funciones que en nuestro teatro se celebraron las noches del sábado y domingo último, estuvieron concurridísimas de público; pues además de las entretenidas películas del cine, constituía un acontecimiento la presentación de la mujer sin brazos, que actuó en dichas funciones. Esta celebrada artista, que se llama Regina García, y tiene 17 años de edad, y es natural del concejo de Luarca, hizo con los pies una variedad de trabajos que el público no dejó un momento de ovacionarla.

Avezado empresario, el indiano la nombró poco después Asturianita con vistas a sacar su espectáculo fuera del Principado, y vaya si lo consiguió: Regina hizo fama en las ferias y salas de fiestas no sólo de España, sino también en Europa, poco después, en América del Sur, en los años 20, y, en los 30, en la del Norte.

Exhibirse era una forma rápida de hacer dinero, mucho dinero. La gente ovacionaba a la Asturianita en cada lugar al que iba, y ella, que jamás aceptó limosnas de tipo alguno, pudo dedicar el dinero en formarse, en conseguir el sueño que nunca había dejado de tener: poder transmitir sus conocimientos a la gente. En medio de todo el periplo se casó y tuvo tres hijos, organizó las ideas que tenía y cambió el mundo en su cabeza mientras montaba a caballo, conducía coches, escribía o tejía… sin brazos.

Regina tardó veinte años en conseguir el dinero que le hacía falta para llevar a cabo sus sueños, y tuvo la desventura de que ese lapso de tiempo se cumplió, precisamente, entre 1935 y 1936. Malos tiempos en los que decidió dejar de actuar y volver a L.luarca para fundar Selección, una asociación benéfica por la cual se becaba a niños sin recursos procedentes de la aldea para que pudieran recibir educación. En España no estaba el horno para bollos, y en el caso de Regina, que ya desde joven había mostrado ideas ahora consideradas peligrosas (como cuando compuso un soneto sarcástico a aquel cura de pueblo que pretendió dejar sin enterrar a un guaje muerto al año de venir al mundo porque la familia carecía de recursos económicos… por ejemplo), muchos de los que antes la habían admirado ahora pusieron el grito en el cielo. Selección fue acusada de ser una asociación sin Dios, que promovía una educación demasiado laica.

Curiosamente, la Asturianita fue encarcelada poco después por parte de la izquierda, tras haber rechazado realizar servicios de espionaje en Francia, o eso alegaron. Se pasó los años de la guerra clamando por la libertad y, al llegar al poder los fascistas, la ensalzaron por ese único motivo. Curioso, porque años atrás, muy pocos días antes de ser retenida, de ella misma se había publicado en el Región que

La policía ha detenido ayer a dos mujeres de Luarca, marxistas hasta la médula. Estas prójimas eran discípulas aventajadísimas de la apodada La Asturianita, a quien le faltan ambos brazos, pero escribe con los pies manifiestos y proclamas de propaganda marxista. Es además una gran defensora de las ideas que proclaman los masones.

De Regina querían hacer, todos, y fuera como fuera, una heroína; vender su espectáculo de nuevo, pero esta vez politizado. Y ella, que ni siquiera le había gustado nunca actuar, se negó, y se horrorizó cuando vio que todos asumían que era favorable al nuevo régimen. Se rebeló y se declaró abiertamente izquierdista, pero, a fin de cuentas, era una pobre mujer inútil y, quizás, un poquito loca. El principio del fin llegó no por eso, sino por algo bastante más absurdo: en un cine, al acabar la proyección, Regina, como era esperable, no levantó el brazo para hacer el saludo franquista. A pesar de lo obvio del razonamiento para no levantarlo, esto llevó a que las autoridades franquistas investigasen el pasado de la manquina de Valtravieso y encontrasen cosas que no les gustaban. Era 1939. La guerra acababa de terminar y Regina hubo de volver a la prisión madrileña de las Ventas, esta vez por ser una peligrosa roja, persona de actividades izquierdistas y muy propagandista del comunismo, peligrosa para la causa ya que por su cultura se desenvuelve con mayor facilidad, huyó a campo enemigo no habiendo cometido desmanes por hallarse inútil de los brazos.

El proceso se prolongaría tres años, tres años que consiguieron lo que ni siquiera aquella sierra del Fornel había conseguido: volver exhausta a Regina, quitarle las ganas de seguir luchando. Incluso en la sentencia la trataron con paternalismo: acusada de culpas por las que muchos eran fusilados o condenados a perpetua, a ella, la pobre manca, la absolvieron, pero declarándola loca y recluyéndola a un psiquiátrico, por si acaso. De nada sirvieron los gritos de los hijos, los últimos de Cá Triel.les. La Asturianita murió abrasada por el tifus y la desidia en mayo de 1942, sin haber llegado a cumplir siquiera los 45 años.

Los periódicos no hablaron de su muerte.

No vendía.

Se puede leer más sobre Regina García en el artículo, publicado hace años, de María Teresa Bertelloni y en LNE; además, fue editado hace un tiempo Regina, el coraje de una mujer (Luis González, 2008) y Regina García López, la Asturianita (María Teresa Bertelloni, 2006)

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Ramón, el de Paulo, tenía toda la vida por delante, toda la vida. Había dejado Santa Cruz de Llanera, la aldea asturiana donde había venido a nacer, para cruzar el charco hacia Cuba, siendo apenas un guaje, al poco de nacer el siglo XX. La isla daba dinero o no daba nada, eso estaba claro. Ramón había ido allí con la esperanza de hacer fortuna, pero a él le tocó la segunda opción. Cuando aún no había siquiera prosperado, una tarde aciaga en Sagua la Grande, escupió por primera vez una flema con sangre. Ramón, el de Paulo, estaba tísico, y eso, hacia 1913, suponía una más que probable y pronta muerte. Es obvio que un muchacho de ventipocos años quiera vivir. Los médicos le recomendaron permanecer en la isla, cuyo clima cálido sin duda le beneficiaría, dijeron. Pero no funcionó. Y, desesperado, con el billete de vuelta a casa en el bolsillo (imposible permanecer en un empleo cuando en cada estornudo repartes un boleto hacia la muerte), visitó a un santero negro que se hacía llamar Francisco, que le aseguró la curación total si lograba tener el arrojo de beber la sangre caliente de un niño, en el preciso momento en el que ésta saliera del cuerpo del mismo. Fue con esas con las que Ramón, el de Paulo, se fue de vuelta a Asturias.

Manolín Torres Rodríguez tenía toda la vida por delante. Toda la vida. Apenas si le había dado tiempo a conocer, en ocho años que llevaba en este mundo, la villa de Avilés, donde había nacido hijo un mantequero de La Suiza Avilesina, José, y de una sufrida ama de casa, Benigna. Sano como un roble. Con las mejillas encarnadas. Lleno de vida: lleno de todo lo que le faltaba a Ramón, el de Paulo.

Fue el miércoles 18 de abril de 1917. Manolín, el suprascrito, Ángel y Agustín, los tres compañeros, los tres amigos inseparables, jugaban a media tarde en la plaza de la iglesia de la Magdalena cuando conocieron a Ramón, el de Paulo.

Nenos. ¿Queréis ganar un real?

Silencio. Mamá decía que no se podía hablar con los desconocidos.

Taba buscando la mantequera. Dóivos un real si me lleváis.

Silencio. Y, entonces, la Adela, una joven que vivía cerca y a la que los muchachos conocían, que saluda a Ramón a lo lejos. De alguna fiesta de práo lo conocería, y lo miraría de reojo a lo lejos, puesto que todo el mundo sabía que Ramón, el de Paulo, estaba tísico y era peligroso acercarse a él.

¿Qué? ¿Nun váis querer un real, coño?

Si el desconocido saludaba a la Adela, entonces es que no podía ser malo. Fin del silencio. Manolín que se lanza.

Mio pá trabaya na mantequera.

¿Entós? ¿Vás llevame?

Y Manolín, de pocas palabras, que asiente con la cabeza y echa andar en dirección a la Ceba, con Ramón, el de Paulo, detrás. No era cuestión de desperdiciar un real y, de cualquier modo, no sería por veces que había ido andando hasta la Suiza. Pacita Ovies, una vieja conocida de la familia, se lo cruzó aún mientras salía de la Magdalena.

Manolín. ¿Qué andes faciendo?

Voi llevar al señor a la mantequera, Pacita.

Y Ramón, el de Paulo, y Manolín se perdieron de la vista de todo el mundo.

***


Aquella tarde, Manolín no estaba en casa a las 8, cuando el mantequero José volvió de la jornada. De nada sirvió que Benigna lo llamara a voces por todo el barrio, ni que José preguntara a todos los compañeros e hijos de compañeros. Del pequeño no había rastro y, a medianoche, los desesperados padres no tuvieron otro remedio que acudir a denunciar su desaparición. Iba a ser la noche más larga que hubiera vivido o que fuera a vivir jamás el desventurado matrimonio.

El cadáver de Manolín lo encontró su propio padre, horas después del amanecer, en la Trabuya, ya sin rubor en las mejillas y rodeado de un charco de sangre. Lo enterraron el 20 de abril, un viernes, después de que los médicos afirmasen, sin lugar a dudas, que alguien había extraido varios litros de sangre del desgraciado muchacho.

A Ramón, el de Paulo, no tardaron en inculparlo. Demasiada gente lo había visto: Pacita, Adela, y también María, una curiosa vecina de la Grandiella que se extrañó de la ausencia del niño cuando, sobre las siete y media de la tarde de aquel aciago día, había visto bajar a Ramón hacia la villa sin compañía, apenas una hora después de que lo hubiera visto, camino a la mantequera, con Manolín.

El pueblo se conmocionó, y no tardó en descubrirse que, poco tiempo atrás, otro niño había huido de las malas artes de Ramón por miedoso, por no atreverse a acercarse al pañuelo que éste le ofrecía a oler. José, el Carolo, había puesto pies en polvorosa ante el ofrecimiento, salvando con ello su vida, ya que el trozo de tela estaba impregnado de cloroformo. La misma sustancia de la que Ramón se había provisto aquel 18 de abril por la mañana, y que, presumiblemente, Manolín sí accedió a inhalar. Le había rajado el cuello, confesó días después, y bebido su sangre caliente tal y como le había aconsejado el santero cubano, y, tras dejar el cuerpo inerte allí, en medio del monte, se había limpiado cuidadosamente y pasado la noche en una posada en Llano Ponte. Tranquilo. Lleno, o al menos eso creía él, de vida, por fin.

Ocurrió en abril de 1917. El mismo mes en el que todos los padres de los niños cuyo rastro se había perdido en los últimos tres años por la zona -fueron varios- dejaron, para siempre, de buscarlos.

Más información en La Nueva España, GAIPO, Hemeroteca de Gijón.

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Los periódicos dijeron muchas mentiras, muchas y muy dolorosas. Dijeron, por ejemplo, que aquel caluroso verano de 1901, Elisa, maledicentemente renombrada O Civil por parte de una cohorte de vecinos envidiosos, había logrado sus antinaturales deseos amenazando a la bella Marcela con degollarla; dijeron, por ejemplo, que la bella Marcela había intentado darle paga mensual a Elisa con tal de quitársela de en medio. Mentían los periódicos. Y callaban muchas cosas que, además, de haber sido narradas, hubieran sido mucho más hermosas.

Callaban, por ejemplo, el vuelco al corazón que le había dado a Marcela fijarse en los gruesos labios de Elisa; o las hormigas por el estómago de Elisa al reparar en los grandes ojos negros de Marcela. Todo eso, que aunque parezca poco es, realmente, lo que importa en cualquier historia de amor, había pasado muchísimos años antes. Concretamente en 1885, en la Escuela Normal de La Coruña, donde ambas jóvenes se habían conocido e iniciado una amistad tan estrecha que los padres de ambas, por un lado todo un señor capitán de infantería, Manuel Gracia (el de Marcela) y, por otro, María Luisa Landera, la madre viuda de Elisa, se echaron las manos a la cabeza. Citando al Caras y Caretas del 27 de julio de 1901,

No podían vivir la una sin la otra; veíaselas juntas en todas partes y tan estrecha unión llegó a inspirar serios temores a los padres de ambas, que decidieron separarlas.

Pero nada parecía poder con la insistencia de las dos muchachas que, tras completar ambas estudios de maestras, consiguieron independizarse y marchar juntas a varios pueblecitos gallegos, para disgusto y pérdida absoluta de contacto con las familias. Estás endemoniada, Elisa; rezaré por tí, había sentenciado una llorosa María Luisa antes de cerrar la puerta de bruces ante la cara de su hija que, ya por aquel tiempo, quizás por propio gusto, quizás para evitar maledicencias, había comenzado a vestir de pantalón y camisa, a lucir corte de pelo de muchacho y dejar el carmín y todos los demás afeites de adolescencia en la mesilla de noche de Marcela.

Podemos imaginarnos la estupefacción del pueblo de Dumbría a la llegada de la extraña pareja, una tarde, recién empezado el siglo XX, cambalache, pero probablemente no podamos llegar a hacer lo mismo con lo que sintieron ambas mujeres por el rechazo insultante e inmediato del pueblo. Elisa ya se hacía llamar Mario y, efectivamente, haciéndose pasar por un inglés protestante (puesto que el padre biológico de Elisa, un tal John Dodds que impartía clases de inglés, había seducido a su madre en la Galicia de la segunda mitad de siglo y contribuido en la educación de la niña activamente) que quería renunciar a su fe de nacimiento para adoptar la católica había conseguido cambiar no sólo de religión, sino también de género ante los ojos de Dios. Sin embargo, la gente seguía apartándose de ellas por la calle, imponiendo motes al masculino (a veces incluso hasta agresivo) de Elisa y viendo a Marcela como una invertida de la peor calaña.

Elisa (ahora Mario) y Marcela tuvieron, sin embargo, la suerte de haber podido engatusar al párroco del pueblo, que no puso impedimento a unirlas en matrimonio. Incapaz de poder ver como reales las habladurías del pueblo (¿dos mujeres que se amaban más allá de la amistad? ¡jamás se daría ese caso en la viña del Señor!), accedió a celebrar la boda. Fue el 8 de junio de 1901, sábado, a primera hora de la mañana. Ellas, pecadoras también del delito de la ingenuidad, pensaron que todo se había acabado. Que iban a poder vivir felices para siempre, sin habladurías ni desprecios.

Y obviamente no fue así, claro. Los vecinos, mientras ellas se encontraban en pleno viaje de novios (novias) en Oporto, transmitieron la noticia a la prensa, que tardó tanto como ellas tardaron en volver del viaje en decidirse a publicar tan polémica nota en sus páginas. Y se dijeron mentiras que dolían. Y se aseguraron aparentes verdades absolutas, dogmas incongruentes que quizás dolieran aún más que las mentiras. En La Voz del 24 de junio de 1901,

Para terminar, creemos que tanto Mario-Elisa como Marcela son dos enfermas, cuya neuropatía no castigan los códigos, pero que tienen un departamento a ocupar en el Manicomio de Conjo, en donde quizás no logren ser curadas, pero si estudiadas por el sabio Sánchez Freire, y por lo menos allí recluidas evitaremos que se propague su enfermedad, que suele ser contagiosa por el ejemplo, y que por fortuna en nuestras provincias gallegas no sólo no abunda, sino que es rarísima.

Por amar a quien no debía amar, Marcela fue expedientada e impedida para la enseñanza, el oficio que le había dado de comer todos aquellos años, en España. Por amar a quien no debía amar, Elisa (Mario) fue asaltada una noche, cuando ya su historia daba que hablar a todo el país, en su propia casa, por los muchachos del pueblo que, heridos en su masculinidad al saberla viviendo en Dumbría, quisieron lincharla. A la desesperada, Elisa intentó demostrar, al menos, un hermafroditismo que probablemente no era real pero que le hubiera dado un razonamiento científico al pecado que se le atribuía y, por tanto, lo habría amainado, cuanto menos, un poco. Fue inútil.

Por amar a quien no debían, Marcela y Elisa (Mario) tuvieron que huir, si bien aquello tampoco arregló demasiado las cosas. Marcharon primero a Oporto, donde fueron arrestadas y su extradición a España exigida a las autoridades lusas. Se hizo preciso huir de nuevo, esta vez a Buenos Aires, con el dinero que les proporcionó la única exclusiva que vendieron en su vida (y probablemente una de las primeras de la historia del periodismo gráfico): un retrato en el que aparecían juntas, como el matrimonio que eran. Conocedores los argentinos del caso por medio de las revistas, la vida allá no se hizo tampoco fácil y ambas fueron obligadas a separarse. Mientras en España mucha gente se hacía de oro con su historia (se publicaron cientos de artículos, se vendieron miles de revistas, se llegó a editar incluso una novela picante), Elisa y Marcela se vieron obligadas a verse a escondidas y a malcasarse, Elisa en este caso, con un anciano del que poder heredar en el menor tiempo posible.

Nunca supimos si, una vez escampó la tormenta periodística que produjo su historia, años después, Elisa (Mario) y la bella Marcela pudieron volver a vivir juntas como pareja, anónimas y felices como aquel primer día, ya veinte años atrás, en el que se habían enamorado de quien, desde luego, no debían enamorarse. Es lo descarado, pero a la vez hermoso, del amor: que no entiende, ni entenderá jamás, de obligaciones ni éticas ni morales.

Para saber más: Recientemente publicada, Elisa y Marcela: Más allá de los hombres (Narciso de Gabriel, 2010), es la primera obra dedicada a este caso.

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Joven 24 años. Ofrécese para delineante ó escribiente. Modestas pretensiones. Escribid: Tudescos 15-17, tercero izquierda. José Echaurren.

¿No les ha ocurrido nunca que, leyendo viejos periódicos, se paran en esos pequeños fragmentos de misterio cotidiano que son los anuncios por palabras y tratan de recuperar historias de vida tan sólo en base de ese conciso par de líneas, de identificar lugares, de situar fantasmas en el tiempo y espacio concretos que marca, desde luego originalmente con otras intenciones, el anuncio? Es, sin duda, una de las curiosidades más emocionantes a las que una se enfrenta cuando revisa las hemerotecas, pero también (o quizás precisamente por ello), una de las más infructuosas. Por ejemplo, este tal José Echaurren que buscó trabajo de forma insistente durante los meses del verano y el otoño en las páginas del ABC. Ni más remota idea ni de su origen, ni de su historia, ni de su final. Sólo los datos que nos refiere el periódico y, tan sólo en esta ocasión particular, algo más: que su lugar de residencia era una pequeña casuca de alquiler céntrica pero en zona de mal vivir, pleno barrio chino madrileño y, por si esto fuera poco, venida a menos. Porque no todo el mundo en el Madrid de la época estaría dispuesto a residir en el mismo cuarto en el que, apenas tres años atrás, había sido asesinada una mujer en un crimen jamás resuelto.

Ocurrió el jueves 13 de abril de 1907. Aquel mediodía, poco antes de la hora de comer, el chillido histérico de una mujer interrumpió el silencio del barrio. Un zapatero que trabajaba en la acera de enfrente y Matilde Merello, una vecina de buen oído que se dirigía a casa, fueron los primeros en darse cuenta de que el grito, sin duda, debía proceder del tercero izquierda de Tudescos 15, donde residía desde hacía ya algunos años una bella y ostentosa mujer llamada Vicenta Verdier. A pesar de la premura con la que vecinos y autoridades tardaron en echar la puerta abajo, poco hubo que hacer. El piso, sellado a cal y canto (aunque Vicenta, decían, dejaba a veces el cerrojo abierto, confiada como era, aquel día no había sido así), encerraba una tranquilidad pasmosa tan sólo interrumpida por el macabro hallazgo: un reguero de sangre a lo largo de todo el pasillo, desde la cocina a la habitación. Y, en la habitación, la fiel Nena, la perrita de aguas de Vicenta, que arrancó a ladrar como nunca antes cuando la policía intentó acercarse a la cama. En ella reposaba, en medio de un charco de sangre, el cuerpo degollado de la mujer, vestido apenas con una falda bajera, un corsé mínimo y un delantal. En la mano, dijeron los periódicos, quién sabe si por poetizar el asunto o por ser verdad, una figurita de plata de la virgen del Pilar. Y nada más. El silencio. Tan sólo una ventana abierta, la de la alcoba, que daba a la calle Silva, y una teja rota más allá, parecía dar una pista acerca de por dónde había huido el asesino.

No hubo más. O no quisieron que lo hubiera. Durante semanas la prensa se dedicó a glosar la licenciosa vida de la bella Verdier. Nacida en el pueblo de Épila (Zaragoza) sobre 1870, residía en Madrid desde hacía por lo menos quince años, siempre de alquiler, siempre soltera. Siendo sirvienta, había conocido a un joven heredero del que jamás se supo el nombre, y que, por una u otra razón, siempre se negó a casarse con ella. Como el silencio se paga, cuando el misterioso muchacho contrajo, allá por 1900, matrimonio con una muchacha decente, se hizo cargo de la caprichosa manutención de Vicenta, que en ese mismo momento perdió el contacto con los hermanos de Zaragoza. Paulina, Claudia y Mariano Verdier negarían siempre cualquier tipo de relación con quienes ellos consideraban la hermana perdida y licenciosa. Tan sólo Faustina, que había llegado con ella a Madrid y que había tenido más suerte en lo del emparejarse, la recibía cada día y le ofrecía café.

A Vicenta le gustaba andar de cafés y de hombres. Los días siguientes a su asesinato, la confusa policía recibió un sinfín de anónimos que remitían a las idas y venidas de la Verdier a cierta casa de citas del distrito del Hospicio. Ávidos de morbo y de información, los periodistas publicaron que, entre la lista de hallazgos en el piso del crimen se habían encontrado ropas de varón, y un reloj, e incluso un libro pornográfico ilustrado. Y joyas. Y caprichos impropios de una dama sin oficio conocido, y un retrato firmado a un marido inexistente.  Sin embargo, mientras los periodistas bullían de actividad en el caso de la Verdier, la policía parecía pedir calma de una forma excesiva para tratarse de un crimen que había sumido en el pánico a toda la población madrileña y que ocupaba páginas enteras en la prensa nacional. Deberíamos contratar a Conan Doyle, sugirió un avezado periodista. Y ni aún así.

Jamás hubo ni pistas ni sospechosos que durasen más de una semana. El drama adquirió tintes de vodevil. Se sospechó de los personajes más variopintos y chiripitifláuticos que pudieron hallarse. En primer lugar, de la señora Romillo, esposa de un señor que hacía más de una década había mantenido supuestas relaciones con la Verdier y que tuvo la mala idea de pasarse, en las horas posteriores al crimen, por la calle Tudescos en dirección a Jacometrezo.  Después a su marido, en una tragicomedia que acabó con dos policías expulsados por intentar falsificar pruebas y hacer chantajes para acusarle.  En 1911 un tal Salustiano Fernández, que en realidad se llamaba José González, se declaró culpable del crimen, durando la mentira apenas si un par de días. En 1913 se detendría al desgraciado Luis Miguel Rosales, un pobre diablo cordobés que jamás había pisado suelo madrileño. En 1927, Antonio Pérez de la Cuesta, que residía en Estados Unidos, donde se hacía llamar Eddy Ponsshon y estaba vinculado al Ku Kux Klan, se declaró culpable. Un loco más para la colección.

Han pasado hoy más de cien años y nadie, aún, ha pagado por el asesinato de la fulana Verdier. Pero…

¿por qué jamás se publicó el nombre del protector de Vicenta, el que le pagó el piso, la comida y los caprichos durante más de una década? ¿por qué jamás fue sospechoso?

¿es coincidencia que, desde hacía unos meses, el “salario” de Vicenta se hubiera reducido de 300 pesetas a apenas 75, que no le llegaban siquiera para pagar el alquiler del piso y la pensión (60 pesetas cada uno)? ¿Es coincidencia que, debido a esta drástica reducción de la mensualidad, la Verdier hubiera tenido que despedir a su fiel criada, Francisca Ruiz?

¿por qué la Nena no avisó de la presencia de un intruso en la casa, si apenas horas después hubo que reducirla para poder acceder a la habitación de Vicenta? ¿Acaso es que conocía más que de sobra al asesino de la Verdier?

¿qué clase de personaje tenía la capacidad económica suficiente para costearse al menos una amante a 300 pesetas de la época al mes… y el silencio de toda la prensa y la policía madrileña?

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Sucedió lo que tenía que suceder: que Luisa se hizo viciosa.

Es cita textual de La Correspondencia de España del 16 de septiembre de 1913 y se refiere a la infame Luisa Sánchez Noguerol, es decir, a la contundente señorita que posa, ondas al agua mediante, al lado de estas líneas.

Para la mentalidad de la época no era extraño que Luisa acabase como acabó teniendo en cuenta la más trágica que cómica historia familiar que acarreaba a sus espaldas. Todo había empezado con el padre, que será parte importante en la historia que nos incumbirá más adelante. Manuel Sánchez López, que así se llamaba, había llegado a capitán del ejército en la Galicia de finales del siglo XIX, si bien este hecho no embelleció en absoluto sus malos hábitos: Sánchez solía frecuentar burdeles de baja estofa y casas de juego clandestino, y sería  más tarde apartado de grandes responsabilidades en su carrera militar a causa de estos y otros desmanes.  De su matrimonio con Luisa Noguerol, una rotunda gallegona con amor a la botella, sacó siete hijos, muchos disgustos y, finalmente, la huida transoceánica de la mujer, cansada de recibir palizas y sacar adelante a una vorágine de críos maleducados.

Desde luego, alguien tan fanfarrón como Sánchez no pudo admitir nunca que su mujer lo había abandonado. Incluso después de trasladarse a Madrid, la gran ciudad donde no había de dar cuentas a nadie, solía vérsele, vaso de vino perronero en mano, en la taberna de turno asegurando que la razón de la ausencia de la madre de sus hijos era que él la había asesinado con sus propias manos. A nadie le habría extrañado: Manuel era un hombre de carácter hosco y endemoniado, que solía enzarzarse en disputas cada noche con desconocidos y cuyos hijos siempre iban marcados de moratones. También Luisa. Pero ella era también la más parecida a la madre ausente, la mayor y la más formada. Las visitas del padre a su cama se venían sucediendo cada noche desde que la joven era mujer a efectos biológicos, aunque no legales. Fue por eso que, por más que lo intentó, Luisa no pudo escapar ni de aquella casa, ni del padre.

Así llegó 1913. Luisa acababa de cumplir los veinte años y un tinte rubio en el pelo cuando conoció al infortunado Rodrigo García Jalón, un viudo cincuentón bien situado en Divino Pastor, 2 abiertamente apasionado por las mujeres entradas en carnes, profesionales o no, que se pasó meses insistiendo en intimar con ella. Al enterarse, Manuel se frotó las manos y animó a su hija a mantener relaciones carnales con Jalón, para así sacarle las perras, las chicas y las gordas. Y, por si acaso los ánimos fueran poca cosa, también se ofreció el viejo capitán a poner cama y casa. Así, pensaba, mientras el viejo hacendado gozaba de los placeres sexuales con la muchacha, sería fácil robarle la cartera e, incluso, a la salida del cuarto, fingirse padre deshonrado y obligarle a pasarle un dinero mensual a cambio de no destapar el escándalo. Todo parecía perfecto.

Pero quién sabe cómo fue. Quizás, cuando Rodrigo y Luisa se dirigían a la cama prometida, a Manuel le asaltaron los nervios de repente; o quizás le llevara la codicia de última hora, esa que llega de repente y hace cometer actos sin sentido que después, como es el caso, se pagan caros. El caso fue que el capitán decidió no llevar a cabo la comedieta acordada y se lanzó directamente a Jalón, matándole de dos bruscos martillazos en medio del pasillo.

El crimen perfecto siempre acaba fallando en el momento en el que se comete: no es fácil deshacerse de un cadáver. Y vive Dios que aquella tarde, la del desgraciado 24 de abril de 1913, el capitán Sánchez y su peliteñida hija lo intentaron. Pero no hubo manera humana. Lo intentaron descuartizando al desgraciado viudo, tirando parte de sus restos al retrete (con el resultado de una incómoda obstrucción), quemándolos en la cocina (produciéndose un olor tan desagradable que no se iba ni siquiera cuando derramaron encima de la carne una botella entera de aceite, ni después, cuando probaron con petróleo) y, finalmente, emparedándolos.

Las alarmas saltaron cuando, semanas después, los albañiles que llegaron a arreglar el desaguisado del retrete encontraron en las tuberías restos de carne que, aunque un nerviosísimo Manuel insistía eran los de un par de conejos echados a perder, hicieron que la policía fuera avisada de inmediato. A finales de mayo, cuando los agentes se presentaron en la casa, se encontraron, primero, con un cuarto vacío, con desconchones aparentemente voluntarios repartidos por toda la pared y una inmensa lámpara que parecía tapar las manchas de lo que había sido el descuartizamiento de algo bastante más grande que un par de conejos. Y, segundo, con los restos ya esqueletizados del desgraciado Jalón ocultos tras un tabique de reciente creación en la casa.

El crimen del capitán Sánchez hizo derramar litros de tinta en las imprentas de toda España y cientos de dimes y diretes en los mentideros de la capital. Efectuado el juicio a padre e hija tras el verano de 1913, la ejecución de Sánchez no se hizo esperar aunque, de cualquier modo, su condición de militar de rango le valió, al menos, que ésta fuera rápida y, desde luego, más digna que la habitual por garrote, que tenía vileza hasta en el nombre: fue fusilado el 3 de noviembre. Luisa, considerada en todo momento una pobre víctima de la situación, fue llevada a entrevistar a varias redacciones de la capital e ingresó, al tiempo que su padre era ejecutado, de forma perpetua en una prisión de mujeres. Los periódicos relataron sus primeros días allí, incidiendo en su buena conducta: como cuando, por ejemplo, al día de ingresar fue finamente vestida con blusa blanca, lazos azules y falda del mismo color a comulgar. Se olvidaron de ella, como suele suceder, a los pocos días. Hoy en día, por supuesto, ya estará muerta; pero probablemente nunca sabremos ni cuándo ni cómo, ni cuál fue su versión de los hechos una vez faltó el padre.

Pero, como un crimen sin incógnitas no es crimen…

¿puede un cadáver esqueletizarse en apenas un mes?

¿transportaba realmente aquella carreta los restos de Rodrigo García Jalón?

en cualquier caso… ¿fue Luisa tan inocente como la moralidad de la época, que atribuía escasa iniciativa a la personalidad femenina por el mero hecho de serlo, quiso hacer ver?

El crimen ocurrió hace ya noventa y siete años. Tiempo hay para pensar las respuestas.

Imágenes y fuentes: Mundo Gráfico, El País y La Correspondencia de España. Todos ellos disponibles en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España.

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Lo leo en el Avance (periódico que podéis consultar en la Hemeroteca Digital gijonesa) del 11 de enero de 1937 y reza tal que así:

Se nos envía la nota siguiente:

Decidido a continuar con firmeza, sin vacilación alguna, la campaña emprendida contra la inmoralidad y dispuesto a no permitir, en ningún momento, que nuestros militantes, especialmente los camaradas responsables, se aprovechen de sus cargos oficiales, o deaquellos otros que el Partido les confía, para satisfacer sus apetitos personales u otras necesidades reprobables, el Comité local del Partido Comunista ha expulsado de sus filas al camarada José Alvarez, secretario general del Comité Local del S.R.I.

Para que todos los trabajadores y antifascistas sepan los motivos que inducen al Comité Local del Partido Comunista a tomar tal determinación, hacemos una relación del hecho consumado, esperando que todos comprendan la justeza de nuestra actitud.

El camarada José Alvarez, en un viaje realizado a Santander por conducto del Socorro Rojo y sin previo consentimiento de éste, ha llevado consigo una mujer que ningún papel tenía que jugar en dicho viaje. Pero al hecho se agrava al ser cargadas al SRI pesetas 107, importe del viaje de dos días para el camarada citado y el camarada chófer, únicos a quienes el Socorro Rojo tenía que sufragar el viaje. En esta cantidad señalada iban incluidos, aunque sin señalarlo así, los gastos originados por esa compañera y que el Socorro Rojo no tenía por qué satisfacer.

El Partido Comunista velando por la pureza de sus principios, por la moralidad más estricta que debe existir dentro de sus filas como Partido revolucionario y velando igualmente por los intereses de clase trabajadora que es su misión defender en todo momento, ha procedido contra el camarada José Alvarez en la forma expuesta, que entiende lógica y obligada.

Sirva esta sanción, las otras aplicadas anteriormente a diversos camaradas, así como las que saldrán a la luz pública dentro de breves días, de lección provechosa para todos los camaradas del partido y dense por enterados ellos y todos los ciudadanos en general, de la imposibilidad de encontrar en el Partido Comunista la capa necesaria con que cubrir sus inmoralidades, ambiciones personales y el sabotaje al Frente Popular y a los trabajadores.

Por el Comité Local del Partido Comunista.

El Secretario general,

Alfonso Argüelles.

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Modernas y potentes máquinas trabajan diariamente produciendo millones de comprimidos del

Laxante Bescansa

Los resultados incomparables de esta fórmula ultra-moderna en los casos de estreñimiento pertinaz, justifican su preferencia.

Las malas digestiones, vértigos, inapetencia y trastornos nerviosos que tienen por causa el mal funcionamiento del intestino, desaparecen al regularizar su función con el LAXANTE BESCANSA.

El laxante Bescansa, lejos de producir hábito, suprime en poco tiempo su uso normalizando el vientre.

PREPARACIÓN ESPECIAL DEL LABORATORIO R. BESCANSA, SANTIAGO DE COMPOSTELA.

En farmacias. Ptas, 2,10.

Ellas querían ser estrellas y salir en las revistas, triunfar como nunca nadie antes en sus familias había triunfado, salir en la fotografía. Se empalidecían la piel con cera virgen Aseptina, se empolvaban la cara con polvos Tokalón (los únicos con espuma de crema) y eran madrinas de guerra de solitarios soldaditos que, desde su acuartelamiento, requerían de compañía femenina, cuatro palabras y sensual foto, con la que soñar cada noche. Ellas querían ser estrellas y se ondeaban el pelo al agua y se perfilaban los labios de un rojo pasional y, cuando las fotografiaban, miraban lánguidas al techo con expresión de niñas buenas. Eran los felices (¿o no tan felices? años 20, eran las revistas gráficas que cubrían las frivolidades, y a ellas las había parido un jovencísimo siglo XX y venían a comerse el mundo. Cualquier oportunidad era buena si de triunfar se trataba.

Y entonces vino un publicista imaginativo -vaya con la imaginación, hija del alma- las subió a globos y a avionetas, las arremangó de la atalaya del Tibidabo y las sacó a las calles, enfrascadas dentro de falsos trajes de enfermera de un blanco nuclear, les puso una bolsa bajo el brazo y les encargó algunos miles de muñecas a su imagen y semejanza. Fueron, aquellas muchachas que querían ser estrellas, las repartidoras del fabuloso y ultra-moderno laxante Bescansa, adalid de todos los laxantes de España, que normalizaba vientre, intestino y nervios. Y por todo el país corrió su imagen orgullosa. Pepita Pérez, que repartió por las calles de Barcelona 40.000 muestras del modernísimo laxante Bescansa, Leonor Martínez, Pilar, Carmen, María, cientos de repartidoras sin nombre ni historia que quedaron para siempre inmortalizadas en las páginas de las revistas.

Hoy, ochenta años después, nadie ha vuelto a repartir Bescansa por las calles. Y una, de vez en cuando, piensa que no vendría del todo mal que volvieran aquellas diligentes muchachas a, con sonrisa brillante y agua de colonia bajo los pendientitos de perla falsa, estabilizarles a algunos, y algunas, los muchos casos de estreñimiento pertinaz que se siguen sufriendo en masa en este bendito, santo país.

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