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Archive for the ‘Rodina (familia)’ Category

Todo empezó cuando yo era un mico de apenas doce años gracias a tí, abuela. La historia fue que en el colegio nos mandaron una de esas actividades que la pedagogía se saca de la manga para tener entretenidos a los chavales en un puente largo -puede que fuera Semana Santa, no sé, lo más probable-: hacer un par de entrevistas a los más ancianos de la familia sobre sus recuerdos, sobre cómo era su vida cuando eran jóvenes, a qué jugaban, cómo se llamaban sus padres y sus abuelos, todo eso. Lo de preguntarles por la Guerra lo metí yo a calzador porque me interesaba; años después descubrí que en Argentina se hacen actividades con los nenos de esa edad sobre los recuerdos de sus mayores en la Dictadura y ahí, en la clase, charlan sobre lo que han descubierto: nietos de represaliados y nietos de represores, todos juntos. Así aprenden los unos a comprender la circunstancia de los otros, así cierran sus heridas. Y son heridas frescas, abuela, de hace treinta años, y ya ves, conmigo se sorprendió la profesora de que me atreviera a preguntarlo, y ya habían pasado casi sesenta. En fin, a lo que iba.

Yo no hice un par de entrevistas, hice seis. Y las cubrí de fotos, e hice pequeños árboles genealógicos en cada una. Aquella actividad sí que me gustaba. El tema vino cuando te hice la tuya, abuela. Me lo contaste todo (mucho tiempo después descubrí que no era todo, pero lo comprendo) pero, cuando te pregunté por el nombre de tus abuelos, no supiste responder. Me llamaste después, al día siguiente, para decírmelos, porque los habías buscado en unos papeles viejos, pero tú no recordabas sus nombres, ni sus caras, ni nada. Aquello me impresionó. Yo, que tuve la suerte de conocer a todos mis abuelos, a casi todos mis bisabuelos (entre ellos tú, abuela) y a muchos de sus hermanos, no alcanzaba a comprender que tú no conocieras siquiera el nombre de los tuyos. Entonces comprendí que hacía falta recuperar todo lo que se estaba perdiendo.

Te cuento, abuela. Mira, de tus abuelos paternos no pude averiguar mucho. José y María, gallegos, allí quedaron, en un pueblo que probablemente hoy ni exista. El único cuyo nombre parece coincidir con el que consta en los papeles viejos no tiene ni veinte casas y está perdido en lo más profundo de Galicia. De los de tu madre sé más, y ahora entiendo que no los conocieras. Murieron mucho antes de que tú nacieras, jóvenes. Pedro e Isabel.  Tuvieron ocho hijos en unos tiempos bastante duros. Ocho hijos a los que se sumaban otros siete anteriores que aportaba él de un primer matrimonio. Imagínate, abuela, criar a quince hijos antes de 1900, hacerles crecer sanos. Normal que se lleven todas tus fuerzas. Y, en medio de todo, una desgracia familiar: que Isabel, recién casada, de repente pierde, en el lapso de una semana, a sus padres y a una hermana: Ángel, María y Manolita. La puta fiebre tifoidea. El agua viene corrupta y, de la noche a la mañana, sin que sepas por qué (vete tú a explicarle a tus bisabuelos, abuela, lo que era una bacteria) te desangras en el baño (o lo que sea que uses como tal) entre dolores horribles y pum, te mueres, se acabó, adiós. Y detrás de tí va tu mujer, tus hermanos, tus hijos. Quizás lo peor no fuera eso, sino sobrevivir y vivir con el miedo de que un día, de repente, se te presente un pinchazo en el abdomen y adiós, muy buenas. Bueno, a tí qué te voy a contar, a tí, que afortunadamente ya no viviste la época de la tifoidea, pero sí la de la tuberculosis, la de la Guerra y la de la posguerra, la del marido en la cárcel, el hermano asesinado, la sobrina muriéndose en la cama con menos de veinte años.

Ya ves, abuela, la Historia es tan bella en su estudio como cruel en lo que lleva detrás. La Historia, al menos la que yo te puedo ofrecer ahora, es cruel aún sin contar lo humano; por ejemplo, sin contar que el silencio que se cierne sobre José y María se debe a que tu padre, abuela, era un cabrón borracho que prefería gastarse en vino el poco dinero que había para alimentaros a tí y a tus diez hermanos, que por eso hablabas poco con él y le retiraste definitivamente la palabra después de que prefiriera dar la vida de su hijo a los fascistas antes que dar cuentas él. La Historia que yo estudio, porque no es la de los grandes y sosos nobles que dejaron escrito y dibujado una eternidad de cosas, es apenas de nombres y de fechas. No cuenta, al menos directamente, el hambre que pasaba tu madre Feliciana y su cuidado extremo al guardar cada huevo que ponían sus pocas pitas para cada hijo, a veces uno por niño, otras, medio y medio. Pero me ayuda a hacerme una idea, abuela, de todo aquello que nunca te contaron, y, con ello, de todo lo que nos hizo ser así, como somos, y agradecer cada día la valentía de quienes me precedisteis.

Ya sé que no puedes oirme contándotelo, abuela, frente a un café caliente y con la caja de fotos abierta delante nuestro, pero te lo cuento porque realmente sigues aquí, dentro de mí, dentro de todos nosotros, toda tu tropa. Y, mientras de mí dependa, aquí seguirás bien viva por tu recuerdo.

Porque ya sabes, abuela, que sólo nos morimos de verdad cuando desaparece nuestro recuerdo.

PD. Volvieron a poner Lo que el viento se llevó este puente, ya sabes. Que nada, no hay manera. Ashley insiste en enamorarse de la tonta de Melania… como cada año que pasa.

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No sé nada de él más allá de unos cuantos datos inconexos. Es una de esas almas perdidas ante el inexorable y cruel paso del tiempo, una de esas estrellas que, como tantos otros millones, brillan un día en el Universo y su luz va apagándose paulatinamente, más pronto que tarde, hasta llegar a desaparecer. Una de esas personas que los años dejan anónimas, borrando su memoria, las huellas que pudieron haber dejado sobre el mundo y cualquier rastro de su memoria.

Puede que fuera el hombre de la foto. Puede, es lo más probable, que no lo fuera. De todos modos, habría de parecerse: mismo oficio, una época aproximada. El hombre del que hablo, como el que se retrata aquí en plena faena de recoger sus herramientas, era hojalatero, una profesión, como él mismo, condenada a desaparecer en el tiempo. Probablemente, y sólo probablemente, aprendiera tales artes ya de niño, en un pueblo perdido de la Villaviciosa de la segunda mitad del siglo XIX, explotado como aprendiz por un viejo maestro. Esto indica, podría ser, que sus padres quizás no fueran del todo pobres, humildísimos jornaleros cuyos hijos por fuerza habrían de estar abocados irremediablemente al trabajo del campo. O tal vez lo fueran, pero demostrasen una inusual imaginación en lo de adjudicar tareas a sus niños. De que la tenían, eso seguro, es prueba más que palpable el extraño y aristocrático nombre que le pusieron a este hijo. O no. Puede que la imaginación la tuviera el cura de la parroquia cuyo nombre tampoco conocemos; o puede también que no la tuvieran ni los unos ni el otro y quien hablase fuera el santoral del día. En este caso, habría nacido nuestro hombre un 13 de marzo. Quién sabe.

Las escasas memorias que le han sobrevivido dicen que, azuzado por el hambre y la búsqueda de un futuro laboral, se fuera a vivir a Colunga. Yo, que se que su esposa era natural del pueblo de Lué, prefiero imaginar, en cambio, que se fue por amor. Al historiador han de concedérsele pocas, pero alguna licencia poetica; así que casi lo afirmo: se fue por amor, siguiendo a una mujer que me imagino -también sin prueba alguna- muyerona, rotunda, morena y de carácter. Y esa fue la historia del hojalatero de Colunga antes de llegar a serlo. Es de suponer que, en aquellos momentos, nadie imaginaría en la zona que ese hombre acabaría siendo un total desconocido. Tenía un oficio casi único, así que todos lo conocerían. Trabajín que va, trabajín que viene, y, al final, a nuestro hombre le acabó por tocar revisar todo el alumbrado público de Colunga. Lo sabemos por un BOPA, el del 19 de diciembre de 1894, que contiene la resolución.

Tiempo después puede que fuera un hombre desgraciado, porque su hija, aquella casi niña que habían metido a monja siendo apenas adolescente (quién sabe por qué), había muerto veinteañera apenas tres años antes. Es más que probable, entonces, que nuestro hojalatero y Generosa, su mujer, no pudieran olvidar en lo que les quedaba a ellos de vida la imagen del féretro cubierto de tela azul y cuatro cintas blancas descendiendo a la tierra, llevándose a su pequeña. La escena y el hecho fueron dramáticos; por eso quizás lo reflejase un periódico provincial, El Principado, en febrero de 1911.

Y ya está. No hay más. Que su hijo, Emilio, se casó con una moza de Luces en 1903. Que Generosa y él constaban como padres, claro, y siempre sin el segundo apellido, porque con lo singular de sus nombres y apellidos ya bastaba. Y a partir de entonces, el recuerdo del hojalatero se difumina. No hay más. No hay anécdotas, ni imágenes, ni historias más allá de lo que está sobre el papel. No hay alma. Damnatio memoriae.

Se llamaba, eso sí es seguro, Salomón Margolles, y era mi tatara-tatarabuelo. Puede que ya sea mucha información para un tatara-tatarabuelo que se queda demasiado atrás en el tiempo. Pero también puede que no lo sea. A fin de cuentas, todos llegaremos a serlo en algún momento, y no por eso tiene derecho el tiempo a hacer desaparecer nuestra memoria. Ni la nuestra, por tanto, ni la del hojalatero de Colunga.


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¿Non piensas que pasé mieu? ¿Que nun podía dormir peles nueches ensin tí y espertábame al mínimu ruiu? ¿Que necesitaba compañía, y esta cosina diómela? Lo mesmo dices que sería meyor haber gastáo el dineru que mandabes en convidar a chocolate a toles muyeres del pueblu, como la vecina. Pero non, yo guardé tou’l dineru que tu me disti y namá gasté un real nesti perrín, que come les arrayadures amás. A saber qué te picaría allá en Cuba, Vitoriano.

Pero, sentado al calor del fuego en la cocina, Victoriano miraba al suelo con el ceño fruncido y el bigotón, atusado mil veces en la última media hora, como hacía cada vez que, efectivamente, le picaba algo.

Mira… cuando foi lo de Libardón yo morría de mieu. Si más d’una nueche paséla de pies col trabuco a la puerta, por si acasu oyía ruios de lladrones que vinieren equí sabiendo que yera casa d’indianu. Porque tuú… ¡claro!, tu y yo sabemos que nun tenemos ná, pero pa esa probe xenti sí, que tu m’unviabes toos los meses un sobre con dineru y toos equí saben que lo guardamos esperando a que volváis. Y mira ende Mercedonas la de Carandena, sola, col dineru en casa, y una nuechi va y acabóse, moliéronla a golpes. Y que a la selmana a Rosina equí, al llau de casa,  la cuéyan y la intenten forzar. ¿Tu cómo crees que tuvi yo? Acoyonada, Vitoriano. Y pos resultó que llegó un momentu que yá tenía que dormir por fuerza, y pensé nel perrín por que me avisara si hubiera ruios. Y por eso traxilo. Pa curiar de mi, y de los guah.es, y de Madre. Y fíxolo bien, y agora pretendes que nun-y coya ciñu, ¡coño!

Victoriano, metro ochenta de esbelta estatura, ojos negros como el carbón, impertérrito.

Ye que nun vas dicir nada, claro. Cuando sabéis que nun tenéis razón calláis la boca. Igual siempre. Yo, mira, non se que te dió col bichu. Pero asina quiera Dios qu’un día te veas na mesma situación que yo estos años y a ver cuántu tiempu aguantes solo. ¡A ver!

Era un fenómeno curioso que de una mujer tan pequeña, que apenas si llegaba al metro y medio y eso porque siempre iba erguida y orgullosa, corriendo de un lado para otro y lo más estirada que podía, salieran tantas palabras en tan poco tiempo. No es que a él no le gustase, porque precisamente por eso se había enamorado de ella más de veinticinco años antes, en las fiestas del pueblo. Él no hablaba, ella lo decía todo. Se complementaban. Pero cuando la cuestión era discutir, lo mismo que tanto le gustaba en condiciones amistosas le ponía de los santos nervios. Por eso Victoriano decidió cortar la conversación, y lo hizo con el soniquete al que llevaba pegado lo menos dos semanas desde que volviera de Cuba:

Hai que matar al perru.

Ante tamaña insolencia (pues, en las personas tranquilas, la insolencia viene precisamente de la forma que tienen de expresar esas frases cerradas y secas y, sobre todo, de hacerlo sin que les tiemple un ápice la voz ni eleven el tono más de lo debido, como si no tuvieran sangre en las venas), María bufó y subió a la cama con el perro debajo del brazo. A cuento de qué tanta discusión por un ratonero mísero que apenas si comía un plato de restos al día, pensaba ella. A cuento de qué que el chucho la siga a todas partes y ella le acaricie más que a mí, pensaba él (pero sólo pensaba porque, desde luego, nunca jamás iba a dejar que nadie escuchase esta afirmación en alto).

La escena se repitió dos semanas más y varias veces al día. Por la mañana, según se despertaban y al salir de la casa para ir a catar las vacas el perro saludaba a María ladrando y moviendo la cola; por la tarde, cuando se sentaba pacientemente a esperar que ella acabase en la huerta y por la noche, cuando el animal se echaba a dormitar al calor del fuego… justo, para más inri, en el asiento favorito de Victoriano. Se repitió una y otra vez, hasta que, no se sabe si por estrategia o por cansancio, María cedió. Y en una tarde de otoño, mientras ella trenzaba cebollas con cara de concentración, por primera vez Victoriano no recibió una retahíla de palabras como respuesta a su soniquete.

Hai que matar al perru.

Sí.

Rayos y retruécanos.

¿Sí?

Sí, pensélo meyor. Anda, ve a matalu. Nun fai más que molestar.

Y María, hasta ese entonces firme defensora de la vida del animal, lo apartó de su lado con un ágil golpecito de pie y siguió haciendo trenzas cual si no hubiera un mañana. A pesar de que llevaba semanas pensando en el desenlace, Victoriano tuvo que darse media hora de tregua para salir del asombro y, finalmente, agarrar al chucho, meterlo en un saco, y tirar hacia el río, donde todos los problemas se acabarían.

Voi matar al perru.

Bien.


Y siguió trenzando. Victoriano comenzó a caminar hacia el río, con el ratonero dando patadas de forma enloquecida dentro del saco. Al llegar a la altura de la mina abandonada, volvió a gritar:

Toi yendo al ríu. Voi matar al perru.

– Tá bien. Ye lo qu’hai que facer.

Y Victoriano llegó al río, a la poza más profunda, y agarró el saco y quiso tirarlo al agua.

***

Delfina, la hija de María y Victoriano, tenía ventipocos años de edad y, aquella tarde, trenzaba cebollas con la madre cuando vio al perro aparecer correteando y meneando el rabo, salvado Dios sabe cómo de su fatídico final. La jovencita elevó las cejas, abrió sus profundos ojos averdosados y se le quedó expresión de tonta, mientras María seguía trenzando como si no hubiera pasado nada.

– ¿No diba Padre a matar el perru?

Diba.

– Y, ¿entós?

En esas apareció Victoriano con el bigote atusado y el saco vacío debajo del brazo, como un espectro, sin decir nada, y tomó el camino hacia el bar. Fue el único momento en el que María levantó de las cebollas sus ojitos pequeños y, con una mueca de ese sarcasmo que sólo da la experiencia vital, sentenció.

¡Paisanos! ¡Mexien tóos frenti la pared!

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A Bautista, el de Manolo y Antonia, no lo echaron en falta más que por la sorna que se traían con él. Sin Bautista, el menor de Manolo y Antonia, las fiestas de guardar y no guardar eran menos fiestas, y, además, la aldea era menos aldea, porque, como todo el mundo sabe, un pueblo sin tonto no es pueblo que se precie. De este modo, a Bautista, el fíu tonto de Manolo y Antonia, no le lloró más que ésta, su propia madre, cuando marchó a la ciudad a ganarse la vida. Bautista, con la eterna babilla colgante y la mirada perdida, era una carga evidente para unos padres bendecidos con bastantes hijos más listos que él.

Es difícil imaginarse la estupefacción de Bautista, que abrazado como si le fuera la vida en ello (realmente porque en ello le iba) al mísero hatillo con el que lo sacaron de la aldea, al descubrir el mundo exterior, más allá de la casa de Villavaler y las excursiones -que a él le parecían aventuras- a Loro y Villameyán a ver a los parientes. Antonia nunca le había dejado ir más allá, con el padre y los hermanos, cuando bajaban al pueblo. Era tan grande el mundo, y tan inocente Bautista, que Antonia siempre había temido que su hijo, el menor, se perdiera y no volviera nunca. Y sin embargo ahora, tan de repente, los profundos ojos azules de Bautista se encontraban con la ciudad, con el puerto, el mar, el inmenso océano y, allá al final, Cuba, la tierra prometida. La noche en la que, meses después de que lo tuvieran que arrancar de los brazos de Antonia, llegó a la isla, Bautista, el tonto del pueblo, supo que su vida estaba dando un giro de 180 grados.

Pocas veces se acordaron de él miles de kilómetros más allá, en España. Ni siquiera supieron que el muchacho, ya hombre, había vuelto a España diez años después, ni cómo, ni con quién; ni cuál había sido el proceso por el cual, finalmente, Bautista había tenido que volver a la aldea montado en un tren y, esta vez, con un par de baúles en vez de un mísero hatillo. Puede, incluso, que cuando eso sucedió, allá por 1900, pocos en la aldea recordasen a aquel muchacho tonto que se sorbía los mocos y al que de vez en cuando se le escapaba la baba. Y, no procede el contar por qué en estos momentos, a él tampoco le interesaba que le recordasen volviendo como volvía, arruinado después de haber conocido las mieles del dinero, el lujo y el bien vivir. Pero alguien oyó un carro llegar a la aldea aquella noche, veinte años después, y reconocieron -con más arrugas y más viveza, sin duda- los ojos azules y desorientados del fíu tonto de Manolo y Antonia.

Por eso precisamente se hizo mayúscula la sorpresa de que detrás de él bajara del carro una estupenda mujer de piel de color del ébano, como jamás la habían visto por allí; una negra cubana que levantaba cabeza y media a Bautista y que se contoneaba, estupendas sus curvas y sus piernas, con el vestido más ceñido que se hubiera conocido nunca en la zona, los labios rojos y el pelo ensortijado en una leonina melena negra como el azabache. Cualquiera con sentido común hubiera negado que aquella mujer le sacaba ocho años a su marido o, de hecho, que éste lo fuera. Y detrás de la bella Adelina, que así se llamaba la cubanona, una cohorte de chiquillos que se habían repartido ordenadamente las herencias: Juan Bautista, que sacó el nombre del padre, Consuelo, que tenía el despampanante cuerpo de la madre, Mercedes, de labios gruesos, pelo ensortijado y piel mulata, y, finalmente, el pequeño Luis, al que, como no podía ser de otra manera, le había tocado en gracia ser el pequeño, el fío tonto de perdidos ojos azules y baba colgante.

Que el Bautista, el de Manolo y Antonia, había vuelto al pueblo del brazo de una mujer más exótica y más bella que cualquier mora que se preciara, no pasó desapercibido para nadie: por el siglo que quedaba por delante, y por los que aún quedan, todos los descendientes de Bautista y Adelina fueron, y serán siempre, los fíos de la Mora.

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A finales de 2007 una funcionaria cansada abrió un viejo tomo de registros de defunción lleno de polvo por la página correcta y sacó el certificado de José María, que alcanzó la muerte cuando la mañana estaba abriéndose, perezosa, en la ciudad de Gijón del aciago verano de 1939. A escasas dos semanas de cumplir los 30 años, el aserrador -de manos grandes, fuertes, duras, acostumbradas al hambre y al trabajo duro, acostumbradas a empuñar un fusil y a cargar con compañeros heridos- cayó muerto sobre la tierra. El papel que, a finales de 2007, la cansada funcionaria fotocopió, aseguraba que lo que había matado a quien su familia y amigos llamaban cariñosamente Joseín era una mera hemorragia interna. Lo decía el Juzgado Militar número 1. Y punto y aparte.

Joseín fue el primogénito varón de una pareja mal avenida que ya había tenido una niña y varios intentos fallidos de dar con un muchachote. Hacía mucho calor cuando él nació, a mediados de 1910, en una mísera aldea del oriente de Asturias. Llevaba el nombre de su padre, y quizás por eso siempre había sido su favorito … bueno, eso creían todos. Cuando se hizo mozo, Joseín demostró que no era como sus hermanos. En eso también había salido al padre : no se callaba ni debajo de las piedras. Sus hermanos preferían no oír ni hablar de lo que pasaba en política. Les parecía tan lejano e inútil… Pero él no, él no, él tenía una idea. Una idea que cambiaría el mundo y lo haría mejor. No tenía ni ventiún años cuando se proclamó la República, pero saltó de alegría al enterarse y contribuir a ella. Le partió la cara a más de un filofascista del pueblo. Se casó civilmente y sin Dios con su María Luisa. Habló de justicia y libertad en el bar del pueblo y brindó con vino después. Su padre era sindicalista y, aparentemente, estaba orgulloso de él. Muy orgulloso. Aparentemente.

Cuando los rebeldes rompieron la paz, José María no se lo pensó dos veces. Se alistó con la idea de que la guerra sería corta y pronto todo volvería a ser como lo habían soñado. Ascendió rápidamente, porque no fue así. La guerra duró. Se prolongó demasiado. Entró como brigada, llegó a teniente del batallón. Marchó a Euskadi con sus compañeros, volvió enfermo pero con ganas de luchar de nuevo. Y un día se dio cuenta que todo estaba perdido. Sus sueños, su lucha, sus ilusiones. Supo antes que nadie que la guerra había acabado y que ellos la habían perdido. Que, a partir de ahora, las cosas serían más negras. Y, consciente de ello y con la cabeza gacha de quien se sabe perdedor, de quien sabe que lo va a pasar mal, volvió a casa cuando ya no tenía más fuerzas para pegar tiros.

Tuvo la mala suerte de estar de visita en casa de sus padres cuando su padre estaba tomándose unas pintas en el bar y de abrir la puerta cuando el mismo filofascista al que años antes había partido la boca picó. Tuvo la mala suerte de que le reconocieran al instante. Tuvo la mala suerte, en fin, que su padre jamás respondiera a la amenaza de los soldados a los que tantas veces había llamado cobardes en sus charlas de bar.Si no te presentas tú, mataremos a tu hijo, dijeron. Feliciana, la madre, lloró lágrimas de sangre. Ella hubiera preferido perder al marido que tanto la había decepcionado, no al hijo que había parido de sus entrañas. Y el tiempo pasó, pasaron los meses.

En la cárcel, su hermana Nora (Hono la llamaba su marido) y la sobrina huérfana, Edita, se turnaban para llevarle cosas que echarse a la boca. Lo que podían. Nora iba con la cesta bajo el brazo, andares rimbombantes y ojos de leona, a pie, de La Arena al Coto, y se enfrentaba a los guardias. Edita, quince desgraciados años a las espaldas, se contenía las lágrimas cuando le devolvían la cesta y le escupían un no puede pasar, aunque sólo lo hicieran por joder y no porque aquella mísera cesta contuviera algo peligroso para la patria, para España y para Dios y para los jodidos generalísimos.

Una mañana calurosa le devolvieron la cesta a Edita.

– Ya no está aquí, no lo busques.

– ….

– Ya le han dado a tu tiíto rojo lo que se merecía, niña.

Y Edita corrió del Coto a la Arena, muerta de lágrimas.

A las 7 de la mañana Joseín había caído de rodillas sobre la tierra del cementerio de Ceares, rodeado de sangre, rodeado de compañeros. Y, minutos después de fusilarle de forma vil, sus mismos asesinos habían firmado el certificado que lo decía muerto por una causa falsa, tan falsa como el amor que su padre jamás sintió por alguno de sus diez hijos.

Post recuperado de mi olvidado Toda una vida me estaría contigo, de finales de 2007, dos años y medio antes de que el Ayuntamiento de Gijón recuperara la memoria de José María y de otros 1933 nombres para cerrar todas sus heridas.

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Ni consta en los documentos ni nadie recuerda la fecha exacta, así que pongamos que ocurrió en abril.

José María había nacido en malos tiempos. Al desgraciado se le había ocurrido venir al mundo en plena guerra civil, la misma que se había llevado al abuelo Victoriano de forma prematura, y como si fuera una amarga predicción, su nombre había sido escrito por primera vez por un soldado que, desde el frente, felicitó a los padres por la futura buena nueva con caligrafía balbuceante y apretada en una cuartilla de papel de arroz estampada con la silueta de Franco y un ¡Arriba España! de color, irónicamente, rojo.

Se quiso criar, el pobrecillo, en el peor tiempo posible, dentro del vientre de una madre que, aunque mimada por todos, apenas si podía llevarse a la boca una sardina pasada, un trozo de torto reseco, un puñado de castañas. Todo, los animales, los cultivos, la dignidad, se lo había llevado la guerra. Delfina se apretaba la barriga, protegiéndola como podía, cuando los soldados la llevaban a palos a la iglesia y le hacían fregar el suelo sacro hasta que las rodillas sangrasen y la espalda chillara de dolor.

El caso es que José María nació condenado. Vino al mundo en la calma chicha de después de la tormenta, al final de la guerra, sin un pan debajo del brazo, con la mirada perdida y un quiste en la espalda que le condenaba a muerte. Delfina pagaría con años de problemas de salud la miseria de la guerra y de la posguerra; como si no hubiera sido bastante con la espina bífida que se llevaría a la tumba a su bebé.

Pasaron apenas meses de desvelo nocturno, meses que parecieron años y que siempre se quedarán en la memoria de quienes los vivieron manchados del desesperado llanto de un bebé que se estaba muriendo pero que se aferraba a la vida como podía. Fueron meses tan amargos que nadie recuerda hoy, setenta años después, cuándo se acabó todo. Pongamos que fuera en abril.

Fue Manuel quien enterró a su hijo, al que se le quedaba grande incluso el ataúd más pequeño que pudieron conseguir, porque a Delfina le fallaban las fuerzas. Y de camino al cementerio, por la carretera por la que tantas veces había bajado José María dentro del vientre de su madre mientras un soldado la encañonaba, aterrorizados los dos, se puso a llover como no recordaban ni siquiera los viejos del pueblo. Llovió tanto que su blanco ataúd quedó casi flotando dentro del agujero donde Manuel, desgarrado de dolor, lo enterró.

Era 1940. Y Manuel, que nunca había tenido miedo a nada más que a lo que no existía -que por eso cerraba bien las ventanas de noche, no se fueran a oír los aullidos de la güestia-, desarrolló el terror aparentemente absurdo de volver a enterrar a un ser querido en un día de mal tiempo. Casi cincuenta años después, cuando miró hacia la ventana del hospital en la noche en la que se iría para siempre, y comprobó con pánico que diluviaba, recordó al hijo muerto.

Ocurrió en abril.

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Josefa, la de Santos, sufrió varias veces en su vida el riesgo de morir, de desaparecer para siempre. Y, además, de una manera diferente a cada vez: de hambre, de pena, de rabia, perdida en el fondo del océano o, sin duda la más terrible de todas, de olvidio y desidia.

Había sido la primera niña de un matrimonio, el de Santos y Josefa, que malvivía de lo poco que podían cultivar en una cochambrosa huerta propia y tierras ajenas. Tierras rojas de miseria y hambre, como el pelo de Josefa, como el de su madre y el de su tía, aquella que había marchado años atrás a servir al Brasil y conocido la fortuna cuando un muchacho de buena familia se encaprichó de ella.  La Tía indiana. El único recurso para una familia que se moría de hambre. La única esperanza para la niña Josefa. El procedimiento sería sencillo, más en aquellos tiempos en los que la tan deseada Ley Áurea había dejado sin esclavos los cafetales y sin esclavas las casas de los señores. El gobierno brasileño -o el jerifalte de turno- proporcionaba pasaje, estancia y seguro a los españolitos que quisieran ir a suplir la ahora inexistente mano de obra esclava a cambio de un salario de risa pero, sin embargo, mejor que el hambre y la miseria de la tierra natal.

Así que Josefa burló al hambre y tomó viento fresco a Brasil. O no tan fresco. Los pasajes más baratos, los subvencionados, estaban próximos al infierno. Por los tranquilos ojos azules de Josefa desfilaron, en aquel trayecto, cientos de deshechos humanos malviviendo, en el mejor de los casos, en camarotes de ventanas rotas y desmedidos vaivenes; engullendo infames papillas intragables -cortesía del pasaje gratuito- e infectándose los unos a los otros de enfermedad, de muerte. Ella era joven y llegó viva. No todos corrieron la misma suerte.

El caso es que, sabrán Dios o Alá cómo, Josefa llegó entera a Pelotas, una populosa y joven ciudad bañada por el río Camaquã. La muchacha, que venía de un pueblo de apenas 200 habitantes, se sintió pequeña ante aquella profusión de personas, colores de piel y riquezas, y durante un tiempo sirvió a sus nuevos señores con la mirada baja, como eternamente sorprendida de estar allí, tan lejos, comiendo carne, vistiendo enaguas y calzando zapatos. Hasta que apareció Manuel, claro.

Manuel era el hermano joven y guapo del rico que había llevado a la Tía a posicionarse socialmente en aquella ciudad. Él mismo no había conocido otra cosa que no fuera fortuna, ya que había llegado tarde, no como el resto de hermanos. Había nacido muy poco antes de la marcha de sus padres de Portugal a Brasil y, probablemente, no recordaba ni las dificultades, ni el hambre, ni la pestilencia del barco en el que viajó. Cuando se hizo mayor, la familia ya estaba establecida y sólo había tenido que aprender a mandar, a liderar una charqueada , sobre todo, a vivir. Y no pudo evitar poner los ojos en aquella niña de pelo rojo y ojos de cristal. Ni ella, con la bandejita de plata -mantelito incluido- sujeta en su temblorosa mano de sirvienta, pudo evitar lo contrario.

Se casaron el 5 de mayo de 1896, y Josefa heredó así el puesto de indiana triunfal de la familia. Obvia decir que no tuvo que servir más. Pasó de criada a señora, de ordenada a ordenante, de mirar con curiosidad los ridículos polisones de las señoronas a vestirlos ella misma, de limpiar fotografías a retratarse con el mismísimo Baptiste Lhullier, el mejor fotógrafo, venido de la Francia misma, que había conocido la ciudad de Pelotas. Tan sólo él supo reflejar en un solo retrato la melancolía de aquellos ojos transparentes. Porque, a pesar de los pesares, la mirada de Josefa sólo fue feliz durante un lapso de tiempo muy limitado.

Primero llegó la pena. Bernardo, su hermano, le hizo festejar su primer aniversario de boda, en 1897, entre gritos de dolor. Años atrás ella había resistido las duras condiciones de viajar a través del océano, pero él no fue capaz de conseguirlo y murió de miseria a pocas millas de su destino. Era el único muchacho de la familia. Sabía que su padre jamás la perdonaría porque su ejemplo de triunfo y felicidad hubiera llevado al varón a la muerte, con apenas veinte años, en la flor de la vida. Entendió que aquello la separaba definitivamente de España, y al primogénito le puso João, como renunciando a su sangre asturiana, como queriendo romper con todo.

Pero entonces llegó la rabia. Manuel no era hombre de una sola mujer, y asegurada ya la pelirroja, quiso probar con una rubia primero, con una morena después, con una castaña, con una mulata, con cualquiera menos con ella. Y Josefa, que era del norte y de pelo de fuego, además, no estaba dispuesta a consentirlo. Pero los gritos y las broncas poco podían hacer ante la fuerza del marido, los puñetazos y el desprecio, así que se calló. Por el bien de los hijos y por la vana esperanza de que todo volviera a ser como antes. Aguantó una década más. Y, allá por 1906, resulta que el buen Manuel fue a enamorarse locamente de una mulata que trabajaba en la charqueada, a meterla en su cama día sí y día también y a entrar en una espiral en la que -la historia se repite- la criada pasó a ser la señora, y la señora la sirvienta.

Un día, mirándose al espejo, Josefa vio que su melena pelirroja empezaba a canear.  Fue aquella pequeñísima y frívola apreciación la que le hizo pensar en empezar de nuevo todo. Dejar las faldas de cola, las calesas y los tés a las orillas del Camaquã y volver a la montaña, a dejarse la espalda segando y sayando patates. Al día siguiente, sin dejar ningún aviso, lo empeñó todo. Los vestidos, las joyas, el anillo de casada. Recaudó, con todo, lo justo para tres billetes de vuelta a España: el de los hijos pequeños, Manuel y María, y el suyo. Viendo alejarse la costa del Brasil, por un momento, parecía que sus ojos se fundían con el océano y volvían, después de tantos años, a brillar.

Pero aquello era tan sólo un espejismo.

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