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Archive for the ‘Think tank’ Category

A Fraga hay que reconocerle, nos guste o no, una capacidad intelectual extraordinaria -de niño prodigio a político prematuro- y una destreza política sin precedentes ni predecesores. Estamos hablando, probablemente, de uno de los mejores políticos que ha dado el siglo XX en nuestro país, de un maestro del discurso y la dialéctica, de un monstruo de la oratoria. Hay que reconocer lo bueno para hallar lo malo, porque no todo lo blanco es blanco, pero para formar el negro también se requiere de colores claros. Una vez reconocido todo esto, ahora, especialmente ahora, -porque la muerte hace buenas a las personas, entre otras cosas para mayor descanso de los vivos a quienes la muerte les produce compasión, pero también les produce vergüenza compadecer a un villano- debemos recordar también la otra parte.

Debemos recordar que, y muy probablemente por causa de esas virtudes positivas que aúnaba Manuel Fraga, estos últimos años el gallego consiguió hacer que la sociedad, de frágil memoria, olvidara la sangre que derramó su firma y lo elevara a los altares de un hombre comprometido con su patria, padre sacrosanto de la Constitución (¡como si los padres no se equivocaran!) y héroe de una transición cuya idoneidad, repetida hasta la médula, sólo ha empezado a cuestionarse ahora, más de treinta años después de su inicio.

Muchos recuerdan al Fraga de los últimos años como un hombre incombustible que ponía y quitaba líderes en el partido que él mismo fundó, que sentaba cátedra, un anciano cascarrabias pero campechano que aseguraba, simpáticamente indignado, que él jamás había usado condón ni lo usaría. Ojo con la campechanía: junto con la decrepitud, es una de las máscaras que usan quienes tienen mucho que esconder para salvaguardar su imagen. Ojo con el olvido y la desmemoria especialmente hoy, que lloverán las remembranzas y las nostalgias. ¡Cuánto daño le ha hecho la nostalgia a la Historia, cuánto daño!

¡Cuánto daño nos haría olvidar a los muertos! A Fraga, que hoy pasa a formar parte de esa categoría, pero también a los muertos de Fraga. Es día de recordar hoy, por tanto, a Enrique Ruano, ahí lo ven, ese joven de aspecto aniñado cuyo principal delito fue repartir propaganda del Felipe y por el cual, unos días después, apareció casualmente muerto, aplastado contra el suelo, destrozado, tirado desde una ventana de un séptimo piso, un muerto morido de apenas 21 años (78 años menos de los que duró Fraga, fíjense, toda una vida). De recordar que su muerte absolutamente injustificable fue hecha pasar por un suicido gracias a la pluma y gracia de don Manuel, porque a la España de los 25 años de paz no le convenían las muertes de jóvenes universitarios que no habían tocado un pelo a nadie, aunque en el fondo las hubiera. De recordar las amenazas que recibió su padre si persistía en su actitud de reivindicar que se esclarecieran las causas de la muerte de su hijo, un muchacho en la flor de la vida al que jamás se le había pasado por la cabeza quitarse la vida dijera lo que dijera el ABC bajo las órdenes del señor Fraga.

Ya que estamos, recordemos también a Julián Grimau. A Grimau le acusaron, sin aportar prueba alguna, de crímenes durante la Guerra Civil, esos crímenes que con el paso del tiempo se convertirían en un quítame allá estas pajas y un “mujer, que en la guerra mataban unos y otros” y en un no reabrir heridas y todas esas cosas. Sin embargo, por esas cosillas que hoy parecen carecer de importancia fue condenado a muerte Grimau -insistamos de nuevo: sin pruebas- en 1962, jugosa presa como era para demostrar que en España quien mandaba era el régimen y acallar las huelgas que habían empezado a expandirse por todo el país. Una condena injusta. Una condena sanguinaria. No lo digo yo, lo dijo el mismísimo papa Juan XXIII, que pidió clemencia al régimen mientras Fraga -que, previsiblemente, estos días será enterrado en loor de multitudes en el rito católico- se dedicaba no sólo a negarle la mayor al ministro de Dios en la tierra sino a mover los hilos de su afiladísima pluma para convencer a los españoles de que Grimau era un criminal y merecía la muerte que finalmente tuvo: fusilado a los 52 años (Fraga le sacó 37) por militares, después de que la Guardia Civil, ¡escuchen! ¡la Guardia Civil de 1963, en pleno franquismo! se negase a hacerlo. Curioso caso que aunó por primera y única vez en la historia en una misma opinión a Iglesia, Guardia Civil y opositores al franquismo… curioso caso que Fraga acalló con éxito y del que hoy apenas se recuerda.

Empieza a costarnos recordar ya porque son muchos nombres, pero también merecen memoria y reparación Bienvenido Pereda, 30 años (Fraga le sobrevivió 59), José Castillo, de 32 (57), Pedro Martínez, de 27 (62 años menos que Fraga), Romualdo Barroso, de 19 (70 años menos) y el apenas niño Francisco Aznar, de 17 (hagan la cuenta). Murieron a tiros en 1976, en Vitoria, por haber cometido el pecado mortal de protestar contra sus condiciones de trabajo en una huelga multitudinaria que se celebraba en una Iglesia, con el beneplácito del cura. Pero de nuevo a don Manuel, hoy confortado con los Auxilios Espirituales, le importó una mierda la opinión de la Iglesia y firmó la orden que permitía a la policía cargar contra los manifestantes y llevarse por delante, escúchenme, a cinco trabajadores, cinco personas sin sangre en las manos, cinco obreros que sólo querían vivir mejor en esa España del bienestar que tanto les vendían y que ellos no veían por ninguna parte, a dos niños, a dos niños apenas que no llegaban a los 20 años. Era 1976 y la modélica Transición de la cual era adalid Manuel Fraga empezaba a caminar hacia un futuro en el que esas personas no pudieron participar. Y que viva la democracia. Qué buena es nuestra democracia.

Es hora también de recordar, por último, que el campechano anciano que hoy muere en cama y en paz también estuvo detrás de los sucesos de Montejurra, por aquello de que no nos digan que los progres sólo recordamos lo que nos pasa a los progres. Ocurrió también en la modélica Transición. Aniano Jiménez y Ricardo García fueron muertos a tiros por participar en la tradicional romería carlista de Montejurra y sus asesinos salieron de la cárcel apenas unos meses después por una ley de Amnistía que los equiparaba, legalmente, con presos políticos sin sangre en sus manos. Las fuerzas de seguridad no hicieron nada ni sus muertes fueron condenadas. El silencio fue atronador. Un silencio alentado por el hoy deceso y que quería decir que la Transición era suya, que no habría ni podría haber más fuerzas de derecha ni opciones más allá de la suya.

Sí, es desde luego hoy un día de recordar y reflexionar mucho, sin caer en la glorificación por la glorificación del olvido, ni en el cualquier tiempo pasado fue mejor, ni en la nostalgia. Día es hoy de sentarnos en el sofá a un lado de una buena taza de café caliente con un libro de Historia en las manos y de plantearnos qué democracia queremos, con qué raíces, con qué orígenes y con qué directrices. La democracia se basa, a fin de cuentas, en la reflexión, y por tanto supongo que Manuel Fraga, como el gran demócrata que fue tal y como nos recuerdan hoy políticos, personalidades y medios de comunicación, lo habría querido así.

Descanse en paz.

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Tú no estás indignado

Están yendo demasiado lejos, escribes desde tu cálido salón, sentado en tu cómodo sofá, tele encendida, ordenador en marcha: están yendo demasiado lejos. Tú nunca supiste qué era ir demasiado lejos, ni tan siquiera -me temo- demasiado cerca, quizás ahí esté el problema. Afirmas sin sonrojarte que tú no estás indignado y que, por tanto, no entiendes cómo tu generación dice estarlo. Es curioso, porque probablemente, si toda tu generación decidiera, por poner un ejemplo, que está de moda llevar unas botas de la marca H o B, o de cortarse el pelo de la manera E o Z, no osarías no seguirles ciegamente. El qué dirán pesa demasiado, claro. Y, sin embargo, ahora te proclamas rebelde, te calzas una sonrisa de superioridad y, con un falso halo de tranquilidad, lo dices: yo no estoy indignado. Y lo repites. Yo no estoy indignado. Probablemente no te hayas ni leído las escasas 20 páginas de las que surge el movimiento. Estarás ocupado en cosas más íntegras. Más concretas, supongo. En cosas de verdad. En esas cosas con nombres capaces de hacer que se te llene la boca de ínfulas cuando los pronuncias, esas palabras grandilocuentes que todos pronuncian y muy pocos saben qué significan: ciudadanía, progreso, integración, multiculturalidad. Palabras, en fin, llenas de significados tan diversos que podríamos estar debatiéndolas horas… pero luego los inconcretos son otros, por más que intenten explicarte qué es lo que se pide incluso reduciéndolo al esquematismo más puro.

Tú no estás indignado y ni entiendes ni pretendes conseguir entender otra argumentación que no sea la establecida en un despacho, a puerta cerrada, con la americana y la sonrisa de rigor puestas, con apretón de manos final y, si es posible, foto en el telediario. Esa es la forma de hacer las cosas que el sistema te enseñó. Cualquier otra es de marginales, de elementos peligrosos que, en el fondo, piensas que tienen un poquito menos de derecho a opinar que tú (pero sólo un poquito, y sólo lo piensas para tus adentros, no vayan a decir). Ésa es la única democracia que existe para tí -y qué lastimoso que ahora los demócratas hablen de democracia única: tan irreverente como si un republicano defendiera la República monárquica-. Están exagerando. Están yendo demasiado lejos.


Tú nunca tuviste que ir demasiado lejos. Tú nunca acabaste una carrera haciéndolo todo lo mejor que podías (notas excelentes, curriculum intachable, prácticas aquí y allí, varios idiomas, formación complementaria) y te viste abocado a la más profunda oscuridad, a un mundo en el que ni sabías ni sabes moverte. Un mundo en el que quienes mandan no son quienes te enseñaron que debían mandar. Un mundo de mierda en el que debes demostrar tu valía -esa que ya debería ir implícita en el currículum- mil veces (mil quinientas si tu género o tus maneras no son las apropiadas), años de experiencia que nadie te dio la opción de tener, y en el que, sólo después de quinientos mil golpes, y si tienes suerte, acabarás ganando un sueldo que apenas si te da para vivir. Tú nunca tuviste que mirar desde abajo a los otros. A esa minoría privilegiada que, mientras gastas el dinero y las fuerzas en intentar conseguir cualquier cosa, salen de la carrera (o ni llegan a acabarla) y, a los dos meses, ya tienen un puesto de trabajo de la hostia -de esos que en infoJobs te asegura que el requisito mínimo son cinco años de experiencia, un salario digno y unas ínfulas similares. Ojalá me refiriera a una minoría privilegiada por su formación y capacidades, pero no: hablo de l@s mediocres, de aquell@s que vivieron siempre de la sopa boba mientras tú te deslomabas, protegidos por el imperturbable halo de la familiaridad, del partido de turno o de los contactos necesarios. Tú nunca viste las cosas desde ese punto de vista porque formabas parte de esa minoría, de esa gente que, como un canario criado desde polluelo en cautividad, se moriría de hambre si le abriéramos la puerta de la jaula de oro en la que vive y hubiera de salir al mundo de verdad.

Tú nunca estuviste indignado porque te importa una mierda tu generación. Enhorabuena, campeón/a, porque jamás tuviste que vivir la desesperación suficiente como para llegar demasiado lejos. Sí: enhorabuena.

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Viñeta de "Gracia y Justicia", febrero de 1936

La conocerán de sobra porque es constante en la Historia, porque está presente en nuestro día a día, porque nos afecta a todos, porque cada uno de nosotros, lamentablemente, ha recurrido alguna vez a ella cuando no nos quedaban argumentos, o, al menos, la ha creído y se ha arrodillado a sus pies. Se trata de la estrategia del miedo, la más antigua y efectiva de todas las que existen, la más universal y, también, la más despreciable.

No se ustedes, pero yo desprecio a la estrategia del miedo por muchas y muy variadas causas. La desprecio, en primer lugar, porque consiste siempre en crear una historia de blancos y negros, de buenos y malos, de presentarnos una sociedad en la que o estás con unos o estás con otros. Como si quien la utiliza quisiera realmente establecer un sistema de castas diferenciadas, unas mejores que otras, castas α, β, γ, δ, ε, + o -, con todo lo injusto del mismo. Y esto me irrita aún más si quien emplea esta estrategia se dice partidario de abolir todas las diferencias entre las personas y respetuoso con otras creencias o ideologías: nadie que realmente sintiera respeto por quienes no piensan como él/ella querría hacer creer a nadie que existen buenos o malos. Nadie.

La desprecio también porque, y que valga al redundancia, el propio empleo de la estrategia del miedo me da miedo. Decía André Maurois que el más peligroso de todos los sentimientos colectivos no es otro sino, precisamente, el miedo. La Historia no hizo sino darle la razón. Miren, recuerden la guerra del 36. En los meses previos todos se dedicaron a exhacerbar el miedo hacia el contrario. La viñeta de arriba, del periódico satírico de derechas Gracia y Justicia, es sólo una prueba de entre miles. Cuando una persona está atemorizada in crescendo, llega un momento en el que no tiene nada que perder y recurre a las medidas más desesperadas para intentar dejar de tenerlo. Como el ser humano suele ser bastante estúpido, la más frecuente de esas medidas es la violencia. Si es una persona la que sufre de esta desesperación, apenas si llegará a ser tratada como demente; si es todo un país, no tengo qué recordarles qué es lo que ocurre. Por eso desprecio profundamente a quienes se dedican a intentar llevar la estrategia del miedo a mucha gente a la vez desde sus púlpitos de opinión, o a quienes, de poder, lo harían.

Desprecio la estrategia del miedo porque no hace sino demostrar que quien la emplea carece de argumento alguno para defender aquello que apoya y, por eso, opta por lo fácil. Que no engañen a nadie. Lo fácil no es, como muchos dicen actualmente, ser un joven perroflauta (¿ven? ahí está la manía de la clasificación de la que hablé en el segundo párrafo) que sale a la calle durante más de una semana para defender sus derechos de forma pacífica. Eso no es fácil, o, si no, prueben a hacerlo. Lo fácil es estar cómodamente sentado en el sofá de casa, frente a una pantalla de ordenador, predicando el miedo, lo malas y peligrosas que son las ideas del contrario, en vez de diciendo claramente qué se quiere, qué se pretende, qué es lo positivo que cada uno puede aportar a la sociedad. Es despreciablemente fácil y cómodo.

Desprecio la estrategia del miedo, en fin, porque, en el fondo, es profundamente antidemocrática, ya que se basa en buscar enemigos y desvirtuar la libertad de pensamiento y opinión de quienes no piensan como nosotros. Pero no todo está perdido. Hay una forma única, pero muy efectiva también, de evitar caer en la trampa de esta estrategia: NO tener miedo.

Días como hoy son los días en los que debemos demostrarlo. ¡Adelante!

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Tipología del sufrimiento

Lo sé, pequeño, lo justo sería que viniéramos con un manual debajo del brazo. Un manual sencillo, impreso a una tinta sobre papel del barato, como uno de esos manuales de instrucciones absurdas que vienen con cualquier aparato mecánico, aunque éste no requiera de explicación. Tendría, de hecho, aún más justificación, ya que esos engorrosos libritos muchas veces nos lían la madeja más que explicar nada, y sin embargo éste sólo debería tener una frase, una sola frase y muy concreta, el ABC de la vida, sencilla y rotunda: Se informa al usuario que la vida genera sufrimiento de varios tipos e intensidades; siendo éste un efecto secundario frecuente y por el que no ha de caber excesiva preocupación dada su total y absoluta normalidad.

Que se sufre, sí, que todos sufrimos. Qué funcional sería que nos lo dijeran nada más venir al mundo, aunque a la vez qué inútil: la verdadera esencia del sufrimiento está en que, cada vez que llega, por más experiencia que se tenga, parece que es insoportable y definitivo. Además de eso, lo malo es que no hace falta ser desgraciado para sufrir. Así de cabrón es quien o que nos haya puesto en este mundo, llámenlo Dios, azar, Alá o la nada. Y a lo largo de tu vida, pequeño que llegas a esta jaula de grillos llamada Tierra, irás conociendo todos los tipos de sufrimiento posible. El que da la soledad, por ejemplo, que es hueco y grandísimo en volumen aunque no en intensidad, ya que se mete en tu alma poco a poco, casi sin enterarse uno. El de la rabia, que casi quema y llega de repente, como una llamarada por dentro del cuerpo, y aún cuando se disuelve se resiste a morir y sigue palpitando aún un tiempo en el pecho.

El sufrimiento que causa perder a alguien a quien amas y saber que jamás volverá es uno de los peores, porque te clava su aguijón venenoso en la espalda y jamás lo derrotas. Permanece latente, como una enfermedad, dentro de tí, manifestándose de vez en cuando, cuando un día piensas más de la cuenta o te encuentras bajo de forma. También está el que, dentro de este tipo, sí llega a desaparecer, y que se da cuando se pierde a alguien que, o bien sólo quieres (que es un verbo mucho menos definitivo que el de “amar“), o bien puede ser sustituido en tu vida. Éste es rabioso y genera litros de lágrimas, es estridente como una rabanera, y aparenta más intenso de lo que realmente es.

Sufres también por las injusticias que tiene la vida y, si bien éste debería ser el mayor sufrimiento, dado que las causas que lo generan son las más importantes, no lo es. Por el contrario, es el más productivo, ya que de él se aprende, y poco a poco, cuando las injusticias se van sumando la una sobre la otra, aprendes a convivir con él hasta hacerlo casi un amigo. Es, de hecho, el único sufrimiento con el que entablarás lazos de amistad, un compañero que te ayuda a sobrellevar las putadas que necesariamente te van a tocar por sorteo natural, con sus terminaciones y sus premios gordos, en este tránsito mundano.

Quedan engoblados hasta ahora, así, los sufrimientos que causa el amor y la muerte; la vida tal cual es vida y la amistad o la ausencia de la misma. Y aún quedan. El sufrimiento por celos y por envidia, por ejemplo. La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come, decía Quevedo, y por eso cuando sufrimos por sentir celos se nos genera una sensación de hambre extrema. Es un dolor ácido, un pinchazo en el pecho con ceño fruncido y muy difícil de superar especialmente si nos lo proponemos. Lo mejor para combatirlo es intentar no fijarnos en él. Sólo así, algún día, harto de no recibir atención, se va, aunque siempre dispuesto a volver.

Está el sufrimiento de impotencia, que es de los más desgarradores por lo vacíos y por lo irremediables. Es, a fin de cuentas, el que nos sobreviene en los momentos previos a morir, o al menos eso es lo que me ha parecido siempre que debe ocurrir. Nos hace pequeños, nos aplasta contra el suelo y nos convierte en hormiguitas insignificantes sin ningún tipo de control sobre nada ni nadie.

Por último -y esta lista es sólo de los más importantes y generales, pues, como todo, el mundo de los sufrimientos está lleno de matices y es infinito, único, personal e intransferible de cada uno de nosotros- está el colmo de los sufrimientos, que es el que genera el cuerpo azarosamente, sin motivos ni razones, sin más. Que llega de repente y es insufrible como una china en el zapato, porque, como ella, al principio no sabes de dónde procede ni, por tanto, cómo erradicarlo, y que no tiene curación posible más que la de detenerse repentinamente, tan aleatoriamente como viene.

Son muchos, pequeño que vienes al mundo, los sufrimientos que te esperan, son muchos y muy engorrosos. Pero, jamás lo olvides, sobre todo son tuyos y la causa más importante de que existan es que estás vivo. Por eso hay que aprender también a aceptarlos.

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Lo verdaderamente importante

Intenten ustedes hacerle entender a Mr. Pissarro que los árboles no son violetas, que el cielo no tiene el color de la mantequilla fresca… y que ninguna persona sensible podría aprobar tales aberraciones.

Albert Wolf, sobre la obra de Camille Pisarro (1876)

Es difícil explicar, para quien no quiera entenderlo, que lo verdaderamente importante no sea ni la ambición ni el triunfo. Es casi imposible hacer entender a quien nunca se lo haya planteado que poco importan en esta vida cuestiones tan banales como el dinero, el poder, los títulos, los diplomas y los sobresalientes; así como que tampoco importa el prestigio, ni la reputación, ni la fama. Ni tener el control de la situación ni dejar de tenerlo, ni memorizar hasta la muerte ni andar erguido por la calle, apenas sin poder mirar al suelo; ni tener configurada la vista tan hacia adelante que no se pueda mirar hacia atrás. Para con quien sepa poco de la vida es inútil intentar explicarle que palabras como élite, culmen, autoridad, beneficios, provecho, honra a cualquier precio, significan apenas nada. Para quienes son partidarios de los grandes placeres, esos que nos ciegan con tanto, tanto brillo que acaban por pasar inadvertidos precisamente por eso, es absurdo querer convencerles: no lo intente, querido lector, ni ponga en riesgo su paciencia. Nadie podrá convencerles y puede que sea mejor así, puede, tal vez, que cada uno consiga ser feliz a su manera.

Cada uno es feliz a su manera. Por eso a nadie le importa cómo sea feliz su contrario, y a nadie debe importarle. Los amantes de los grandes placeres jamás deben intentar convencernos a quienes ansiamos las pequeñas, puesto que nosotros les encontraríamos vacíos, totalmente huecos. Nosotros, sin embargo, tampoco debemos hacerlo, porque sólo lograremos parecer nimios, insignificantes y crédulos por comparar, o incluso poner por encima, esas cosas tontas con los grandes y sesudos sustantivos que el ser humano ha ido buscando insistentemente a lo largo de su vida y, por ende, de la historia.

No lo intenten, es absurdo. ¿Cómo explicar objetivamente que, al final de todo, sólo quedan los colores, la luz, las percepciones más básicas? Explicar que, a fin de cuentas, lo que nos habrá hecho llenarnos de vida es nuestro Rosebud particular, algo tan vulgar y absurdo que a nadie se le ocurriría mencionar en su autobiografía, aunque realmente haya sido lo más importante. Es imposible, en fin, explicar que la felicidad está en millones de cosas absurdas. En el olor a café por la mañana, en tumbarte en la hierba en un día de sol, en pasear con él de la mano al atardecer. En las risas de tu madre y en las manías de tu padre, en los gritos que tanto detestas, pero tanto te llenan, de los niños. En el pequeño placer que supone sumergirse en las páginas de un libro absorbente. En la antaño poderosa voz de tu abuela.  La felicidad está en un perro que te consuela en el momento más oportuno, como si lo supiera (porque lo sabe, sin lugar a dudas), en un abrazo de ánimo cuando más lo necesitas y en un hombro cálido en el que tengas la seguridad de poder llorar, hagas lo que hagas, sea por lo que sea. La vida consiste, ¿y cómo explicarlo?, en captar la belleza de las palabras y su sonido en uno u otro idioma cuando escuchas, cuando lees o cuando imaginas; la vida es, y lo siento por quienes abarcan metas más altas, oír los impertinentes chirridos de los grillos en una noche de verano.  Es la risa que te deja hasta sin respiración cuando menos te lo esperas y también es llorar y saber hacerlo además, sin vergüenza, sin traumas, saber llorar porque se es humano y se tiene ese corazón que tanto anhelan los hombres de hojalata. Vivir es el silencio que surge entre dos personas que no necesitan hablar para saber que desean estar juntas por siempre, vivir es el cacareo de las que no pueden dejar de parlotear y pisarse las palabras porque tienen tanto que contarse que tal pareciera que el mundo se acaba mañana.

Eso, todo eso y aún más pequeñas cosas insignificantes, es vivir. Eso y no otra cosa. Y la meta, el triunfo y la dicha es, cuando llegue el momento, poder recordarlo.

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¿Qué tienen en común un revólver Velo-Dog y una preciosa toca de piel infantil? Pues que eran parte de los regalos a los que podían optar los afortunados lectores del Almanaque Bailly-Bailliere de 1904, junto con otros curiosos objetos como una estereotarjeta con vistas de la América del Norte (sic),  un frasco de depilatorio Venus, 18 huevos para incubar de gallinas catalanas del Prat, una bandurria, quince devocionarios, un cortapatatas, un corsé cutí de París o un reconocehuevos (explicar el funcionamiento de este último aparato requeriría otro artículo aparte)

Los revólveres Velo-Dog habían nacido en Francia en la última década del siglo XIX, con un objetivo bastante definido, a la par que ingenuo: espantar (¿espantar o cargarse directamente?) a los perritos que molestaban a los ciclistas persiguiendo a sus bicicletas y llegando a morder las ruedas (de ahí Velo-dog: velocipede/dog). Eran pequeños, con cartucho de 6 mm. y recargables con proyectiles de pólvora o plomo. Un revólver Velo-Dog era fácil de adquirir y, sobre todo, asequible económicamente. En la España de 1913, por ejemplo, el precio de uno oscilaba en torno a las 10 pesetas. Cualquiera podía tener uno con más facilidad que una bicicleta, y no hace falta decir que más pronto que tarde comenzaron a utilizarse para disparar a personas, no a perros. Y no precisamente por su pequeño tamaño dejaban de matar, si estaban cargados con plomo y eran disparados con la precisión y cercanía correctas.

Presentación Fonseca Madery, una bella madrileña de pelo ensortijado y enormes ojos oscuros era una de las muchas mujeres que por aquella época disponía de un revólver Velo-Dog para por si las moscas (aunque no tuviera bicicleta). Y ella lo necesitaba más que nadie. Malcasada años atrás, en Granada, con un muchacho de trabajo estable pero pocas pasiones (para con ella, y muchas para con el alcohol y el juego), se fijó en sus andares un teniente de la Policía llamado Julio Maeso, de importante nariz y temperamento difícil de llevar. Maeso tenía mujer y tres hijos. La esposa, Carolina Argil, apenas si llegaba a los 25 años cuando Maeso se obsesionó perdidamente por Presentación, y, subyugada al marido, poco pudo hacer al respecto.

Era difícil rechazar a alguien con tanto poder como Maeso, y tan insistente. Se presentaba a todas horas en casa de Presentación cuando Fernando, el marido pendenciero, no estaba; sufría no tan casuales encontronazos con ella por la calle y la comía con la mirada. Cuando el matrimonio de Fernando y Presentación se fue a pique, el padre de la joven la mandó de vuelta a Madrid. Maeso no tardó en presentarse allí a requerirla de nuevo, llegando a enfrentarse  hasta llegar a las manos con el padre de Presentación. Encolerizado y temiendo por la vida de su hija y su nieta, el señor Fonseca mandó a ambas señoritas a Alicante, bajo la protección de un viejo maestro con el que conservaba antigua amistad.

Sabe Dios cómo, Julio Maeso se enteró de la nueva ubicación de la mujer que le tenía loco y no le fue difícil presentarse allí un día, en su misma casa, asegurando ser su hermano para poder tener acceso a ella. Una y mil veces volvió a negarse Presentación a entablar relaciones con él, y una y mil veces Maeso la molió a golpes y la amedantró con amenazas hacia ella y hacia la pequeña. Mala idea fue, en una de éstas, llamar a la Policía, que tardó en salir de la casa sin llevar a cabo ninguna acción contra Maeso tanto como éste tardó en informarles que pertenecía, como ellos, a los Cuerpos de (irónicamente) Seguridad.

Tras un breve retiro en un convento de monjas, una enfermedad en la hija de Presentación hizo que ésta tuviera que volver a la casa de Alicante donde la buscaba el policía día y noche. Fue un 26 de agosto de 1919, que caía en martes. Al llegar la noche.

Presentación gritó como una loca cuando la puerta del piso se abrió y dejó entrever, por enésima vez, la silueta del persistente Julio Maeso. Tales fueron los nervios que cayó desmayada en el suelo, recuperándose tan sólo cuando un cuidadoso Maeso le proporcionó un antiespasmódico con todo el amor que era capaz de darle a su platónicamente amada Presentación. Un amor tan fuerte como el odio que también sabía darle: una vez en pie, y negándose una vez más a ceder a los deseos del policía, comenzaron los golpes y los insultos. Y fue entonces cuando Presentación se llevó la mano al delantal y sus dedos rozaron el pequeño revólver, regalo de su padre, que había cargado aquella misma tarde, temerosa de más encuentros fortuitos.

Tenía la mente en blanco cuando estiró el brazo y, firmemente, disparó dos veces el revólver sobre la cabeza de Julio Maeso.

Casi al mismo tiempo en el que Presentación ingresaba por su propia voluntad en la cárcel de Alicante, los médicos declaraban la muerte del policía.

A los pocos días, Presentación era declarada inocente en el juicio por la muerte de Julio Maeso. Los periódicos glosaron su historia, denunciaron sus desgracias y la retrataron, grandísimos ojos negros muy abiertos, con la expresión perdida pero relajada de quien, aún cometiendo una locura, se ha librado de lo que la impedía vivir en paz.

Rescatemos una de esas glosas y una de esas fotos, en concreto las publicadas en el Mundo Gráfico del 3 de septiembre de 1919:

Lamentable es el hecho; pero justo es reconocer que al fatal desenlace ha contribuido la incuria de las autoridades y el erróneo concepto que de la disciplina tienen los subordinados de éstas. Los jefes de la Dirección de Seguridad, desamparando a la mujer que solicitó su intervención para verse libre de la persecución odiosa, tienen una indudable responsabilidad moral en la perpetración de este delito, y los agentes que se negaron a denunciar al teniente Maeso cuando doña Presentación requirió su auxilio al verse maltratada, incurrieron en la misma responsabilidad, dando ocasión al triste suceso que ha costado la vida á su superior, la libertad á la agresora y el duelo y la pesadumbre infinita á una familia honrada.

Han pasado noventa y un años y muchas y muchos Presentaciones Fonsecas y Julios Maesos por nuestra historia. Y siguen pasando.

Claro está también que, desde hace ya mucho tiempo, no se regalan revólveres con las revistas.

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Modernas y potentes máquinas trabajan diariamente produciendo millones de comprimidos del

Laxante Bescansa

Los resultados incomparables de esta fórmula ultra-moderna en los casos de estreñimiento pertinaz, justifican su preferencia.

Las malas digestiones, vértigos, inapetencia y trastornos nerviosos que tienen por causa el mal funcionamiento del intestino, desaparecen al regularizar su función con el LAXANTE BESCANSA.

El laxante Bescansa, lejos de producir hábito, suprime en poco tiempo su uso normalizando el vientre.

PREPARACIÓN ESPECIAL DEL LABORATORIO R. BESCANSA, SANTIAGO DE COMPOSTELA.

En farmacias. Ptas, 2,10.

Ellas querían ser estrellas y salir en las revistas, triunfar como nunca nadie antes en sus familias había triunfado, salir en la fotografía. Se empalidecían la piel con cera virgen Aseptina, se empolvaban la cara con polvos Tokalón (los únicos con espuma de crema) y eran madrinas de guerra de solitarios soldaditos que, desde su acuartelamiento, requerían de compañía femenina, cuatro palabras y sensual foto, con la que soñar cada noche. Ellas querían ser estrellas y se ondeaban el pelo al agua y se perfilaban los labios de un rojo pasional y, cuando las fotografiaban, miraban lánguidas al techo con expresión de niñas buenas. Eran los felices (¿o no tan felices? años 20, eran las revistas gráficas que cubrían las frivolidades, y a ellas las había parido un jovencísimo siglo XX y venían a comerse el mundo. Cualquier oportunidad era buena si de triunfar se trataba.

Y entonces vino un publicista imaginativo -vaya con la imaginación, hija del alma- las subió a globos y a avionetas, las arremangó de la atalaya del Tibidabo y las sacó a las calles, enfrascadas dentro de falsos trajes de enfermera de un blanco nuclear, les puso una bolsa bajo el brazo y les encargó algunos miles de muñecas a su imagen y semejanza. Fueron, aquellas muchachas que querían ser estrellas, las repartidoras del fabuloso y ultra-moderno laxante Bescansa, adalid de todos los laxantes de España, que normalizaba vientre, intestino y nervios. Y por todo el país corrió su imagen orgullosa. Pepita Pérez, que repartió por las calles de Barcelona 40.000 muestras del modernísimo laxante Bescansa, Leonor Martínez, Pilar, Carmen, María, cientos de repartidoras sin nombre ni historia que quedaron para siempre inmortalizadas en las páginas de las revistas.

Hoy, ochenta años después, nadie ha vuelto a repartir Bescansa por las calles. Y una, de vez en cuando, piensa que no vendría del todo mal que volvieran aquellas diligentes muchachas a, con sonrisa brillante y agua de colonia bajo los pendientitos de perla falsa, estabilizarles a algunos, y algunas, los muchos casos de estreñimiento pertinaz que se siguen sufriendo en masa en este bendito, santo país.

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