Feeds:
Entradas
Comentarios

La estrategia del miedo

Viñeta de "Gracia y Justicia", febrero de 1936

La conocerán de sobra porque es constante en la Historia, porque está presente en nuestro día a día, porque nos afecta a todos, porque cada uno de nosotros, lamentablemente, ha recurrido alguna vez a ella cuando no nos quedaban argumentos, o, al menos, la ha creído y se ha arrodillado a sus pies. Se trata de la estrategia del miedo, la más antigua y efectiva de todas las que existen, la más universal y, también, la más despreciable.

No se ustedes, pero yo desprecio a la estrategia del miedo por muchas y muy variadas causas. La desprecio, en primer lugar, porque consiste siempre en crear una historia de blancos y negros, de buenos y malos, de presentarnos una sociedad en la que o estás con unos o estás con otros. Como si quien la utiliza quisiera realmente establecer un sistema de castas diferenciadas, unas mejores que otras, castas α, β, γ, δ, ε, + o -, con todo lo injusto del mismo. Y esto me irrita aún más si quien emplea esta estrategia se dice partidario de abolir todas las diferencias entre las personas y respetuoso con otras creencias o ideologías: nadie que realmente sintiera respeto por quienes no piensan como él/ella querría hacer creer a nadie que existen buenos o malos. Nadie.

La desprecio también porque, y que valga al redundancia, el propio empleo de la estrategia del miedo me da miedo. Decía André Maurois que el más peligroso de todos los sentimientos colectivos no es otro sino, precisamente, el miedo. La Historia no hizo sino darle la razón. Miren, recuerden la guerra del 36. En los meses previos todos se dedicaron a exhacerbar el miedo hacia el contrario. La viñeta de arriba, del periódico satírico de derechas Gracia y Justicia, es sólo una prueba de entre miles. Cuando una persona está atemorizada in crescendo, llega un momento en el que no tiene nada que perder y recurre a las medidas más desesperadas para intentar dejar de tenerlo. Como el ser humano suele ser bastante estúpido, la más frecuente de esas medidas es la violencia. Si es una persona la que sufre de esta desesperación, apenas si llegará a ser tratada como demente; si es todo un país, no tengo qué recordarles qué es lo que ocurre. Por eso desprecio profundamente a quienes se dedican a intentar llevar la estrategia del miedo a mucha gente a la vez desde sus púlpitos de opinión, o a quienes, de poder, lo harían.

Desprecio la estrategia del miedo porque no hace sino demostrar que quien la emplea carece de argumento alguno para defender aquello que apoya y, por eso, opta por lo fácil. Que no engañen a nadie. Lo fácil no es, como muchos dicen actualmente, ser un joven perroflauta (¿ven? ahí está la manía de la clasificación de la que hablé en el segundo párrafo) que sale a la calle durante más de una semana para defender sus derechos de forma pacífica. Eso no es fácil, o, si no, prueben a hacerlo. Lo fácil es estar cómodamente sentado en el sofá de casa, frente a una pantalla de ordenador, predicando el miedo, lo malas y peligrosas que son las ideas del contrario, en vez de diciendo claramente qué se quiere, qué se pretende, qué es lo positivo que cada uno puede aportar a la sociedad. Es despreciablemente fácil y cómodo.

Desprecio la estrategia del miedo, en fin, porque, en el fondo, es profundamente antidemocrática, ya que se basa en buscar enemigos y desvirtuar la libertad de pensamiento y opinión de quienes no piensan como nosotros. Pero no todo está perdido. Hay una forma única, pero muy efectiva también, de evitar caer en la trampa de esta estrategia: NO tener miedo.

Días como hoy son los días en los que debemos demostrarlo. ¡Adelante!

Anuncios

Era 1932 en España. La joven República apenas si cumplía un año y, tras varios años de prohibición de cualquier manifestación pública, el país y el nuevo gobierno (liderado por el Partido Socialista, con 115 escaños, desde 1931) ardían en deseos de hacer una, la más grande y gloriosa que jamás hubiera habido, la más elevada: coincidió, como este año, en domingo, y fue un Primero de Mayo histórico, único y, sobre todo, controlado desde arriba. No era la primera vez que el Día Internacional de los Trabajadores se celebraba en España, por supuesto; se había venido haciendo muchos años antes de la Dictablanda de Primo de Rivera. Pero en 1932 el Primero de Mayo vino impuesto y, por eso, no le cupo más remedio que ser el más seguido que jamás hubiera habido.


Así, el viernes, 29 de abril, la Dirección General de Seguridad mandó sendas circulares por las cuales se prohibirían, en todo el territorio español, todos los espectáculos públicos salvo las corridas de toros. En Madrid llegó a prohibirse el tránsito rodado en su más extrema totalidad, sin disculpa (se prohibe) que los propietarios de vehículos circulen, aunque en éstos transporten a sus familiares, y esta prohibición hizo que también los clubes de fútbol madrileños renunciasen a celebrar partidos, por la escasa afluencia de público que podrían tener. Los carteros no recorrerían las calles recogiendo las mercancías. La radio suspendería sus emisiones. Las lecherías tenían prohibido abrir más tarde de las once de la mañana; de las diez de la mañana en el caso de las panaderías (y el pan, por decreto ley, debería dejar de hacerse estrictamente a las siete de la mañana); tocaría madrugar para abastecerse. También en Madrid, se limitó el número de viajeros en los trenes que llegaban a los lugares donde se celebraría la fiesta (Casa de Campo y La Granja). Las rotativas se detendrían. Se pararía hasta el aliento en pos de protestar contra el régimen capitalista a golpe de corderada, paro y celebración. Sin embargo, curiosamente la principal afectada en sus actividades aquel Primero de Mayo no fue la burguesía.

 Contrarios a los procedimientos que la joven República aplicaba para reprimir los conflictos obreros, desde el Gobierno se señalaba a los comunistas como monárquicos con diferente disfraz, contrarios, irónicamente, a los intereses de la clase obrera. En muchas ciudades se prohibieron totalmente sus mítines y manifestaciones, como en el caso de Córdoba, donde la tensión acabó generando cruentos enfrentamientos entre manifestantes y policía. En otras, como en Oviedo, se autorizaron sus mitines tan sólo dentro de los domicilios sociales, generándose curiosas situaciones: obligados a cancelar su acto en el Campo San Francisco, los comunistas ovetenses efectivamente lo organizaron dentro de su sede de la Plaza San Miguel, pero abriendo de par en par las puertas para que pudiera ser seguido también desde la calle. ¡A fin de cuentas, los ponentes sí se encontraban dentro del domicilio social!

Se paró hasta el aliento, sí, y se acató lo establecido. Pero, de todos modos, España era ya un país casi libre, y el lunes no había por qué callarse. Jamás un Primero de Mayo hizo gastar tanta tinta como aquel de 1932. Protestó El Noroeste del 3 de mayo:

¿Es que acaso lo ocurrido el domingo (…) se diferencia, poco ni mucho, de cuando la Iglesia, dueña y señora del mundo, unida al Estado y con la ayuda del brazo secular, imponía a creyentes, indiferentes y ateos, la observancia de sus festividades, abusivamente? Pues en eso se han derivado aquellas magnas fiestas voluntarias del Primero de Mayo de antes de la Dictadura, en que  las masas obreras nutrían sus imponentes manifestaciones.

Luego se pretenderá negar que la Historia se repite. Los que llaman innovaciones á costumbres más viejas que la Civilización no caen en la cuenta de que convertir en fiesta oficial una solemnidad que tiene su origen en un antecedente particularísimo, es cosa que se acompaña de muchos siglos de antigüedad (…)

¡Qué viejo, qué caracterizado, qué copia servil de lo deshecho esto que ahora se nos hace admitir como novedad! No es esto tras lo cual va la República. La República es liberal y democrática esencialmente; y sería conveniente que antes de forzar el país, en nombre de la República, á costumbres que siempre repudiaron los espíritus redimidos, se meditase profundamente sobre lo que es libertad y democracia, todo lo contrario de hacer cumplir ahora porque sí á los demás algo parecido á lo que los demás nos hacían, porque sí, cumplir ayer a nosotros.

Fue un Primero de Mayo, tal y como hoy, que caía también en domingo, hace casi ochenta años. Llovió mucho desde entonces. Llegó un momento en que comunistas y socialistas olvidaron sus diferencias para luchar contra un agresor bajo palio que después lo prohibió todo. Cuarenta años de infamia sin manifestaciones públicas, ni opiniones libres en los periódicos. Volvió la aparente libertad, volvió el Primero de Mayo. Hoy es fiesta nacional, sí, pero siguen siéndolo también las fiestas religiosas. Pasan los autobuses. Ya no hay mítines en las plazas. Los periódicos no suelen entrar ya en discusiones tan banales como la de cómo celebrar una fiesta. Nunca más volvió a pararse el aliento del país. Tampoco hay gran cosa que prohibir. La burguesía sigue sin ser la principal afectada de las manifestaciones de hoy. ¿Qué generan éstas, de cualquier modo? ¿Qué clase de idea se intenta transmitir en ellas? ¿Tienen la menor idea? ¿Por qué para algunos 29 de septiembre no y 1 de mayo sí?

Dicen por ahí que la ideología está pasada de moda. Hoy es el Primero de Mayo de 2011. Felicidades.

La memoria del hojalatero

No sé nada de él más allá de unos cuantos datos inconexos. Es una de esas almas perdidas ante el inexorable y cruel paso del tiempo, una de esas estrellas que, como tantos otros millones, brillan un día en el Universo y su luz va apagándose paulatinamente, más pronto que tarde, hasta llegar a desaparecer. Una de esas personas que los años dejan anónimas, borrando su memoria, las huellas que pudieron haber dejado sobre el mundo y cualquier rastro de su memoria.

Puede que fuera el hombre de la foto. Puede, es lo más probable, que no lo fuera. De todos modos, habría de parecerse: mismo oficio, una época aproximada. El hombre del que hablo, como el que se retrata aquí en plena faena de recoger sus herramientas, era hojalatero, una profesión, como él mismo, condenada a desaparecer en el tiempo. Probablemente, y sólo probablemente, aprendiera tales artes ya de niño, en un pueblo perdido de la Villaviciosa de la segunda mitad del siglo XIX, explotado como aprendiz por un viejo maestro. Esto indica, podría ser, que sus padres quizás no fueran del todo pobres, humildísimos jornaleros cuyos hijos por fuerza habrían de estar abocados irremediablemente al trabajo del campo. O tal vez lo fueran, pero demostrasen una inusual imaginación en lo de adjudicar tareas a sus niños. De que la tenían, eso seguro, es prueba más que palpable el extraño y aristocrático nombre que le pusieron a este hijo. O no. Puede que la imaginación la tuviera el cura de la parroquia cuyo nombre tampoco conocemos; o puede también que no la tuvieran ni los unos ni el otro y quien hablase fuera el santoral del día. En este caso, habría nacido nuestro hombre un 13 de marzo. Quién sabe.

Las escasas memorias que le han sobrevivido dicen que, azuzado por el hambre y la búsqueda de un futuro laboral, se fuera a vivir a Colunga. Yo, que se que su esposa era natural del pueblo de Lué, prefiero imaginar, en cambio, que se fue por amor. Al historiador han de concedérsele pocas, pero alguna licencia poetica; así que casi lo afirmo: se fue por amor, siguiendo a una mujer que me imagino -también sin prueba alguna- muyerona, rotunda, morena y de carácter. Y esa fue la historia del hojalatero de Colunga antes de llegar a serlo. Es de suponer que, en aquellos momentos, nadie imaginaría en la zona que ese hombre acabaría siendo un total desconocido. Tenía un oficio casi único, así que todos lo conocerían. Trabajín que va, trabajín que viene, y, al final, a nuestro hombre le acabó por tocar revisar todo el alumbrado público de Colunga. Lo sabemos por un BOPA, el del 19 de diciembre de 1894, que contiene la resolución.

Tiempo después puede que fuera un hombre desgraciado, porque su hija, aquella casi niña que habían metido a monja siendo apenas adolescente (quién sabe por qué), había muerto veinteañera apenas tres años antes. Es más que probable, entonces, que nuestro hojalatero y Generosa, su mujer, no pudieran olvidar en lo que les quedaba a ellos de vida la imagen del féretro cubierto de tela azul y cuatro cintas blancas descendiendo a la tierra, llevándose a su pequeña. La escena y el hecho fueron dramáticos; por eso quizás lo reflejase un periódico provincial, El Principado, en febrero de 1911.

Y ya está. No hay más. Que su hijo, Emilio, se casó con una moza de Luces en 1903. Que Generosa y él constaban como padres, claro, y siempre sin el segundo apellido, porque con lo singular de sus nombres y apellidos ya bastaba. Y a partir de entonces, el recuerdo del hojalatero se difumina. No hay más. No hay anécdotas, ni imágenes, ni historias más allá de lo que está sobre el papel. No hay alma. Damnatio memoriae.

Se llamaba, eso sí es seguro, Salomón Margolles, y era mi tatara-tatarabuelo. Puede que ya sea mucha información para un tatara-tatarabuelo que se queda demasiado atrás en el tiempo. Pero también puede que no lo sea. A fin de cuentas, todos llegaremos a serlo en algún momento, y no por eso tiene derecho el tiempo a hacer desaparecer nuestra memoria. Ni la nuestra, por tanto, ni la del hojalatero de Colunga.


Lo sé, pequeño, lo justo sería que viniéramos con un manual debajo del brazo. Un manual sencillo, impreso a una tinta sobre papel del barato, como uno de esos manuales de instrucciones absurdas que vienen con cualquier aparato mecánico, aunque éste no requiera de explicación. Tendría, de hecho, aún más justificación, ya que esos engorrosos libritos muchas veces nos lían la madeja más que explicar nada, y sin embargo éste sólo debería tener una frase, una sola frase y muy concreta, el ABC de la vida, sencilla y rotunda: Se informa al usuario que la vida genera sufrimiento de varios tipos e intensidades; siendo éste un efecto secundario frecuente y por el que no ha de caber excesiva preocupación dada su total y absoluta normalidad.

Que se sufre, sí, que todos sufrimos. Qué funcional sería que nos lo dijeran nada más venir al mundo, aunque a la vez qué inútil: la verdadera esencia del sufrimiento está en que, cada vez que llega, por más experiencia que se tenga, parece que es insoportable y definitivo. Además de eso, lo malo es que no hace falta ser desgraciado para sufrir. Así de cabrón es quien o que nos haya puesto en este mundo, llámenlo Dios, azar, Alá o la nada. Y a lo largo de tu vida, pequeño que llegas a esta jaula de grillos llamada Tierra, irás conociendo todos los tipos de sufrimiento posible. El que da la soledad, por ejemplo, que es hueco y grandísimo en volumen aunque no en intensidad, ya que se mete en tu alma poco a poco, casi sin enterarse uno. El de la rabia, que casi quema y llega de repente, como una llamarada por dentro del cuerpo, y aún cuando se disuelve se resiste a morir y sigue palpitando aún un tiempo en el pecho.

El sufrimiento que causa perder a alguien a quien amas y saber que jamás volverá es uno de los peores, porque te clava su aguijón venenoso en la espalda y jamás lo derrotas. Permanece latente, como una enfermedad, dentro de tí, manifestándose de vez en cuando, cuando un día piensas más de la cuenta o te encuentras bajo de forma. También está el que, dentro de este tipo, sí llega a desaparecer, y que se da cuando se pierde a alguien que, o bien sólo quieres (que es un verbo mucho menos definitivo que el de “amar“), o bien puede ser sustituido en tu vida. Éste es rabioso y genera litros de lágrimas, es estridente como una rabanera, y aparenta más intenso de lo que realmente es.

Sufres también por las injusticias que tiene la vida y, si bien éste debería ser el mayor sufrimiento, dado que las causas que lo generan son las más importantes, no lo es. Por el contrario, es el más productivo, ya que de él se aprende, y poco a poco, cuando las injusticias se van sumando la una sobre la otra, aprendes a convivir con él hasta hacerlo casi un amigo. Es, de hecho, el único sufrimiento con el que entablarás lazos de amistad, un compañero que te ayuda a sobrellevar las putadas que necesariamente te van a tocar por sorteo natural, con sus terminaciones y sus premios gordos, en este tránsito mundano.

Quedan engoblados hasta ahora, así, los sufrimientos que causa el amor y la muerte; la vida tal cual es vida y la amistad o la ausencia de la misma. Y aún quedan. El sufrimiento por celos y por envidia, por ejemplo. La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come, decía Quevedo, y por eso cuando sufrimos por sentir celos se nos genera una sensación de hambre extrema. Es un dolor ácido, un pinchazo en el pecho con ceño fruncido y muy difícil de superar especialmente si nos lo proponemos. Lo mejor para combatirlo es intentar no fijarnos en él. Sólo así, algún día, harto de no recibir atención, se va, aunque siempre dispuesto a volver.

Está el sufrimiento de impotencia, que es de los más desgarradores por lo vacíos y por lo irremediables. Es, a fin de cuentas, el que nos sobreviene en los momentos previos a morir, o al menos eso es lo que me ha parecido siempre que debe ocurrir. Nos hace pequeños, nos aplasta contra el suelo y nos convierte en hormiguitas insignificantes sin ningún tipo de control sobre nada ni nadie.

Por último -y esta lista es sólo de los más importantes y generales, pues, como todo, el mundo de los sufrimientos está lleno de matices y es infinito, único, personal e intransferible de cada uno de nosotros- está el colmo de los sufrimientos, que es el que genera el cuerpo azarosamente, sin motivos ni razones, sin más. Que llega de repente y es insufrible como una china en el zapato, porque, como ella, al principio no sabes de dónde procede ni, por tanto, cómo erradicarlo, y que no tiene curación posible más que la de detenerse repentinamente, tan aleatoriamente como viene.

Son muchos, pequeño que vienes al mundo, los sufrimientos que te esperan, son muchos y muy engorrosos. Pero, jamás lo olvides, sobre todo son tuyos y la causa más importante de que existan es que estás vivo. Por eso hay que aprender también a aceptarlos.

Lo verdaderamente importante

Intenten ustedes hacerle entender a Mr. Pissarro que los árboles no son violetas, que el cielo no tiene el color de la mantequilla fresca… y que ninguna persona sensible podría aprobar tales aberraciones.

Albert Wolf, sobre la obra de Camille Pisarro (1876)

Es difícil explicar, para quien no quiera entenderlo, que lo verdaderamente importante no sea ni la ambición ni el triunfo. Es casi imposible hacer entender a quien nunca se lo haya planteado que poco importan en esta vida cuestiones tan banales como el dinero, el poder, los títulos, los diplomas y los sobresalientes; así como que tampoco importa el prestigio, ni la reputación, ni la fama. Ni tener el control de la situación ni dejar de tenerlo, ni memorizar hasta la muerte ni andar erguido por la calle, apenas sin poder mirar al suelo; ni tener configurada la vista tan hacia adelante que no se pueda mirar hacia atrás. Para con quien sepa poco de la vida es inútil intentar explicarle que palabras como élite, culmen, autoridad, beneficios, provecho, honra a cualquier precio, significan apenas nada. Para quienes son partidarios de los grandes placeres, esos que nos ciegan con tanto, tanto brillo que acaban por pasar inadvertidos precisamente por eso, es absurdo querer convencerles: no lo intente, querido lector, ni ponga en riesgo su paciencia. Nadie podrá convencerles y puede que sea mejor así, puede, tal vez, que cada uno consiga ser feliz a su manera.

Cada uno es feliz a su manera. Por eso a nadie le importa cómo sea feliz su contrario, y a nadie debe importarle. Los amantes de los grandes placeres jamás deben intentar convencernos a quienes ansiamos las pequeñas, puesto que nosotros les encontraríamos vacíos, totalmente huecos. Nosotros, sin embargo, tampoco debemos hacerlo, porque sólo lograremos parecer nimios, insignificantes y crédulos por comparar, o incluso poner por encima, esas cosas tontas con los grandes y sesudos sustantivos que el ser humano ha ido buscando insistentemente a lo largo de su vida y, por ende, de la historia.

No lo intenten, es absurdo. ¿Cómo explicar objetivamente que, al final de todo, sólo quedan los colores, la luz, las percepciones más básicas? Explicar que, a fin de cuentas, lo que nos habrá hecho llenarnos de vida es nuestro Rosebud particular, algo tan vulgar y absurdo que a nadie se le ocurriría mencionar en su autobiografía, aunque realmente haya sido lo más importante. Es imposible, en fin, explicar que la felicidad está en millones de cosas absurdas. En el olor a café por la mañana, en tumbarte en la hierba en un día de sol, en pasear con él de la mano al atardecer. En las risas de tu madre y en las manías de tu padre, en los gritos que tanto detestas, pero tanto te llenan, de los niños. En el pequeño placer que supone sumergirse en las páginas de un libro absorbente. En la antaño poderosa voz de tu abuela.  La felicidad está en un perro que te consuela en el momento más oportuno, como si lo supiera (porque lo sabe, sin lugar a dudas), en un abrazo de ánimo cuando más lo necesitas y en un hombro cálido en el que tengas la seguridad de poder llorar, hagas lo que hagas, sea por lo que sea. La vida consiste, ¿y cómo explicarlo?, en captar la belleza de las palabras y su sonido en uno u otro idioma cuando escuchas, cuando lees o cuando imaginas; la vida es, y lo siento por quienes abarcan metas más altas, oír los impertinentes chirridos de los grillos en una noche de verano.  Es la risa que te deja hasta sin respiración cuando menos te lo esperas y también es llorar y saber hacerlo además, sin vergüenza, sin traumas, saber llorar porque se es humano y se tiene ese corazón que tanto anhelan los hombres de hojalata. Vivir es el silencio que surge entre dos personas que no necesitan hablar para saber que desean estar juntas por siempre, vivir es el cacareo de las que no pueden dejar de parlotear y pisarse las palabras porque tienen tanto que contarse que tal pareciera que el mundo se acaba mañana.

Eso, todo eso y aún más pequeñas cosas insignificantes, es vivir. Eso y no otra cosa. Y la meta, el triunfo y la dicha es, cuando llegue el momento, poder recordarlo.

Año 1917

Era agosto de 1913, víspera de Nuestra Señora, y los reyes acababan de llegar a Gijón, él con su atusadísimo bigotón, ella con sus collares de perlas de varias vueltas que ocultaban tantos secretos de alcoba. Pero eso no lo sabía el Xilu y, si lo sabía, no le importaba lo más mínimo, porque él estaba a otros asuntos más importantes.

Xilu, cuyos padres habían venido en llamar Hermenegildo y en apellidar Álvarez Barredo, era un viejo beatón al que ya le quedaba poco, porque 74 años para la fecha eran muchos años, y que vivía sólo en su casona de Muros del Nalón. Los hijos se habían ido a América, a buscar fortuna a la bella Habana; la hija, María, vivía con el marido que le había venido en gracia, Joaquín, de poco trabajar y mucho holgar; y, a fin de cuentas, el Xilu era feliz sólo, con las vacas y con Dios, amén. Nadie sabe qué pasó aquel 14 de agosto, nadie, probablemente porque todos estuvieran demasiado ocupados enterándose de que el rey había visitado de incógnito San Esteban al poco de llegar a Asturias. De relativo incógnito, claro, porque la caravana de coches y el ornato llamaban la atención. Por eso nadie se había fijado aquel día en qué hacía o dejaba de hacer el Xilu.

Sólo se pudo suponer que aquel 14 de agosto, y siendo como era víspera de Nuestra Señora, el viejo santurrón había ido a rezar el rosario a casa de la vecina, como cada atardecer. Sólo se pudo suponer que se disponía a cenar un chocolate que se quedó sin hacer, la leche desbordada de la jarra en la cocina, después de que alguien le viera meterse en la cuadra. Y sólo se supo, al día siguiente, que al parecer el Xilu había dejado una nota manuscrita a María, que le visitaba cada mañana, dándole instrucciones precisas de qué hacer con su dinero y con sus adoradas vacas, y que ésta, y fue eso lo que desató todas las sospechas, automáticamente asumió a voces que su padre se había ido a suicidar por cualquier cuadra.

Fue por eso que cuando en una playa lejana, al cabo de una semana, apareció un macabro saco con un torso descabezado y despernado, a escasos metros de las piernas que le correspondían, y cuando el médico de la localidad identificó los retorcidísimos y complicados dedos artríticos del Xilu en aquellos que ahora reposaban sin vida a la intemperie, todos los ojos se fijaron en Joaquín Pevido, el marido de María. Una injusticia, una barbaridad. Todo el mundo había visto a Joaquín bailar hasta la noche en la verbena de la noche del 14 de agosto, todo el mundo había oído el histerismo de María ante la desaparición del padre. La familia luchó contra viento y marea para certificar la inocencia de Joaquín y buscar al verdadero culpable de la horrenda muerte del padre. Se envió dinero desde Cuba, se mandó investigar. El pueblo comenzó a mirarse desconfiadamente, los unos a los otros y los otros a los unos, en la marcha de un crimen aparentemente imposible de resolver.

Cuando ya nada parecía ser lo que era, apareció un gitanete al que llamaban Perro por las inmediaciones, cuya declaración iba a dar una vuelta de tuerca a todo el suceso, una vuelta de tuerca tan ignominiosa para el buen nombre del Xilu y, en general, de  todos los herederos Alvarez, que todas las investigaciones se paralizaron después, no fuera a ser que se descubrieran aún más cosas que manchasen la reputación de los indianos. Resultó que el Perro afirmó que, años atrás, andaba vagabundeando por la zona con una pareja de tormentosas relaciones. Él, un gitano enorme cuya corpulencia física le había valido el apodo de El Oso, ella, una voluptuosa gitana de lengua rápida y mirada brillante a la que apodaban La Mandilona. El esperpéntico trío recorría por aquellos años las calles de Pravia y de San Esteban buscando cualquier cosa que llevarse a la boca, bien por el hurto o bien por el engaño: mientras ellos afanaban la cartera, ella seducía a ancianos y mujeres con su pertinaz verborrea, por una moneda, por una moneda leo la buenaventura, chillaba arrabalada sujetándose el mandilón que siempre llevaba puesto, bien amarrado a la cintura, y había incautos que se dejaban hacer. Uno de ellos, dijo El Perro, no era otro que el pobre viejo del Xilu.

Porque, al parecer, al Xilu no le bastaban Dios y las vacas para combatir la soledad. Y un día, paseando por Muros, había escuchado el grito de La Mandilona y acudido a su llamada, curioso, y, a partir de entonces, siempre la requería. El viejo, arrebolado por las curvas y el gracejo de la gitanona, se dejaba leer la mano gustoso, o venderse un ramín de romero, o darse la buenaventura, que Dios te la dé, y ofrecía a cambio, agradecido por el rato de compañía, generosísimas propinas de una moneda de oro. Era una oportunidad que La Mandilona no iba a desaprovechar, claro, y la amistad con el viejo fue haciéndose cada vez más estrecha. Hasta el punto que, entrado ya el verano de 1914, al Oso lo mataban los celos.

Nadie sabe lo que hacía el Xilu aquel 14 de agosto de 1913, porque todo el mundo estaba pendiente de intentar oler el florido perfume de la reina con sus blanquísimas perlas al cuello o de ver el engominado bigote del rey. Hay quien cuenta, sin embargo, quién sabe si dejándose llevar por la leyenda, que a última hora de la noche vieron entrar una gitana de fantásticas curvas y larguísima melena negra a la cuadra con el viejo. El Oso, por su parte, confesó que le habían carcomido las entrañas al verlo todo detrás de un mato, después de todo el día espiando a su lenguaraz novia por todo Muros.

El resto, bueno. El resto es historia. El resto es misterio.